martes, 26 de octubre de 2021

 

                                        En el cementerio

             Se aproxima el uno de noviembre, el día en que la gente suele visitar las tumbas de sus seres desaparecidos, llevarles flores y rezar por ellos, aunque el día de difuntos es realmente el dos. Al no ser fiesta y tener que ir al trabajo es costumbre adelantarlo un día. Yo me he dirigido al pueblo de mis antepasados para cumplir con la tradición. 

       Como el año pasado no acudí a la cita a causa de la epidemia de covid, he encontrado el recinto muy cambiado. Se han abierto nuevas calles y me ha costado encontrar aquella en que se halla el nicho de mis padres y de mi hermana. Siempre me causa una enorme emoción la lectura de unos nombres tan queridos. He llevado nuevas flores como he hecho siempre. Después he realizado un paseo por otros pasillos leyendo las dedicatorias de esposos e hijos. La más original estaba escrita en griego ("la virtud está en Cristo") que he podido traducir porque yo fui profesora de griego  en mis años de interina donde teníamos que dar de todo en la enseñanza secundaria. Menos suerte he tenido en otra lápida escrita en alfabeto cirílico, no sé si en ruso o en alguna lengua eslava,

     Tratándose de un cementerio de un pueblo pequeño he podido comprobar cuantos llevaban mis apellidos o los de mis abuelos, parientes lejanos al fin y al cabo. He visto en que años murieron, el tiempo que vivieron y cuantos se acompañaban de fotografías.

     Aunque es otoño, parecía que hubiera llegado la primavera por la cantidad de ramos de flores y guirnaldas  de variados colores, azules, rosas, amarillos, verdes...que alegraban tan triste lugar, tan patético silencio. Los mármoles negros y grises daban paso a algunos blancos inmaculados.

     En los cementerios también hay clases sociales, junto a los panteones familiares ricamente adornados con crucifijos y esculturas de vírgenes y ángeles, se podían ver humildes nichos  sin lápida, simplemente con el nombre escrito sobre el amarillento encalado. Pero la muerte es igualitaria. Ya lo decía Jorge Manrique en las "Coplas a la muerte de su padre, el Maestre D. Rodrigo": nuestras vidas son los ríos...unos grandes, otros pequeños pero todos "van a dar en el mar, que es el morir". O las medievales danzas de la muerte que incluían desde el rey o el papa hasta el más insignificante mendigo, a todos les invitaba la muerte a bailar.

       Soy partidaria de la incineración  y de la persona amada conservar "la belleza en el recuerdo" como decía un poeta. 

lunes, 24 de mayo de 2021

 

Y  si ...

        Una vez más recurro a mi amiga Enma, que es muy divertida. Pero hoy me ha contado que ha tenido un sueño que la ha dejado preocupada. Ha soñado que hablaba con su hermana la mayor con la que nunca tuvo ocasión de cruzar una sola palabra porque murió a los cuatro años, los mismos que ella tardó en venir a este mundo y de la cual recibió el nombre procedente de la abuela paterna. Le reprochaba su hermana, dice Enma, que para que hubiera sido posible ser bautizada con ese nombre, ella había tenido que morir, cosa que no ocurre cuando se hereda el nombre de cualquier otro familiar, padres, tíos, abuelos, padrinos...etc. Le había contado en sueños que la envidiaba por la vida que llevaba, casada, con hijos y nietos, de cuyo amor la muerte le había privado. Se preguntaba por qué ella. De no haber muerto, Enma no se llamaría así. Posiblemente le hubieran puesto el nombre de su hermana pequeña, Pilar, mucho más bonito. Y, si es verdad que el nombre influye en la personalidad, su vida no hubiera sido la misma. Con cinco hermanos la familia no habría podido pagar carreras universitarias, cosa que ella tanto agradece a sus padres porque eso le ha permitido casarse con quien quiso, trabajar en la enseñanza que le gustaba y disfrutar de la pensión más alta que otorga el Estado Español. 

      El nombre es nuestra tarjeta de identidad. Es una costumbre enraizada en la mente humana. Investigadores franco-israelíes aseguran que cada nombre tiene características asociadas e influye en el destino, profesión, años de vida...etc. La frase más bonita que he encontrado es que "el nombre envuelve a quien lo posee". También he leído que hay quien cree que las mujeres con nombres masculinos son más exitosas. ¿Lo sabría mi madre cuando me llamaba con un hipocorístico masculino para paliar el feo nombre recibido de mi abuela? Ja ja ja. Efectivamente la importancia del nombre es mayor de lo que muchos piensan. Llamar a las personas por su nombre se considera un gesto de respeto y empatía. Además produce un efecto psicológico muy positivo, establece confianza. Según una investigación de la Universidad de Nueva Jersey, cuando escuchamos nuestro nombre el hemisferio izquierdo de nuestro cerebro se activa con más fuerza que cuando oímos el nombre de otra persona. Siempre me ha impresionado un verso de una canción religiosa, "Señor, sonriendo, has dicho mi nombre". No podía faltar una cita literaria, en el momento del poema de Allan Poe "El cuervo" en que el poeta le pregunta al pájaro su nombre y le responde "Never more" (nunca más) él comenta "y aquí ya sin nombre para siempre".

       Pero volvamos a Enma que, cuando piensa en su difunta hermana, se pregunta  ¿y si existiera la reencarnación? ¿Podría ser ella la hermana reencarnada? Hay culturas que han defendido la metensícosis desde la antigüedad. Pero entonces recordaría algo, puesto que con cuatro años se tiene memoria y no ha sido así. Por otra parte, ella ve más probable que estuviera predestinada a sustituirla para satisfacción de su padre, que deseaba una hija con el nombre de su madre a la que adoraba. ¿Heredaría así los rasgos de su abuela, como si el nombre de una persona tuviera magia?         

 

martes, 16 de febrero de 2021

Tienta furtiva


                                                        Tienta furtiva


           Viendo que pasan los días y no encuentro tema para desarrollar en mi blog, he recurrido a mi amiga Enma con la que comparto frecuente correspondencia. Me ha contado que siendo profesora de instituto en una ciudad sevillana asistió con su marido a una exposición de pintura del pintor malagueño Antonio Jiménez y compraron un cuadro que, desde entonces (1975), luce en el salón de su casa. Dice mi amiga que le impresionó la escena de dos adolescentes descalzos y malvestidos (uno lleva la camisa rota) dispuestos a torear a un enorme ejemplar con cuernos aprovechando la noche y, al mismo tiempo, la claridad de la luna llena.  Es lo que hacen los aspirantes a toreros que no tienen dinero para acudir a una escuela de tauromaquia. Son delgaditos. Uno se adelanta invitando al toro a embestir, colocándose de perfil, mientras el otro queda detrás rezagado a la espera. Ambos demuestran arrojo y valentía. El cuadro lleva por título "Claro de luna". Personalmente me parecería más apropiado "Tienta furtiva" pero reconozco que perdería las connotaciones poeticas lorquianas del toro y la luna.                                    Desde el primer momento, me comenta Enma, le atría la fuerza del color azul en todas sus modalidades, en las nubes, en el camino, en la maleza del campo y hasta en la piel de ese toro negro zaíno, color que solo se ve roto por los dos trozos de tela roja que lleva cada uno y que, haciendo de muleta,  pretenden atraer al enemigo. El animal, en actitud altanera, los mira de frente, con la cabeza erguida y los puntiagudos cuernos  hacia  la luna... "Ese toro enamorado de la luna..."

    Enma ha visto en este cuadro las características del impresionismo, cuyos pintores se caracterizan por la experimentación con la luz y porque las figuras se convierten en trazos casi irreconocibles, pero yo creo que por la fecha en que Antonio Jiménez pintaba, correspondería más al postimpresionismo del siglo XX, que utiliza pinceladas gruesas para llegar a un estilo más personalista.

    Cuando terminó su relato le pregunté a Enma si había investigado acerca de quienes podrían ser los torerillos y me contestó que si y que logró averiguar que eran dos antigus alumnos, Manuel y Curro, uno de los cuales consiguió su sueño de ser torero famoso.


  

domingo, 25 de octubre de 2020

Desde mi balcón

 

                                                DESDE    MI    BALCÓN                     (Águilas, octubre  de  2020)

              Nunca hasta ahora había sentido la necesidad de describir las vistas de la Playa de Levante de Águilas desde el balcón de mi habitación, porque un verano tras otro he podido disfrutarlas. Pero sospecho que la belleza de este paisaje tiene fecha de caducidad. Un gran solar ubicado entre la orilla del mar y la urbanización acaba de ser vallado. Cada día entran pesadas máquinas que perforan el suelo para comprobar la dureza del terreno, antes de iniciar la edificación de un hotel de varios pisos que me impedirán ver el mar desde mi balcón. Por eso quiero poner por escrito lo que he venido contemplando durante los últimos veranos.

       Empezaré por el amanecer. Tengo que decir que duermo con la persiana levantada y que, en cuanto abro los ojos, descorro las cortinas para recrearme con ese momento tan prodigioso y breve, que es el paso de la noche al día, la paleta de colores que varían por momentos.

      Como estamos en octubre el sol sale cada vez más tarde y todavía se pueden distinguir las lucecitas que  rodean la curva de ballesta (tomándola de Antonio  Machado) que asemeja la bahía. Algunas rojas y verdes de los semáforos, otras blancas o amarillas de las farolas y, por encima de todas, la luz intermitente del faro con sus franjas blancas y negras. Otras lucecitas se mueven por el mar, son las de los barcos pesqueros que vuelven de faenar durante la noche en alta mar, rodeados de gaviotas, con rumbo al puerto. A esta hora tan temprana hay un silencio sepulcral porque no han aparecido aún los gorriones, las palomas, los cormoranes y gaviotas que pululan por mi barrio.

       Desde mi balcón se ve

                                 Águilas a un lado, al otro el mar

                                 y allá a mi frente el castillo de San Juan.        (Siempre  Espronceda)

        La oscuridad da paso a los tonos azulados, azul cobalto, azul turquesa, azul celeste.  Me hubiera gustado saber pintar para inmortalizar los momentos del alba con los rosados dedos de la aurora (recuerdo a Homero) que hacen cambiar el color del mar, del rosa al plateado para terminar en un azul claro como el cielo.

      Los primeros corredores hacen su aparición por el paseo, más tarde los que sacan a pasear a sus perros y finalmente los estudiantes del instituto de secundaria Alfonso Escámez, edificado junto a la Aguilica (gran roca en forma de ala de águila), bajo la altiva mirada de las palmeras que bordean el paseo marítimo. Con sus mochilas a la espalda, caminan despacio. Pero de pronto estalla el sol, que hace cambiar todos los colores, el monte del castillo pasa del marrón al ocre y las montañas, últimas estribaciones béticas, lejanas en el horizonte, pasan de azuladas a cárdenas. Ahora el mar hace de enorme espejo que refleja los árboles y las casas, mientras tres barcos de vela  duermen en la bahía. El más alto tiene una lucecita en la parte superior del mástil que, en las noches de viento, se balancea y hace de señal de aviso para navegantes. Uno tiene la quilla roja y los otros dos blanca, contribuyendo a la variedad cromática del conjunto.

      En décimas de segundos bandadas de gorriones invaden los cielos y se aproximan a mi balcón. No llego a entender el motivo. Vuelan a gran velocidad, arriba y abajo,  a derecha y a izquierda, como si buscaran algo. ¿Un lugar para sus nidos? Algunas veces, al llegar el verano, hemos tenido que romper pequeños nidos en los rincones de balcones y terrazas. Curiosamente esta eclosión de pajarillos dura un tiempo limitado. Desaparecen. Marcharán en busca de otros lugares. Pero a la mañana siguiente se repite el mismo fenómeno y a la misma hora. ¿El eterno retorno? Y seguirán los pájaros volando, alguien podrá verlos desde mi balcón, mis nietos, los suyos, unos inquilinos, nuevos propietarios…………cuando yo ya no esté.                            

jueves, 30 de julio de 2020

Aquella adolescencia

                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                      Me cuenta mi amiga Enma que, durante el confinamiento, quiere deconstruir su adolescencia. Vista desde los muchos años que han pasado, la idea que tiene de su comportamiento en esa época es el de una chica buena (de hecho llegó a ser presidenta de Acción Católica en su parroquia ) estudiante ejemplar y mejor hija.
Deconstrucción no es sinónimo de destrucción. Lo que hace al actuar es emancipar a la realidad de su sentido único. 
       Emma pasó su adolescencia en el Instituto de Enseñanza Media, que era como entonces se llamaba lo que hoy en día es la enseñanza Secundaria.
     Era buena porque en los años cincuenta no se podía ser mala. Salvo para lo estrictamente necesario, en casa de sus padres, no había dinero. El bachillerato empezaba a los diez años con un curso preparatorio a los nueve y terminaba con un examen en el que lo fundamental era conocer las cuatro reglas aritméticas y hacer un dictado sin faltas de ortografía.
    En cuanto al ocio, las salidas estaban limitadas a ir a la misa del domingo por la mañana y al cine de por la tarde. Como extra algún paseo los días de fiesta por el parque.
    Lo de estudiante ejemplar es muy relativo. Comparándose con sus hermanos sí que sacaba buenas notas, pero no era por amor al estudio o deseos de saber sino por no tener otra cosa que hacer. Tampoco era muy lectora. A decir verdad, en su casa no había  más libros de lectura que dos tomos de una enciclopedia Espasa que utilizaba como diccionario. ¿Quizá estudiaba por orgullo? ¿Por presumir de listilla? No, lo hacía porque sabía que a su padre le alegraban las buenas notas y ella lo quería mucho.
   Lo de mejor hija también habría que deconstruirlo pues era la época en la que empezaban a aparecer los pretendientes y tenía que inventarse algunas mentiras para salir: que si iba a casa de una amiga, que si quería oír misa, que si tenía que copiar apuntes...
   En primer curso, con diez años, ya había un niño del curso superior que le quitaba los lazos de las trenzas. ¡ Qué declaración amorosa más inocente ¡ Ante las preguntas de su madre respecto a ese tema siempre decía que los había perdido. Con los años, aquel chico se casó con una compañera de la clase de Emma. En segundo, con once años, había un chico del curso superior que -supone Emma por timidez- solía mandar a sus amigos a decirle a Enma que le gustaba. Pasaba los veranos en Mazarrón donde un chico murciano, vecino, veraneante como ella y un poco mayor  siempre se sentaba a su lado en los corrillos de amigos a la puerta de la casa después de cenar. Al verano siguiente le confesó que había pasado un invierno horrible pensando en ella. De nuevo, obtuvo un no por respuesta.
     En quinto, Emma tuvo un grave problema porque dos apuestos jóvenes la tenían en el punto de mira. Uno de ellos era un ingeniero aeronáutico con la carrera terminada y dispuesto a casarse. ¡Una  bendición para cualquier chica en esa época¡ Pero aunque parecía un buen partido, tenía dos inconvenientes. El primero era que ella tendría que dejar los estudios, cosa que disgustaría sobremanera a su padre, ilusionado en que Emma fuera a la universidad. El segundo era aún mucho peor: presumía continuamente de su carrera. Acabó casándose con otra amiga de Enma, educada en las monjas, de familia adinerada y que no estudiaba. Ya en sexto, el otro joven la esperaba a la salida de clase para acompañarla a casa. Como el galán era católico, apostólico y romano, amén de amigo de los curas, a veces coincidían en misa. Al salir, en primavera, se daban un paseo por el parque. Aunque el chico era de francés, tenía una forma muy graciosa de declararle su amor, escribiéndole en los libros de texto "I love you".
¿Con cuál de los dos se quedaría? Pues con este último, que no presumía de nada. Al llegar el verano iniciaron una relación epistolar que duró bien poco porque el muchacho se fue a seguir los estudios en Madrid adonde a su padre, que era funcionario del Estado, lo habían trasladado. Sufrió un accidente  y dejó de escribirle. Aunque preguntó a sus amigos, solo obtuvo vagas respuestas de que no había quedado bien. Nunca supo más de él.
     A esta lista habría que añadir otra no menos larga de pretendientes ocultos, dentro y fuera del instituto, noticia de la cual Emma se enteró años después por sus compañeras y amigas. Entre ellos, un vecino de sus tías, en el pueblo de sus padres, adonde iban algunos tórridos veranos. 
    Muchas veces Emma se preguntaba qué es lo que ella tenia para atraer de esa manera tan desaforada a los chicos pues ni era guapa, ni tenía buen tipo, ni les daba conversación. Más bien huía de ellos como de la peste. Un enigma de difícil resolución.
     En medio de todas esas tribulaciones apareció un hombre diferente a todos los conocidos con anterioridad, uno que nunca se conformaba con un no, de los que seguía, erre que erre, pensando que en algún momento la conquistaría. Se había propuesto casarse con ella aunque para ello tuviera que bajar a los infiernos y que estaba dispuesto a esperar seis años hasta que Emma terminara sus estudios universitarios. Conforme lo fue conociendo descubrió a un hombre que, aunque tenía pocos recursos económicos, era poseedor de unos valores encomiables. No le interesaba ni el dinero ni la carrera que había terminado -perito industrial, lo que hoy sería ingeniero técnico-, solo tenía ojos para Emma. Empezó a trabajar en la radio local, en el periódico y en la enseñanza. En cambio, le gustaban mucho las asignaturas de Letras, en especial la literatura. Era un empedernido lector. Leía muchos libros que sacaba de la biblioteca. Aunque era física e intelectualmente normal -ni guapo ni feo, ni alto ni bajo, ni listo ni tonto... ¡La aurea mediocritas ¡ Después de seis años se casaron. No sabe, me dice, si encontró al mejor marido pero sí al mejor padre para sus hijos.
    A Enma últimamente le ha dado por leer y escuchar a los filósofos  modernos, de ahí lo de la deconstrucción de Derrida y ha empezado a hacerse preguntas como ¿si tuviera que elegir ahora a un hombre qué le exigiría? Respuesta rápida " Que me quisiera tanto como lo hizo mi marido, dispuesto a dar la vida por su mujer y sus hijos".

martes, 7 de abril de 2020

Mi infancia

                                                Mi  infancia

                  Estando recluida en casa con motivo de la pandemia del coronavirus Covid-19 (2020) he decidido cumplir el deseo de mis hijos  de contarles como era mi vida en los primeros años, cuyos pormenores ellos desconocen y que yo voy a esforzarme en recordar.
           Nací en Almería tres años después de acabada la Guerra Civil española en una casa de pocos vecinos en la Plaza de Careaga, próxima a la catedral. Mis padres pertenecían a una familia de clase media porque mi padre había ganado unas oposiciones de funcionario del Estado de nivel relativamente alto y mi madre era ama de casa. Ese alto nivel lo deduzco  por el hecho de que, siendo cuatro hermanos, el matrimonio y una tía soltera, en total siete personas, disfrutábamos de teléfono, nevera, cuarto de baño con bañera y una chica de servicio interna.
            Cuando yo llegué al mundo mis padres habían sufrido dos tragedias familiares, la muerte de la primera hija a los cuatro años  y la de un hijo, el tercero , a los diez días de nacer. Entre ambos llegó mi hermana la mayor que padecía frecuentes cuadros de asma. ¿Qué nombre me correspondía siguiendo la tradición de cumplir con los abuelos? A la primera le tocó el nombre de la abuela paterna, a la segunda el de la abuela materna y  al chico por ser el primer varón el del abuelo paterno. ¿Y yo qué ? Nadie entenderá que me pusieran el nombre de mi hermana muerta que además es feísimo, pero había que conocer a mi padre, adoraba a su madre como no he visto a nadie. Era el mayor de los hermanos y ella lo mimaba en extremo.
            ¿Habéis oído hablar del príncipe destronado ? Pues ese fue el caso de mi hermana cuando se encontró con un bebé en la casa. Mis padres estaban volcados conmigo y ella se sintió desplazada en las atenciones familiares y se puso enferma. La llevaron al médico que pronto descubrió que no había tal enfermedad sino la pérdida de sus privilegios.
              Mi padre, como muchos hombres, quería un hijo varón  pero  vino una niña preciosa que además recibió el bonito nombre de la tita. Al siguiente intento por fin llegó el niño y aunque le correspondía el nombre del abuelo materno, se le impuso el del hermano muerto. Mi padre era así, adoraba a su familia y yo creo que ese gen lo he heredado.
            Un acontecimiento determinante en mi infancia fue que desde el día de mi nacimiento mi cunita se colocó  en la habitación de mi tía. Ella me crio y me mimó como si fuera su hija y para mi era más que mi madre. Cuando se iba a cantar  a la iglesia yo la acompañaba. La recuerdo como una excelente soprano. El año pasado su hija mayor celebró las bodas de oro en la capilla de unas monjas clarisas que entonaron durante la misa el "Ave María" de Schubert. No pude evitar las lágrimas y miré a mis primas, pudiendo comprobar que estaban tan emocionadas como yo. Siendo novia de mi tío, él la acompañaba al piano, pues tenía muy buen oído para la música y tocaba su propio laúd.  Por eso cuando se casó y se fue a vivir a su casa con su marido, aunque fuera en la propia ciudad, yo no paraba de llorar.  En cuanto llegaron las vacaciones de verano y  no tuve que ir al colegio, me fui a vivir con ellos. Tuve la gran suerte de que mi tío era encantador y cariñoso. Las dos niñas que nacieron años después no eran mis primas, eran mis hermanas.
              Esta situación condicionó toda mi infancia y parte de mi adolescencia, convirtiéndome en una niña rebelde y traviesa. Se daba además la circunstancia de que mis padres le dedicaban mucho tiempo a mi hermana la mayor por sus continuos ataques de asma y si yo en algún momento requería su atención me tachaban de envidiosa, motivo por el cual siempre tuve complejo de niña mala y protestona. Y si pasamos al aspecto físico es para echarse a llorar. Con uno o dos años me pelaron para que me creciera el pelo fuerte y de hecho fue así porque al poco tiempo podía hacerme unas hermosas trenzas que tuve que aprender  a peinar cuando se casó mi tía, con solo cinco o seis años. Me decían la "pelona". Me lo ha recordado hace unos días un hermano de mi tío, amigo de juegos del vecindario, que al verme en aquella ocasión  exclamó "¡qué bonica, como la cabeza de mi padre"¡  
                En ocasiones unas tías mías, hermanas de mi madre, solteronas, solían decir que mis hermanas eran más bonitas que yo, entre otras cosas porque tenían la piel más blanca, la mía algo  morenita. Lo achacaban a que tuve un ama de cría que vivía en la Venta de Eritaña e incluso gastaban bromas añadiendo si no sería adoptada, cosa que me irritaba tremendamente. Una vez, harta de tales comentarios, busqué entre los cosméticos de mi madre y me pinté la cara y los ojos. Entonces me planté ante todas las señoras y señoritas diciendo: " y ahora ¿ quién es más guapa ? " No es que yo lo recuerde  sino que me lo contó mi madre cuando fui mayor. 
              Almería era por aquellos tiempos una capital pequeña y los niños jugábamos en la placeta a la rayuela, a la comba, al pilla-pilla...etc. A veces nos alejábamos hasta la plaza de la catedral y teníamos ocasión de besar el anillo al obispo cuyo palacio se ubicaba enfrente. Recuerdo perfectamente la joya con un gran rubí  de un rojo intenso que centelleaba con el sol. No lejos de mi casa estaba el edificio del Gobierno Civil al que un día fuimos las amigas a ver unos cadáveres expuestos en el hall  para escarnio de los almerienses. Muchos años después he comprendido que se trataba de "maquis" ejecutados.
              Mi placeta era, y sigue siendo, cuadrada, recoleta, ajardinada y con altas palmeras. Mi casa ocupaba todo un lado del cuadrado entre dos callejones y la fachada estaba pintada de blanco como tantas casas andaluzas. Resultaba tan bonita que el novio de mi tía, un auténtico manitas, hizo una maqueta en corcho para que nos la trajeran los Reyes Magos. Como siempre he sido muy curiosa  y lo sigo siendo, encontraba los regalos antes de la fecha. No recuerdo haberme creído nunca las historias que contaban los padres acerca de los dichos reyes. El edificio estaba dividido en cuatro viviendas, dos bajos y dos primeros con una escalera central que continuaba hasta un amplio terrado donde se tendía la ropa y teníamos un gallinero en el que llegamos a meter un cerdo para hacer la matanza.  Una fachada sencilla pero elegante; junto al portal los pisos bajos con rejas que daban a la placeta; en el centro las escaleras que daban acceso a los dos pisos superiores con tres balcones, el central muy largo. Triste recuerdo tengo de las escaleras pues siendo muy chica me caí rodando. Al levantarme llorando estaba mi madre preparada con la zapatilla "para que otra vez tengas más cuidado". De los dos pisos superiores nosotros ocupábamos el más grande incluyendo el balcón corrido en el que llegamos a dormir las niñas y alguna vecina que subía en las bochornosas noches de agosto. Era la mejor habitación de la casa y por eso se convirtió en el despacho de mi padre. Se comunicaba con el comedor que disponía de balcón pequeño. Las demás habitaciones solo se iluminaban con ventanas que daban al callejón (tan estrecho que hablábamos con los vecinos, quiero recordar que con un sastre) o al patio de luces. En el piso de al lado vivía un médico casado pero sin hijos que terminó acogiendo a una niña austriaca refugiada de la Segunda Guerra Mundial.  Desgraciadamente no podíamos jugar con ella porque no sabía español. En uno de los bajos vivía un matrimonio con un niño y la abuela loca. En su delirio se lamentaba de que le querían quitar a su único nieto, Enriquito, que había sido concebido para ser niña y tuvo que ver como su madre lo peinaba con flequillo y le dejaba el pelo larguito. Una de mis travesuras, junto con las otras niñas, era decirle a la abuela que teníamos a su nieto. La pobre mujer gritaba y gritaba mientras nosotras salíamos corriendo por lo que pudiera pasar, aunque la dejaban encerrada con llave cuando su hija salía.
             El otro piso bajo lo ocupaba la extensa familia Soria, el matrimonio, siete hijos, la abuela y una chica que se trajeron de su pueblo de origen, Gérgal. El padre era practicante y su despacho era la mejor habitación, la de la reja a la placeta. De una pared colgaba un cuadro de Jesucristo que me inspiraba miedo por lo oscuro de la imagen y el dorado que la rodeaba. Tiempo después supe que se trataba de un icono ruso que mi tío trajo de Rusia cuando fue con la División Azul "a luchar contra el comunismo" me dijeron. Tanto él como el resto de la familia adoraban a los niños hasta el extremo de que nos hicieron un mecedor en la puerta de su casa que daba al patio de luces. Nos pasábamos tanto tiempo allí que a veces nos quedábamos a cenar, patatas cocidas y huevos duros, con Salvador , el hijo pequeño que era de la edad de mi hermana. Aún recuerdo el sabor de aquellas patatas tan ricas. Que no solo Proust se acuerda de los sabores (la magdalena en su caso) que tantos recuerdos nos traen. Con el tiempo formaron parte de nuestra familia  porque uno de los Soria se casó con mi tía. El resto de los edificios de la placeta lo componían: la casa del profesor de piano de mi hermana mayor a la que debí entrar alguna vez porque me llamaba mucho la curiosidad un grandísimo reloj de péndulo dentro de una caja de madera que llegaba hasta el suelo. Lindaba con un edificio de dos plantas que ocupaba el Frente de Juventudes en cuyo balcón principal colgaban varias banderas. Al lado la casa de planta baja de los dueños de una carbonería que tenían enfrente. Allí entraba con frecuencia porque había una niña de mi edad. Los primeros veranos alquilábamos una caseta en la playa para pasar el día, pero un año alquilamos una casita en Los Gallardos donde algo me tenía que suceder por traviesa. No se me ocurrió nada más que dedicarme a saltar de cama en cama hasta que me caí y me rompí la clavícula. Aún recuerdo la noche de llanto y dolor hasta que al día siguiente me llevaron a Almería a que me escayolaran. Todo agosto con el brazo en cabestrillo.
                Pasaron unos años y nos hicimos más mayorcitas. Entonces mis padres decidieron que las dos hijas mayores pasáramos los veranos en Cehegín con los abuelos, mi hermana mayor con los abuelos maternos y yo con los paternos, la pequeña se iría con los Soria a Gergal (nos contaba que no la dejaban dormir los conciertos de ranas de la rambla cercana) y el niño pequeño  se quedaría con la asistenta de manera que mis padres se quedaban libres para disfrutar de las noches del casino al que solían asistir con sus amigos. Aún conservo una fotografía en la que mi madre viste con el mantón de manila que le había bordado mi tía con la promesa de que sería para mí. Y así ha sido. Lo conservo con enorme cariño.
                Durante la estancia en Cehegín recuerdo dos travesuras, una consistió en peinar a mi abuelo y ponerle lacitos en el pelo como si se tratara de un perrito y otra a mi abuela en cuya silla derramé unos polvos pica-pica que la hicieron saltar de pánico. Aunque la que mejor recuerdo trascurrió en Almería una vez que me llevé a mi hermana pequeña a coger caracolas a la playa sin decírselo a nadie. Reconozco que siempre he tenido buen sentido de la orientación, porque desde la Plaza de Careaga hasta el Zapillo debe haber dos y medio o tres kilómetros. Al no llevar reloj nos entretuvimos más de la cuenta y toda la familia se pasó horas buscándonos, pensando lo peor, que nos hubieran raptado. Naturalmente me hice responsable, mi hermana solo me seguía. Sin atender a razones mi madre cogió la zapatilla y dio buena cuenta de ella sobre mis nalgas.
                  Cuando cumplí seis años fui a un colegio de monjas cercano que recibía el nombre de Servicio Doméstico y al año siguiente nos cambiamos al colegio de la Milagrosa en las que las docentes eran hermanas de S. Vicente de Paul. Allí hice la Primera Comunión de manos del obispo de la diócesis. Supongo que me enseñarían a leer pero no lo recuerdo. Sí que la monjas llevaban en la cabeza unas "cornetas" blancas y almidonadas que parecía que iban a echar a volar.
               Mi hermana pequeña era tan buena y obediente  que se sometía a todos mis caprichos. En primavera la convertíamos en "maya", sentadita en una esquina de la placeta, con su vestidito de gitana y un clavel en el pelo, mientras mis amigas y yo pedíamos limosnitas para la maya "que no tiene faldón ni saya". Con las monedas recogidas comprábamos caramelos. También se dejó expulsar el mal de ojo pero en aquello yo no tuve nada que ver. Fue idea de la asistenta que vio que no quería comer y encontró esa solución.
              De las estrecheces de los primeros años de la postguerra tengo algunas anécdotas. Junto a la carbonería donde comprábamos el carbón para cocinar  había una tienda, de nombre "La tiendecilla", ¡ cómo sería de pequeña ¡ a la que yo acudía con la asistenta para comprar los alimentos con la cartilla de racionamiento porque solo nos vendían en función de los miembros que formábamos la familia. Pero como el pan no nos gustaba, pan negro de centeno, nos acercábamos al puerto para comprar pan blanco del barco de Melilla puramente de estraperlo. En cuando aparecía la Guardia Civil salíamos a todo correr. Yo estaba muy delgadita, comía poco, pienso que porque no me gustaban las comidas de rancho. Pero eso no era problema, tenía el practicante en casa y nos regalaba las cajas de inyecciones. Teniendo en cuenta que estaba frecuentemente anémica tenía las posaderas hechas un colador. Las restricciones también llegaban a la ropa, heredaba la que le quedaba pequeña a mi hermana, hasta el vestido de Primera Comunión. Mi madre, sin saber, nos cosía la ropa, incluso las braguitas y el bañador. ¡ Qué modelitos ¡ No quiero olvidar cómo viajábamos hasta Cehegín. En tren llegábamos a Guadix de madrugada, desde allí otro nos dejaba en Lorca y esperábamos hasta después de comernos la comida que llevábamos, al autobús que parando en todos los pueblos y pedanías, nos conducía a nuestro destino ya de noche. Si algún pasajero salía por algún camino también se le admitía a la voz de "apretarse un poco".  Yo no sé por qué el tren tiraba tanta carbonilla, lo que sí sé es que por el calor del verano abríamos las ventanillas y se nos metía la carbonilla en los ojos. Los asientos eran de tablas de madera, lo más duro del mundo y a veces nos quedábamos durmiendo. Todo la gente viajaba en tren y unos pocos en autobús. Tengo la imagen viva de mi padre metiéndonos por la ventanilla a mis hermanos y a mí para coger sitio. Otro rasgo de la postguerra era el analfabetismo que yo observaba viendo a los hombres que tenían que firmar, hacerlo con el dedo, imprimiendo su huella dactilar.
              Uno de los veranos cehegineros  nos llevaron a mi hermana mayor y a mí a una finca de uno de mis abuelos ¡ Cómo olvidar lo que supuso para unas niñas de capital vivir en el campo ¡ Lo primero, no había wáter, solo un retrete ( una tabla con un agujero), ni agua corriente, la sacábamos con una cetra de la tinaja. Yo llegué a beber agua con la mano en una acequia pero mi hermana no porque descubrió que un burro estaba bebiendo un poco más arriba. El burro fue el modo de transporte que utilizamos, lo hacíamos por primera vez. ¡Qué horror ¡ decía mi hermana. Más divertido fue dejarnos llevar montadas en el trillo dándole vueltas a la era. Por la noche nos picaba todo el cuerpo de los trocitos de paja que se nos habían pegado y la siesta la dormíamos debajo de un árbol cual Titiro virgiliano.
               A pesar de todo eso creo que éramos felices en Almería pero mi hermana mayor seguía con ataques de asma y el médico recomendó a mis padres cambiar a un lugar más seco por si el motivo fuera alergia al puerto marítimo, al mar. Mirando las plazas libres llegó a dudar entre Aranjuez por su proximidad a Madrid, por la universidad y Lorca por su proximidad a Murcia, por la misma razón. Estaba decidido a que sus hijo e hijas hicieran estudios superiores y pudieran trabajar para ser independientes (un adelantado para esos tiempos). La decisión la tomó mi madre. Lorca estaba cerca de la familia. Llegamos en el año 1949 y encontramos un piso en la Plaza de España junto al Ayuntamiento donde mi padre ejercería de Interventor Municipal.
                    Los primeros años fueron de añoranza de mi querida ciudad de Almería, sus playas, su mar, mis tíos y mis primas. En cuanto llegaba el verano mi padre me montaba en el autobús y mi tío me esperaba en Almería. En una ocasión llegamos sin hacer casi paradas y no me esperaba nadie. No me lo pensé dos veces, me fui hasta la casa de los Soria porque yo sabía que en verano se cambiaban  porque la casa de los Soria era más fresca que la suya. Aunque tocaba y tocaba al timbre no me abrían y deduje que estarían en su casa. Estaba bastante lejos, cerca del barrio de pescadores pero no me iba a quedar en la calle. En verano a la hora de la siesta no me encontré a nadie por el camino. Tampoco allí contestó el timbre. ¡ Qué hacer ¡ Volví otra vez a la plaza de Careaga, me senté en el portal  y me eché a llorar. Al poco apareció mi tío asustado buscándome. Yo tendría nueve o diez años. Nunca se lo conté a mis padres por si no me dejaban volver más.                                                                                          Al poco tiempo mis tíos se cambiaron de casa, más cerca de la familia y del hospital donde trabajaba él. Recuerdo a sus vecinas del piso bajo que llegaron a ser como de la familia, las titas las llamábamos. Una de ellas, coja de nacimiento, tenía una forma muy curiosa de moverse por la casa, arrastrando una silla. Por entonces yo tenía 8 años, luego 9 y luego 10 hasta que mis padres empezaron a alquilar una casita para todo el verano a la orilla de la playa de la Isla de Mazarrón, aunque él solo venía en agosto y los fines de semana de julio. No recuerdo que nadie me enseñara a nadar. Creo que, como en otras cosas, he sido autodidacta. Por entonces le pasé el testigo de las travesuras a mi hermano.
                ¿Es posible que a partir de la Primera Comunión cambiara mi comportamiento? Empezaba a arrepentirme de querer más a mi tía que a mi madre y procuraba ayudarla en algunas faenas de la casa, hacerle mandados, llevar asados a un horno cercano, comprar vino en una taberna en los bajos de S. Patricio a la que no quería ir ninguno de mis hermanos por no ver al Tío Tinajas, acompañarla de madrugada a rezar el rosario de la aurora, acompañarla en los actos de misiones, me enseñó a hacer ganchillo, cuidaba de mi hermana pequeña... algo así como una expiación. Supongo que esa experiencia hizo que yo nunca consintiera que nadie le hiciera nada a mis hijos, ni darles de comer, ni cambiarles los pañales, todo se lo hacía yo con la sola excepción de que su padre los llevaba y recogía del colegio ( yo no tenía carné de conducir).
                  Después de haber leído este relato cualquiera se preguntaría cómo puedo recordar cosas de tan tierna infancia. Yo también me lo pregunto pero una compañera de facultad me dio la respuesta . Se llama el " cesto de cerezas", algo que ella recuerda que nos explicaba nuestro  querido profesor D. Mariano Baquero. Unas palabras nos llevan a otras, unos recuerdos nos llevan a otros, como cuando tiras de una cereza de un cesto y salen otras enredadas en ella.

miércoles, 5 de febrero de 2020

Lo imposible hecho realidad

                                                   

        La biotecnología, como otras ciencias que se están desarrollando a un ritmo vertiginoso, puede convertirnos en testigos de ver reales narraciones que un día fueron ciencia-ficción. Pienso en lo que habría sentido Julio Verne al comprobar por televisión al hombre pisando la Luna.
     Yo he tenido una experiencia muy gratificante al ver realizado algo que parecía imposible. Cuando estudiaba  en el instituto en los años cincuenta del siglo pasado teníamos un libro de inglés en el que, después de cada lección, se añadía una lectura. Recuerdo que me llamaba mucho la atención aquella en la que se comentaba el proyecto de comunicar Inglaterra con el continente europeo a través de un túnel subterráneo bajo el Canal de la Mancha. Con la tecnología de la época se consideraba ciencia-ficción. Pero, ¿ quién me iba a decir a mí que más de cincuenta años después iba a realizar un viaje al Reino Unido utilizando ese camino en el Eurotúnel? Me resultó emocionantísimo, aunque confieso que pasé miedo pensando en la gran cantidad de agua que "pesaba" sobre nuestras cabezas.
         Me han venido  a la memoria estos recuerdos a raíz de una noticia que acabo de leer que dice:   "los nanorobots navegarán por nuestra sangre diagnosticando problemas y reparando daños". Porque en los años sesenta del siglo pasado tuve ocasión de ver la película "Viaje alucinante" cuyo guión inspiró a  Isaac Asimov la novela del mismo título, evidentemente de ciencia-ficción,  sobre el fantástico viaje al interior del cuerpo humano de un submarino  tripulado  y reducido de tamaño en el Centro de Miniaturización Norteamericano. Esta tecnología solo duraba sesenta minutos hasta volver a su tamaño original. La finalidad del experimento consistía en salvar la vida de un científico con hematoma cerebral tras un intento de asesinato. Al submarino y su tripulación, reducidos  a pequeñísimo tamaño,  se les introducía en el sistema  circulatorio arterial del enfermo para llegar a las zonas dañadas del cerebro y curarlas. Después de diversas peripecias salían al exterior por un ojo  siguiendo el trayecto del nervio óptico antes de finalizar el plazo.  
          ¿ Llegaré a tiempo de verlo hecho realidad salvando las distancias de humanos a robots ? No lo creo pero, teniendo en cuenta que en los últimos 100 años hemos doblado la esperanza de vida, todo puede ser...  

domingo, 5 de enero de 2020

COMENTARIO DE TEXTO SOBRE LA NOVELA "INTEMPERIE"


                                                     I  N  T  E  M  P  E  R  I  E      

de  Jesús Carrasco


           Estaba leyendo una cartelera de cine en un periódico cuando he dado con el comentario de una película cuyo argumento está tomado de la novela del mismo título que fue considerada por la Asociación de libreros “Libro del Año  2013”. Se titula Intemperie. La he sacado de la biblioteca y la he leído dos veces porque he decidido escribir mis impresiones sobre ella.

         El título alude al desamparo que sufre el protagonista, un niño que huye de su pueblo y de su familia emprendiendo un camino por una naturaleza desértica e inhóspita. En él se encuentra a un viejo cabrero, poco hablador, que le va a librar de terribles peligros y que al mismo tiempo le va a enseñar cómo sobrevivir al hambre y la sed. Así el camino viene a ser la metáfora del aprendizaje.

          Hay otros personajes que representan el lado negativo, malvado, del ser humano: el alcaide, su ayudante y el tullido. El autor ha querido dar un halo de misterio (esta es su primera novela) al omitir nombres de personas, lugares, época y hasta el del perro. Existe un elemento que nos lleva a pensar en la postguerra española, el sidecar. El alcaide lo utiliza en sus desplazamientos. Se describen lugares desérticos que nos recuerdan a Almería, su vegetación de chumberas, jaras, higueras, almendros y el palo dulce (coloquialmente, palodú), además de la presencia del mar. Se usan las hojas de aloe como curativo para la piel y se utiliza la palabra “atiende” para llamar al compañero.

Todavía pueden verse aldeas abandonadas con restos de vías ferroviarias por las que antaño circulaban vagones de mercancías y minerales. Al mismo tiempo hay momentos que nos recuerdan escenas del western que se filmaron en la zona almeriense de Tabernas. Solo se alude al lugar como “el llano” (casualmente una finca que fue de mis abuelos entre Cehegín y Bullas (Murcia) recibía ese nombre). Todo el sureste español se ha visto marcado por la falta de agua. También es casual que este sea el tema de la novela “Con la lengua fuera” del lorquino José María Castillo Navarro, sobre el que escribí mi tesis doctoral.

Las personas sin nombre son: el chico o niño, el viejo o pastor o cabrero, el alcaide, su ayudante o el colorao (por el pelo), el tullido y el perro. Hacia el final y después de enterrar al viejo, su compañero de camino, pensó que “le hubiera gustado saber su nombre”.

        Podríamos definir la novela como una especie de movimiento neo-ruralista que renace en el siglo XXI y que recuerda a Delibes. Uno de sus aciertos consiste en la riqueza del léxico rural que a buen seguro habrá obligado a usar el diccionario para su lectura a algunos de sus lectores. Como ejemplo: albardón, aguaderas, serón, azuela, destrabar, parihuela, varear (la aceituna), serijo (de las pasas), morral (del chico), zurrón (del pastor), gualdrapa y ataharre (del burro), etc.

         En cuanto a la forma literaria me ha llamado mucho la atención las oraciones sin verbo que la mayoría de las veces corresponden a momentos de tensión emocional, como si la acción quedara paralizada. He recogido algunos ejemplos. En un momento de desesperación en que el niño rompe a llorar leemos: “la escapada infantil, el sol abrasador, el llano incapaz de inclinarse a su favor”; también cuando el chico se encuentra frente al alguacil que lo viene persiguiendo desde el principio del relato leemos: “la humedad de las botas, la suciedad de la piel, el olor de la comida, el final de su osadía”; la aparición del viejo con la escopeta del ayudante del alguacil se percibe como: “ángel de fuego que derriba los muros”; pero la mayor concentración emotiva se reduce a la oración-palabra “Sed”. Todo ello desprende un lirismo que le acerca a la poesía como el mismo Jesús Carrasco reconoció en una entrevista realizada en Página  2 de TVE.

       Del estilo señalaría algunas metáforas: los pómulos sangrantes son “manzanas de feria bañadas de caramelo”,  la luna reciente todavía era “una tajada estrecha amarilleando sobre el horizonte” y las hileras de olivos cual “hatajo de soldados de vuelta del frente. Heridos pero en marcha”. Más abundante es el símil de las moscas “como dientes negros”, se movían los pelos de su barba “como un campo de posidonias a merced de las corrientes”, marcas de vara asomaban por los costados “como nuevas costillas dibujadas”, el fuego “como un hurón ciego y voraz”, las lombrices y renacuajos del agua del pozo saltaban “como atunes en una almadraba”…etc.

      Cuando se trata de descripciones el estilo es realista, como la del tullido: “El pelo largo apelmazado, barba negra y un sayo de arpillera raída atado a la cintura por toda vestimenta. Tenía las manos incompletas y sus piernas estaban amputadas justo por debajo de las rodillas. Unas correas de cuero ennegrecido unían sus muslos a una tabla de madera con cuatro cojinetes grasientos por ruedas”.

       Hay quien considera que esta novela es un canto a los sentidos, olores, sabores, sonidos:

   “Perdido entre los cientos de olores que la profundidad (de la tierra) reserva a las lombrices y los muertos. Olores que no debería estar oliendo pero que él había buscado, olores que lo alejaban de la madre”. Unas veces son buenos, como “los aromas de pan” pero la mayor parte son como “el hedor de un buey podrido”.

        Frecuentes alusiones a los sabores de la comida o bebida (leche y vino a falta de agua): “Empapaba trozos de pan ácimo en un recipiente con vino”; “la torta de pan que había cocinado el viejo la ablandó con leche tibia” (gachas de leche); “atacaba la bota de vino con buches largos”; “mordiendo una cuña de queso correoso”.

        En cuanto a los sonidos  abundan los de la naturaleza o los animales que acompañan al viejo y al niño en su viaje de huida hacia el norte: “aleteos de palomas”, “coro de cencerros” y “balidos” (de las cabras), “ladridos del perro”. Siempre comían acompañados por el burro, el perro y las cabras. Hacia el final, muerto y enterrado el cabrero, el chico se refugia en una vieja casa para peones camineros y “escucha el tamborileo de la lluvia sobre una chapa caída”.

       El motivo de la huida la conocemos hacia el final. El chico recordaba “cuando su padre lo llevó por primera vez a la casa del hombre que ahora tenía delante (el alguacil) y lo dejó allí a merced de sus deseos”. Al encontrar el sidecar repara en “la cápsula en la que él había viajado oculto tantas veces”.

        Las últimas palabras son esperanzadoras: “Luego volvió a la puerta y allí permaneció  mientras duró la lluvia, mirando como Dios aflojaba por un rato las tuercas de su tormento”.



            

jueves, 12 de diciembre de 2019

Dos extraños en un tren

                                                                                                                                                                                                                                  Dos extraños en un tren


          Estando yo sentada en el tren se me coloca al lado un hombre con la gorra al revés que me dio la impresión de ser un emigrante porque era la hora en que salen de trabajar y se dirigen a sus casas, Pero no. Al verme sacar la tarjeta personalizada para enseñársela a la revisora, me comenta que el tiene una mejor que la mía. Las tarjetas personalizadas tienen descuento. Me pareció raro que siendo joven pudiera disfrutar de descuento. Abro mi bolso y saco la nota que me dieron en la ventanilla de la estación donde se establece que hay que ser jubilado, minusválido o familia numerosa. Le pregunto a qué apartado pertenece la  suya y se me acerca a la oreja, pues se trata de un secreto. ¡ Qué cara de ancianita bonachona de pelo níveo me habrá visto para tanta confidencialidad ¡ Me cuenta que su abuelo era maquinista y que conoce a todo el personal de la administración. Aunque ya murió los compañeros quisieron hacerle un reconocimiento a la familia dándole una tarjeta de minusválido que no solo le descuenta el 40% a él sino a su acompañante. Ante mi gesto de asombro saca la cartera y verdaderamente hay una tarjeta que incluye acompañante. Yo pensaba que se estaba quedando conmigo, pero era como la mía. Observa que la mía lleva mi fotografía y entonces me cuenta que él se la hizo con la gorra para atrás y no se la admitieron. La guarda en la cartera junto a la actualizada sin gorra. 
         Yo empiezo a recordar que nuestro país es donde nació la picaresca y debe continuar, por lo que veo. Le pregunto si el acompañante no tiene que justificar que es un familiar y responde que casi siempre va con su mujer, que es buenísima " fíjese usted si es buena que fue monja clarisa pero que se salió cuando cerraron el convento". Le comento que vienen de Santa Clara de Asís y que siempre me cayeron bien como buenas franciscanas. Me es muy querida la figura de S. Francisco. Me mira con los ojos muy abiertos y le aclaro que soy profesora jubilada de instituto.
       Le confieso que espero que  en España ocurra como en otros países donde los transportes públicos son gratuitos para los jubilados porque lo he visto en Inglaterra. El hombre dice que es catalán pero  ESPAÑOL, se dedica a los negocios, ha viajado mucho y también lo ha comprobado. Ha querido que sus hijos sepan idiomas y han hecho erasmus en Alemania porque allí están muy adelantados   y nosotros tenemos que imitarlos.
       Charlando, charlando llega a su destino, no sin antes darme la mano para despedirse y añadir que estaba encantado de "haber conocido a una persona tan inteligente". Ahora si que me quedo "con el ojo cuadrado" , como dice una amiga mía. ¿Será verdad que la cara es el espejo del alma? ¡Qué amistad más efímera¡. Ni nos preguntamos los nombres  jajaja. 

lunes, 2 de diciembre de 2019

Añoranzas del verano

                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                         AÑORANZAS  DEL  VERANO

               Mi amiga Enma veranea en Águilas y me cuenta que "cada mañana, durante las horas del baño en la playa vemos un cormorán (palabra que viene del latín  "corvus marinus" que significa cuervo marino), a veces dos, sobre una pequeña roca que emerge del mar. Siempre comento con los demás bañistas como sacude las alas para secarse después de una inmersión para pescar. Para ser un ave voladora tiene la alas cortas, así bucea mejor. Hoy mi hija y yo nos hemos acercado nadando y pensando que lo ahuyentaríamos con nuestros comentarios. Pero él, impertérrito, no se ha dado por aludido, con el cuello muy recto, la cabeza alta y como pensativo. Desde lejos solo veíamos el plumaje oscuro pero al acercarnos hemos comprobado que tiene el pecho blanco. Más tarde en casa vemos que ha llegado su pareja y le ha dejado el sitio mientras él se refresca en el agua. De vez en cuando asoma la cabeza. Lo he bautizado con el nombre de Carlos".
              " Hoy ha amanecido un día otoñal, amenaza lluvia, pero esto no ha impedido a nuestro amigo Carlos  ocupar su puesto de vigilante sobre el pico de la roca. ¿ No parecería más lógico que se resguardara en el nido? Probablemente estará divisando el movimiento del mar para localizar algún pececillo que llevar a su hogar. Porque los cormoranes no son como las gaviotas que comen con variedad, ellos solo se alimentan de los frutos del mar".
               "Hemos estado unos días sin bañarnos y no lo vemos. Se habrá cansado de esperar. ¡Adiós, Carlos, hasta el verano que viene ¡ CUIDATE DE LOS DEPREDADORES y que seas feliz con tu pareja".

miércoles, 11 de septiembre de 2019

En la playa

                                                      E n  la  playa


            Durante varios años al llegar el verano me desplazo al piso de la playa y tengo ocasión de ver bandadas de gaviotas (creo que del tipo de gaviota argéntea o "larus argentatus" ) que vuelan sobre la costa poblando los  cielos con su sinfonía de sonidos o posadas sobre el intenso azul del mar en busca de alimento, como pequeños lunares blancos que al mínimo ruido se elevan sobre el infinito.
           Pero hoy ha sido diferente, un día de mar serena "como si hubieran tendido una alfombra sobre sus olas" que diría Herman Melville en su novela "Moby Dick". De pronto y sin aparente razón las blancas aves marinas que reposaban con sus polluelos, alineadas mirando al sol en las cárcavas del monte de la Aguilica, parecían responder al grito de ¡ vámonos de aquí ¡  ¡huyamos de estas rocas mortales ¡  La mayoría ha levantado el vuelo con graznidos que hacían vibrar el aire ¡ qué espectáculo ¡ parecían huir de algo. Y, en efecto, sobre el perfil de la colina ha aparecido un halcón  volando en círculos  con maléficas intenciones.
            Ellas, las féminas (en sentido literario), dándoles la espalda al sol, preferían desaparecer antes que enfrentarse a ese pájaro tan masculino (en sentido literario). Ellas blancas, él negro, lo que me hace pensar en el simbolismo de los colores en nuestra cultura. 
           Algunas, más rebeldes, han permanecido en su sitios, desafiantes, cambiando de posición para seguir la dirección del sol como si fueran girasoles plateados.
            No entiendo ese comportamiento. Ellas, más de cien  lo podrían desplumar en un santiamén.¿Sabiduría o sensatez de la naturaleza? No, elegante abandono que recoge el refrán " no hay mayor desprecio que no hacer aprecio".
         A  continuación me sale la vena investigadora y busco que ocurre aquí con las gaviotas últimamente. La población de estas aves  ha aumentado tanto que molestan a los vecinos de las urbanizaciones colindantes y meditando un momento pienso yo ¿quiénes estaban antes las gaviotas o  las urbanizaciones?
         También me sale la vena curiosa y encuentro tres cosas , entre otras, que me llaman la atención:                                                                             1º beben agua dulce y salada.
               2º desde hace siglos es el símbolo de los mormones porque acabaron con una plaga de langostas que destruían sus cosechas.
                 3º son monógamas por lo que siempre se reproducen con la misma pareja. Al separarse, tras su regreso se reconocen por sus sonidos.
  

domingo, 9 de junio de 2019

Recorriendo Valencia

                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                   Recorriendo  Valencia     (junio  de 2019)

 
               Me comenta mi amiga Enma que ha pasado unos días en la ciudad de las fallas invitada por una querida  amiga de su juventud y acompañada de su cariñosa cuñada. Como sabe que me gustan los viajes me ha narrado todo lo que vieron, aquello que ella no había visto en ocasiones anteriores. Ya conocía la catedral, la Virgen de los Desamparados,  la  plaza del Ayuntamiento, el Museo de las Artes y las Ciencias, el museo S. Pío V  o Museo de Bellas Artes de Valencia reconocido como una de las mejores pinacotecas de España y las Torres de la antigua muralla medieval.
        "Llegamos a Valencia en tren a la 13,30 y después de instalarnos en nuestras habitaciones comimos en la casa de mi amiga un menú de hotel de 5 estrellas y cogimos el metro hacia el MuVIM, Museo de la Ilustración y de la Modernidad donde teníamos hecha una reserva.  Está ubicado en una construcción  en la que se encontraba el antiguo Hospital de los Inocentes, un antiguo centro psiquiátrico. El edificio actual está hecho de hormigón y cristal. "La aventura del pensamiento" ocupa la mayor parte del espacio y ofrece un recorrido a través de la historia con un lenguaje audiovisual. Empezamos por un "scriptorium" de un monasterio medieval donde los monjes realizaban copias de manuscritos y escuchábamos sus conversaciones, bajo la atenta mirada de un joven fraile que, en silencio , nos guiaba de una sala a otra mediante signos con las manos ( ¿SERÍA UN CARTUJO?). Por negros corredores laberínticos nos introdujo en el renacimiento y el barroco destacando la importancia de los descubrimientos y la labor de los grandes científicos de la época. Para contemplar lo ocurrido en el siglo XVIII cambió el guía y apareció una señorita a  la que solo le faltaba la peluca blanca, que nos fue conduciendo por distintas salas  e indicándonos que escucháramos el audio donde se relataban los avances de la humanidad con las revoluciones norteamericana y francesa y también el lado negativo de los esclavos y la guillotina entre otras cosas. Todo muy bien ilustrado con dibujos y cuadros. La tercera guía era una chica de bata blanca que representaba la investigación científica y los grandes adelantos de los siglos XIX, XX y XXI  con la revolución industrial y la llegada del hombre a la Luna, pero también el lado negativo de las dos guerras mundiales y la explosión de la bomba atómica. Me gustó por el valor pedagógico de los comentarios que insistían en los adelantos a los que ha llegado la humanidad, por ejemplo con la declaración de Derechos Humanos ….y mucho más. La siguiente visita fue al Museo de la Seda en el antiguo Colegio de Arte Mayor de la Seda desde el siglo XV. Un edificio rehabilitado por la Fundación Hortensia Herrero, esposa del fundador de Mercadona. De las tres salas principales, la de la fama, la de la capilla y la del archivo histórico nos detuvimos en las dos primeras. Nos pusimos unos patucos azules para no manchar el suelo. En la sala de la fama  observamos  el fresco del techo que representa  a S. Jerónimo, patrón del gremio y en el suelo una auténtica joya de pavimento de cerámica valenciana que representa los cuatro continentes conocidos hasta entonces (s. XVIII). El autor se inspiró en la fuente de la plaza Navona de Roma sustituyendo los ríos por los continentes. En el centro la mujer que representa la Fama y en las cuatro esquinas cuatro mujeres sobre carros tirados por los animales propios del continente: los caballos de Europa, los elefantes de Asia, los leones de África y los caimanes de América. En esta sala se reunían los dirigentes de la institución. Fue muy importante el comercio de la seda cuya ruta asiática terminaba en Valencia. Aún hoy puede verse en los trajes típicos. El museo es un valioso patrimonio que habla de tres siglos de la historia sedera valenciana". 
        "Nos recogimos a cenar a la casa  y nos acostamos pronto porque al día siguiente nos esperaba una larga jornada. Tras el desayuno tomamos el autobús que nos llevaría hasta la iglesia de S. Nicolás, templo gótico construido sobre una antigua mezquita en tiempos de Jaime I el Conquistador (s. XIII) la cual ya se había erigido  sobre un templo antiguo, aunque la decoración de la bóveda es de principios del XVIII, de un barroco tardío con todas las exuberancias de este estilo. La iglesia está dedicada a S. Nicolás de Bari, nacido en Turquía y cuyo cuerpo reposa en la ciudad italiana de Bari. Por ser el protector de la infancia y la familia  se le relaciona con la entrega de juguetes en Navidad. Otro santo comparte con él este templo, S. Pedro Mártir que luchó contra la herejía albigense en el siglo XIII. Ambos aparecen en distintas escenas de las pinturas restauradas  en 2016 en  el techo gracias a la Fundación  Hortensia Herrero. Está considerado hoy como la Capilla Sixtina Valenciana. De allí nos dirigimos al Barrio del Carmen concretamente al Centro cultural del Carmen que ocupa  el Real Monasterio de nuestra señora del Carmen del siglo XIII tras la conquista cristiana. Consta de un claustro gótico cisterciense y dos claustros renacentistas. En el siglo XIX se convirtió en sede de  las Escuelas de Bellas Artes, y Artes y Oficios. Actualmente recoge distintas exposiciones de fotografías en la nave blanca con columnas y en las salas laterales. Aún nos dio tiempo antes de comer de acercarnos al Museo del Corpus. Este edificio recoge en pleno barrio del Carmen  los elementos que se utilizan en las cabalgatas y procesiones del Corpus Christi que se celebran en Valencia desde el siglo XIV, llamado también Casa de las Rocas, nombre que reciben los carros triunfales con figuras alegóricas de carácter  sacro y profano: el Santo Cáliz, el dragón de S. Jorge...etc.Según un historiador de las procesiones lorquinas aquí está el origen de las carrozas bíblicas de la Semana Santa lorquina. Pasamos por las Torres de Serrano , por la Real Academia de la Lengua Valenciana y nos detuvimos a comprar suvenires."
        "Mi amiga había llamado a todas las chicas de su pandilla para presentárnoslas y comer juntas en el restaurante del Colegio de Abogados. Para hacer tiempo nos sentamos en la terraza de un bar murciano que estaba enfrente. A la hora indicada nos dirigimos al comedor y conocimos a unas señoras encantadoras. Las amigas de mi amiga son mis amigas. Algunas nos acompañaron a la NAU en la antigua universidad, en cuya Aula de Música, ubicada en la Capilla de la Sapiencia, escuchamos un concierto de Música de Cámara  de violoncelo, contrabajo y piano del que yo destacaría la profesionalidad del pianista Francesc Llop i Álvaro, profesor del Conservatorio Superior de Música de Valencia. Nos recogimos a cenar a casa y nos quedamos charlando hasta altas horas de la noche recordando nuestros años de jóvenes mamás  ¡ una gozada ¡ "
        "El último día, 6 de junio, lo iniciamos con la visita al Palacio del Marqués de Dos Aguas, una joya del barroco por dentro y por fuera. Maravillosa la fachada, fabulosa la decoración del patio interior, espectacular la sala de las carrozas, las de arqueología, las de cerámica islámica, la de recepción, el salón de baile, el dormitorio, la cocina...No me quería venir sin probar la horchata, así que entramos a la horchatería de Santa Catalina a tomar horchata de chufa con fartons, una  dulce delicia. Al terminar nos acercamos a la iglesia del mismo nombre, de estilo gótico, con girola y una austera decoración. Seguimos andando hasta S. Juan del Hospital, del mismo estilo pero sin girola. Tras la comida un taxi nos llevó a la estación del norte para volver, con pena, a nuestro pueblo. Pero hemos prometido volver porque nos hemos dejado cosas  que ver con esa intención. VALENCIA ES UNA DE LAS MEJORES CIUDADES DE ESPAÑA".

















domingo, 17 de febrero de 2019

Mi amiga Enma




                                                          Mi   amiga   Enma


             Desde hace un tiempo le tenía  una sana envidia a mi amiga  Mari Toñi  porque tiene una amiga, Constanza, que le cuenta historias, anécdotas  y  viajes que la divierten mucho. Bueno, pues yo he encontrado a una mujer, Enma, holandesa,que ha estudiado español en el Instituto Cervantes  de Utrecht (Países Bajos), ciudad que casualmente visité estas pasadas navidades  y que me ha solicitado ser su amiga por internet. Así intercambiaríamos experiencias, comentarios, lecturas y preferencias.
          Para empezar me ha dicho que está leyendo una novela española, en uno de cuyos capítulos el autor habla del lápiz y de lo importante que es para él. Todo lo escribe a lápiz y con la goma va borrando lo que no acaba de gustarle. Si se le acaba la punta echa mano del sacapuntas como cuando éramos niños. Ella me dice que hace algo parecido pero con el bolígrafo, con el cual no para de escribir desde que se levanta hasta que se acuesta. El bolígrafo tiene la ventaja de que no necesita sacapuntas. Se le acaba la punta, pues coges otro. Unas veces es la lista de la compra, otras el menú de la semana, el resumen del último libro leído, comentarios curiosos de artículos de periódicos (como cuando leyó  sobre la Piedad de Miguel Ángel que en ella Jesucristo tiene un diente de más, cosa que muy pocas personas  que lo han visto se han dado cuenta, aunque el Hijo tenga la boca entreabierta), anotaciones en la agenda de los compras del día, recuento a final de mes para comprobar que no se ha gastado  más de lo que se ha ingresado. 
        Hay veces que al leer se encuentra con alguna palabra desconocida, algún latinismo poco frecuente, frases de personajes célebres...etc. entonces toma nota y luego los pasa a sus respectivas colecciones en el ordenador.
         Al escribir correos electrónicos  a sus amigos y familiares  los hace primero en bolígrafo y luego los pasa al ordenador, aunque podría hacerlo directamente, pero el bolígrafo ¡es tan familiar ¡ le recuerda su época de estudiante (obtuvo la licenciatura en Historia) en los tiempos  en  que se tomaban ¡tantos apuntes ¡ no como ahora que todo se compra. Me comenta que en la novela española que está leyendo dice el autor: " No escribo porque tenga cosas urgentes que decir. Escribo por el gusto de llenar las páginas en blanco del cuaderno". Ella también escribe en cuaderno como cuando íbamos al colegio.
         Y no se olvida de escribir en el móvil, a los grupos de whatsaps, avisos a las amigas  para salir al cine , para jugar a las cartas, y respuestas a los mensajes recibidos.
         Como Emma es muy viajera  me ha prometido contarme algunos de sus viajes. Quedo a la espera pues ya le he mandado mi dirección de Pentasilea.
         Hoy es domingo y he salido con mi hijo Pepe  a dar un paseo y tomar el sol. Nos hemos acercado a la Alameda de la Constitución donde la Obra Social de la Caixa, Caixa-Fórum, ha instalado en una carpa la exposición "Héroes ocultos". Los primeros en aparecer han sido los inventores del lápiz y el bolígrafo ¡qué casualidad ¡ Pero el invento más valioso para mí es el de la fregona. Ese español de Logroño, Manual Jalón Coromillas, que nadie conoce, me liberó de fregar de rodillas. Me tenía que poner una almohadilla de goma para que no se me hicieran callos. La semana que me tocaba fregar las escaleras …¡pobres rodillas mías ¡ 

domingo, 30 de diciembre de 2018

Navidad familiar en Ámsterdam (21—26 D E 2018)


                                          “Sueño con pintar y luego pinto mis sueños”                                                                      Vincent  Van  Gogh



     Aunque había huelga de Renfe, mi hija Carmen y yo salimos de Lorca a las 7,30 de la mañana en el tren hacia Murcia. Nuestro tren debió encontrarse dentro de los servicios mínimos, igual que el que nos trasladó a Madrid. Comimos en la estación de Atocha  y en autobús  llegamos al aeropuerto  Adolfo Suárez de Barajas para encontrarnos con el resto del grupo: mi hijo Pepe, Bernarda y los nietos Pepe y Juan;  mi hijo Juan, Rocío y los nietos  Juan, Víctor y Rocío, además de mi nieta Marina y su novio Giuliano Petrone.

   El avión llegó con retraso al aeropuerto Schiphol de Ámsterdam a causa de la niebla, según explicó el comandante de la aeronave. Allí nos recogieron dos minibuses de 6  y  7 plazas hasta el muelle NDSM del río Ij  donde estaba atracado el Botel. Los camarotes tenían una amplia ventana que mostraban un bello paisaje marinero. Vimos pasar gabarras y ferrys entre patos y cisnes. Rápidamente comprobamos el cambio de clima, del Mediterráneo al Mar del Norte.  Aunque pequeños, los camarotes tienen de todo, especialmente calefacción. Y lo mejor, los empleados. Son sudamericanos y hablan español, hasta los del “Pollux”, con el simpático Carlos el hondureño.

Iniciamos el sábado 22 con un buen desayuno de bufet libre a bordo. A continuación un ferry (a los más novatos los bañó una ola provocada por el paso de un barco cercano y todos nos reímos) nos depositó en la Estación Central, centro neurálgico de todo tipo de transportes: metro, tranvía, autobús, taxi, tren… Cogimos un tranvía pues habíamos sacado tickets para los tres días y nos paramos en el Rijksmuseum con el deseo de contemplar los cuadros de Rembrandt. En particular nos interesó que vivió en el barrio judío de Ámsterdam y de sus personajes sacó las figuras bíblicas de sus cuadros. Pero pudimos detenernos en otros pintores holandeses menos conocidos. Rijksmuseum significa museo del Estado. Es un bello edificio de estilo holandés con su fachada de ladrillo rojo. Me encantó el enorme cuadro de la “Batalla de Waterloo” y el tríptico del  “Juicio Final” en el que se imita un poco al Bosco. Mi favorito es “La ronda de noche” de  “Rembrandt que después de la restauración de 1947 se comprobó que no era de noche sino de día pues el barniz y la oxidación lo oscurecieron. Era más grande pero para que cupiera entre dos puertas le recortaron un trozo con tres personajes.

Su título original: “La compañía militar del capitán Frans Banninck Cocq y su teniente Willen Van Ruytenburgh”. Es el momento en que el capitán, de negro y con la golilla de la época, da la orden de marchar al alférez. Detrás, los dieciocho arcabuceros (vigilantes del orden) de la compañía que pagaron por aparecer en el cuadro. Además, un perro, dos niños y una niña que, como foco de luz, parece representar a la primera esposa del pintor fallecida hacía poco. Es un cuadro de grupo como también lo son “La lección de anatomía del doctor Tulp” y “Los síndicos del gremio de pañeros”. Rembrandt, influido por Caravaggio, emplea el estilo tenebrista y el claroscuro propio del barroco.

El otro gran pintor de la pinacoteca holandesa es Vermeer que utilizaba los más caros pigmentos llegados de todos los lugares del mundo gracias a la Compañía Neerlandesa de las Indias Orientales, como el rojo cochinilla y el azul de ultramar. Obsesionado por la luz, hace que predominen las escenas urbanas, costumbristas y musicales con el laúd y la flauta. No fue entendido en su tiempo sino mucho después, en pleno siglo XIX. El museo solo posee cuatro cuadros de este pintor, “La lechera”, “Mujer leyendo una carta”, “El callejón de Delfty” y “La carta de amor”. 

La siguiente visita es al museo de la cerveza Heineken, gran edificio que comprende distintas salas donde se explica la elaboración de la cerveza y su historia. Pero  ¡qué gozada ¡  las degustaciones, los videos de nuevas tecnologías donde nos introducíamos en unas habitaciones con proyecciones en las cuatro paredes, techo y suelo como si fuéramos burbujitas. Pepe y Bernarda se montaron en unas bicicletas con el video de fondo de la ciudad aparentando pasear en bici por Ámsterdam, una especie de karaoke y muchas más cosas que no recuerdo. Sí que nos pusieron una pulsera verde a los mayores y roja a los menores, con unas florecitas que despegábamos cada vez que bebíamos un vaso de cerveza, Coca-Cola o Fanta. Y mucha música. A la salida nos regalaron llaveros de Heineken. No había manera de sacar a los jóvenes y no tan jóvenes de allí. Comimos en un bar cercano pizzas y hamburguesas. En metro fuimos a ver la Plaza Dam, la más importante, con el pequeño obelisco dedicado a los caídos en la segunda Guerra Mundial, el Palacio Real y toda la decoración navideña con un alto árbol de navidad, muy iluminado todo con luces de colores. A las cinco ya estaba anocheciendo. Andando por las orillas de los canales llegamos al Barrio Rojo, un espectáculo único. Aunque algunos de los escaparates rojos de las chicas tenían las cortinas echadas (no sabemos si era por temprano o porque estaban “trabajando”) la mayoría ya enseñaban sus encantos para atraer al personal. Algunos callejones eran tan estrechos que apenas podíamos pasar dos personas. No sé a los demás pero a Bernarda y a mí no nos gustó. ¡Y qué decir del olor a marihuana ¡ Era el lugar apropiado para comprar chocolate y dulces de esa droga que allí está legalizada, como lo está la prostitución. Entramos a un bar, nos tomamos unas cervezas pero el ambiente no era agradable, llevábamos menores. Buscamos el metro hacia la Estación Central y desde allí al ferry. Pero nos equivocamos de muelle y tuvimos que volver para coger el que estaba próximo al Botel. Aprovechamos el tiempo que quedaba hasta la cena para descansar en los camarotes. Yo estaba tan cansada que no salí pero el resto del grupo fue a cenar al barco de enfrente, un  barco de vela convertido en restaurante, el “Pollux”.

Amaneció el domingo 23 lloviendo y no paró en todo el día. Desayuno, ferry, Estación Central y tranvía hasta el Museo Van Gogh. De los dos edificios entramos primero al relacionado con Vincent Van Gogh, pues el otro está dedicado a pintores contemporáneos y amigos, en especial a Gauguin. Vamos buscando “Los girasoles”, uno de los cinco cuadros sobre estas flores amarillas,  “Los lirios”, una de las dos versiones que existen, “El almendro” con sus lindas flores blancas sobre fondo azul (posiblemente con influencia japonesa), “El melocotonero”, “La habitación de Vincent  en Arlés”, “La casa amarilla”(que compartía con Gauguin en Arlés),  los cuadros relacionados con las faenas del campo como “La cosecha” en el sur de Francia para aprovechar los días soleados gracias al viento mistral y “Marinas des Saintes Maries de la Mer” con sus aguas de “color cambiante”, como él decía. Entramos en unas salas tituladas “Van Gogh dreams” en las que la tecnología nos introduce en los cielos estrellados de sus obras. Las formas parecen moverse, caerse, arrastradas por un ligero frenesí. Los colores dominantes: el amarillo y el azul. De los más de cuarenta autorretratos destacaría el que lleva el sombrero de fieltro en puntillismo y uno de los varios que pintó con la oreja cortada. A lo que hay que añadir sus objetos de pintura como la paleta, algún mueble, las cartas a su hermano Theo, su mejor amigo, fotografías de su familia…

En cuanto al estilo pictórico la mayor parte de la obra pertenece al postimpresionismo, incluso el puntillismo que inventó Georges Seurat al que calificaron de neoimpresionista.  

Una vez fuera fuimos  a dar una vuelta por el mercadillo navideño más cercano, junto a una pista de patinaje al aire libre. Y como no paraba de llover y yo llevaba los zapatos y los calcetines mojados nos refugiamos en una terraza de bar cubierta a comer y beber. A mi hijo Pepe se le ocurrió la idea de acercarse al mercadillo y comprarme unos calcetines de papá Noel que apenas entraban en los zapatos, pero ¡menudo alivio ¡ y a alguien se le ocurrió que fuéramos a tomar café a un “ Hard Rock” que como yo no sabía de qué iba me sonaba a los famosos almacenes ingleses, ¡qué ignorante! Es una cadena de tiendas-cafeterías que acumulan objetos de cantantes famosos de rock (las botas de uno, el sombrero de otro, la guitarra de no sé quién…) para gente fetichista. Otra vez el tranvía para llegar hasta el sitio famoso. Los jóvenes compraron camisetas y yo me tomé un vaso de leche para entrar en calor. El tiempo corría y se hizo la hora de dar el paseo en barco por los canales. Con unos auriculares en español fuimos recibiendo la explicación de la historia de los diques para evitar las inundaciones de las mareas gracias al famoso ingeniero holandés Cornelis Lely que diseñó el primer plano de un dique en 1891. Cuando fue ministro de Obras Públicas lo aceptó el gobierno pero hasta que Holanda no sufrió unas inmensas inundaciones no se logró la aprobación del parlamento (1918). Es el conocido  Afsluitdijk (dique de cierre). El segundo dique es del siglo XXI, el Oosterschelde, de 9 km. y 62 compuertas. Los puentes tienen una iluminación especial, a veces muy original, llenas de colorido… Las fachadas de las casas nos sorprenden por su originalidad (su estrechez se debe a que se calculaba el impuesto sobre los inmuebles por el ancho de la fachada) y también llama la atención que  no echan las cortinas. Lo mismo que los barcos-casas varados dentro de los canales. A nadie le importa que la gente les vea. Para demostrar que el agua no está contaminada hay patos y cisnes. El sistema de alcantarillado no va a los canales sino al Mar del Norte.

De vuelta al Botel a través de tranvía, Estación Central y ferry. Yo hice como la noche anterior, me quedé en el camarote descansando y ellos se fueron a cenar al “Pollux”.

Y ya llegamos al veinticuatro de Diciembre, esta noche es nochebuena y mañana Navidad. Empezamos como siempre, desayuno, ferry y Estación Central. Esta vez cogimos el tren de cercanías a Utrecht y en veinticinco minutos llegamos a la ciudad del famoso tratado. Pasamos por unos famosos almacenes y paseamos por los canales buscando la altísima torre de la catedral (el Domkerk) gótica dedicada a S. Miguel que, al ser reconstruida después de un fuerte tornado, se edificó fuera de la torre, el edificio más alto de la ciudad. La nave de la iglesia nunca re reconstruyó. Así nació la plaza de la catedral del Dom, una zona abierta entre la iglesia y la torre. A un lado la universidad y al otro el Instituto Cervantes. Entramos al templo y nos explicaron que aunque había sido católica en tiempos de Carlos V, ahora es protestante. Yo lo había adivinado por la posición de los bancos. Los protestantes los ponen unos frente a otros, cosa que yo vi en Alemania. Lo más bello, el rosetón y las vidrieras como la de los evangelistas. En la puerta la estatua de una mujer alta como monumento a los caídos en la segunda Guerra Mundial con la fecha 1940-1945. Entablé una discusión con mi hijo Pepe cuando me habla de los contrafuertes en que se apoyan los arbotantes de la catedral. Le recuerdo que eso se llama estribo y no se convence hasta que lo encuentra en internet. No se da cuenta que él es de ciencias y yo de letras. Nosotros estudiábamos varios cursos de arte. Igual que en Ámsterdam, nos comen las bicicletas. Tardamos en encontrar un sitio donde cupiéramos los trece. Encontramos uno muy bonito para la primera cerveza pero nada de comer. La segunda cerveza la tomamos en un bar llamado “Belgie”, lleno de vírgenes (los belgas son católicos) pero tampoco tenían comida. Acabamos en un italiano comiendo un montón de pizzas y sin problemas de idioma porque llevábamos a Giuliano Petrone, afamado intérprete de la bella Calabria. Se nos hicieron las cinco de la tarde y ya anocheciendo fuimos a Utrecht Central a coger el tren para Ámsterdam, Estación Central y de allí al ferry que nos dejó junto al Botel con tiempo para descansar antes de la cena de Nochebuena en el otro barco, pero no más tarde de las 9.30. No aparenta por fuera lo bonito que es el restaurante “Pollux”. Todo de madera y muy decorado con motivos navideños, estupendo para las fotos. Recordando a las familias que no han venido, hicimos un video de felicitación a la familia de Rocío, otro a la de Bernarda y un tercero para Italia a la familia de Giuliano Petrone. Todos nos devolvieron los suyos, ¡la técnica ¡ COMIMOS, BEBIMOS, BRINDAMOS y CANTAMOS villancicos. Nos recogimos a dormir. Eso yo, los demás se fueron de copas.

¡¡25 de diciembre, Rum, Rum, Rum…!!. Desayuno, ferry y Estación Central para hacer las últimas compras hasta la 1.30 que llegaron los coches para transportarnos al aeropuerto destino Oporto. Pepe, Bernarda y yo nos damos un paseo por los alrededores de la estación y vemos una iglesia católica, S. Nicolás, pero estaba cerrada. Nos hicimos fotos junto a los grandes aparcamientos de bicicletas, que estaban llenos por ser día de fiesta. Comida en el avión y en poco tiempo llegamos a Madrid donde se separa el grupo. Se quedan Carmen, Marina y Giuliano. Juan  sale con su familia y yo con la de Pepe rumbo a Lorca.