lunes, 5 de enero de 2026

VIAJE A MARRAKECH

 

Capítulo  1.- Veintiuno de noviembre de 2025. Aeropuerto de Alicante. Mediodía. Primera sorpresa: en el control de pasaportes se nos preguntó si éramos hijos de la gran Bretaña. “¿Nosotros ¿” – respondimos. Al escuchar ese castellano tan perfecto como hablamos los de Murcia, nos mandaron directos al pasillo de los irlandeses y los europeos. Segunda sorpresa: como consecuencia del largo fin de semana con motivo del día de S. Clemente, nos encontramos a los lorquinos conocidos que habían elegido el mismo destino que nosotros. Intenté superar el miedo a volar mirando por la ventanilla. Un extenso mar de nubes blancas “que se diría todas de algodón” ( Platero y yo, de J.R. Jiménez) nos impedían tocar el cielo con las manos. Tercera sorpresa: en vez de dirigirnos al sur, el avión tomó rumbo hacia el norte hasta llegar a Madrid (“se equivocó la paloma, se equivocaba…”, Rafael Alberti). Todo ello motivado por el cierre del espacio aéreo a causa de las maniobras militares de la Cuadrilla Águila en la que la princesa Leonor, la heredera del trono, estaba haciendo maniobras militares. Lo que motivó que llegáramos a Marrakech con media hora de retraso. En tan solo diez minutos atravesamos el Mediterráneo y llegamos al continente africano. Las primeras imágenes del desierto y al fondo la cordillera del Atlas, majestuosa, con las cumbres nevadas, nos anunciaban el inminente aterrizaje. La entrada en un país extranjero no europeo siempre conlleva toda una serie de controles policiales, pero aquí en Marrakech mucho más porque se iba a celebrar un congreso internacional de la Interpol para estudiar, entre otras cosas, el impacto de la Inteligencia Artificial en la seguridad del planeta. Yo debo tener cara de buena porque me sellaron el pasaporte y pasé rápidamente, pero Pepe y Rober fueron examinados concienzudamente. Trabajo costó localizar a nuestro contacto turístico, el simpático Ismail, y cuando lo encontramos nos llevó a nuestro alojamiento en un riad, casa típica marroquí. Allí nos recibió la señora Saida, que significa afortunada y tomamos el té de bienvenida, el primero de los muchos que tomaríamos esos días. Empezaban los problemas con la lengua. Ella solo hablaba árabe, con él lo intentamos en francés, seguimos en inglés y acabamos en italiano porque había trabajado un año en Italia. Llegado el momento del reparto de las habitaciones, reparamos en que no había ascensor y teníamos que subir por unas estrechas y empinadas escaleras donde a cada paso te la jugabas. La primera habitación asignada fue para mí, para eso soy la mayor, aunque no lo parezca. ¡Qué cama! Ni las de las mil y una noches, con un dosel rodeado de tules en granate y blanco. Debe estar hecha para más de dos personas, ¿un trío? Ni sábanas ni almohada, un nórdico y cojines, muchos cojines. Había dos ventanas a la calle y una al patio o riad que da nombre al tipo de casa, con cristales de colores como los farolillos que débilmente iluminaban la habitación. Nada de armarios ¿para qué? Ni sillas, ni sillones, solo dos divanes en rojo carmesí y muchos cojines. La carpintería de puertas y ventanas muy decoradas sobre el mismo rojo carmesí, a través de cuyas rejas podía yo disfrutar de tan estrecha callejuela. Pero lo que más impresionaba era el techo. A semejanza de la Alhambra de Granada, sucesivas cenefas con decoración del alifato en marrón sobre fondo blanco y en el centro la estrella de ocho puntas, dos cuadrados sobrepuestos. Abundantes alfombras… Pero lo del cuarto de baño es otra historia. Había que salir al pasillo y utilizar el de la habitación de Rober. Pusimos horario. Era chiquitillo, chiquitillo, con una ducha en la que casi no se cabía. Ni gel, ni pasta de dientes. Las otras habitaciones tenían armarios, pero no daban a la calle ni tenían el encanto de la mía. Por la noche salimos andando con dirección a la famosa plaza de Jemaa-el-fná, el corazón de la Medina, donde escuchamos al muecín llamar a la oración. La ciudad, que se ofrecía ante nuestros ojos, era del mismo tono de color que el de las arenas del desierto, como rosa tirando a anaranjado. Los edificios más modernos, que utilizaban ladrillos, mantenían el mismo color, que combina muy bien con el verde de los árboles y jardines. Para muchos es conocida como la Ciudad Roja. Una gozada para los pintores. Tras un paseíto nos decidimos a cenar en el restaurante Aqua de magníficas vistas a la inmensa placeta. Yo me decido a saborear un típico plato de tajín de cordero. El nombre le viene de la olla de barro con tapadera en forma de embudo invertido en que se cocina. El postre por el camino de regreso, unos exquisitos dulces de miel y pistachos en un puesto callejero. Se nos había hecho de noche y nos encontramos con calles de nuestro barrio débilmente iluminadas, algunas motos sin luz, sin semáforos ni pasos de cebra. Vamos, que casi podía peligrar la vida, por lo menos la mía, con mi despiste. Como vimos lo laberíntico de las calles Pepe y Rober hicieron fotos en determinados puntos como la cruz verde de una farmacia. 

Capítulo 2.- Con la esperanza de un buen desayuno iniciamos el sábado. Pero más parecía un ligero tentempié, con unos crepes incomibles, dos cuenquecillos de mermelada y dos de mantequilla, cuatro panecillos ácimos, cuatro quesitos, café, leche zumo de naranja y ¡eso sí! Té con hojas de menta. Yo esperaba unos dátiles al menos, pero no, nada de fruta fresca ni frutos secos. Y derechos al zoco, pero los puestos empezaban a abrirse. Los vendedores trasnochan, no madrugan. Nos detuvimos en uno de las primeras tiendecillas que encontramos. La regentaba una chica que vendía aceite de argán, pulseras, pendientes y hacía tatuajes con gena. Era miembro de una cooperativa de mujeres trabajadoras. Decidimos por solidaridad hacer gasto y tanto a Bernarda como a mí nos tatuó una bonita mariposa como las que llevan tatuadas algunos miembros de nuestra familia en la muñeca. Elegimos el color marrón porque la chica nos dijo que duraría más. Nos detuvimos después a contemplar la cúpula de los almorávides, aquellos africanos que nos invadieron hace siglos. A continuación, la Madrassa, centro de estudios del Corán hoy convertido en el museo de Ben Youssef, precioso edificio de decoración árabe que en esos momentos exponía cuadros de una famosa pintora. Nos sentamos en una terraza a descansar para volver al zoco, donde regateando conseguí una mascarilla de madera de un guerrero bereber para mi colección. El vendedor, un simpático ancianito, nos regaló a Bernarda y a mí sendas manos de Fátima para que nos den buena suerte. Comimos temprano, yo couscús, pues pronto vendrían a recogernos para llevarnos al desierto de Agafay. Tiempo de espera hasta que apareciera la furgoneta que nos llevaría por unas carreteras penosas, que poco a poco tratan de mejorar. En el vehículo siete de las diez personas que nos acompañaban eran murcianas. Pasamos numerosas filas de quads preparados para deslizarse por las dunas del desierto, deporte muy de moda, aunque nosotros preferimos el paseo en camello. A mitad del trayecto, y sin prisas, una parada en un poblado bereber donde se fabrican los productos de cosmética de argán. Se empezó la visita con un té de bienvenida, seguido de una demostración de las mujeres triturando los frutos de argán con unas antiquísimas ruedas de piedras de molinos que funcionan a mano, y se terminó en la tienda. Seguimos por las carreteras en obras hasta llegar al desierto. Tiempo de espera hasta que llegara el camellero. Cuando apareció al cabo de un buen rato, solo quedaban cuatro animales de los cuales por lo menos uno era camella, porque estaba amamantando a su cría de dos meses. Y aquí tuvo lugar una de las más famosas hazañas que se recuerdan en el desierto de Agafay, mi paseo sobre el lomo de un camello encabritado. Vamos a ver cómo lo explico. El camellero ató con cuerdas un camello a otro, incluida la hembra, hasta conseguir una recua de cuatro animales. Hizo que se arrodillaran para poder subirnos a ellos. Yo me subí la primera en el último camello de la expedición, pues se suponía que era el más dócil. Una vez sentada en mi montura, los demás empezarían a subir. De repente la hembra, al no ver a su cría, se levantó rugiendo como un león africano e hizo que todos los animales se levantaran también al unísono y empezaran a caminar hacia el desierto sin más pasajero que yo. Como no me enteré de la peligrosa situación en la que me hallaba, ni por un momento me puse nerviosa, y me agarré a mi montura con toda la fuerza de una adolescente de ochenta y tres años. El camellero y sus secuaces no podían detener a las bestias y mis compañeros de viaje ya me veían invadiendo el desierto como Lawrence de Arabia al son de la música de su película:”lalalalalalalalalalalalalalala. Entonces el camellero llamó a sus compañeros: “¡jamalají jamalajá ! “. Esta exclamación traducida al árabe sería algo parecido a “la tía del gorro se nos escapa”. Mientras, Bernarda, Pepe y Rober se asustaron al verme partir sola con los cuatro camellos y el camellito bebé detrás de mí llamando a su madre. Bernarda gritaba ¡mi suegra, mi suegra! Pepe decía ¡mamá, mamá! Y yo sin enterarme de nada, cuidando de que no se me cayera mi sombrerito de exploradora y el pañuelo sobre la boca por si me llegaba alguna tormenta de arena. Si soy sincera, tengo que reconocer que no me enteré de nada. Para mantener el equilibrio, me sujetaba con tanta fuerza al aro de hierro de la montura que las manos me ardían como el fuerte sol del desierto. Fueron los segundos más largos del mundo. Cuando por fin los camilleros consiguieron detener a los animales, volvieron a hacer que se agacharan para que se subieran los demás. Pero Bernarda decía que no se subía a un bicho de esos ni muerta. Al final, entre Rober y Pepe consiguieron convencerla y nos dimos un fantástico paseo los cuatro por las doradas arenas del desierto marroquí, con el bebé camellito siguiéndonos como un corderito. De la hora de paseo que teníamos contratada, Pepe decidió dejarla en diez minutos. Cuando ya nos bajamos, fuera de peligro, nos reíamos a carcajada limpia. Mis hijos tendrían que esperar unos años para heredar. Al atardecer contemplamos una maravillosa puesta de sol sobre una gran duna y compartimos con otros viajeros una cena marroquí en la jaima, amenizada por una banda de bereberes que interpretaban canciones típicas de la zona.  Nos invitaron a Bernarda y a mí a bailar con ellos y eso hicimos, moviéndonos como auténticas odaliscas al son de la música. Por supuesto el público aplaudió nuestra actuación. A la sobremesa, y sentados en círculo con un fuego central, nos ofrecieron un espectáculo de juegos malabares con antorchas encendidas y un joven que echaba fuego por la boca como un dragón. Todo ello en la más profunda oscuridad. El final de fiesta consistió en un breve castillo de fuegos artificiales. A la vuelta, ya cerrada la noche, rendidos por el esfuerzo de la aventura, terminamos el día comiendo chuches en nuestro riad. 

Capítulo 3.- Amanece el domingo con una novedad en el desayuno, Saida ha sustituido los quesitos por una gran tortilla francesa y, como en otras ocasiones, Rober y yo nos sumergimos en la ceremonia del té. Hemos aprendido a escanciarlo subiendo primero la tetera y tirándolo desde lo alto para que se oxigene y bajarla despacio para que haga espuma. Salimos con la intención de visitar lo primero el zoco para realizar algunas compras. Un descanso en una terraza en la que tomamos té y unos pañuelos de hojaldre rellenos de pescado con un plato de olivas picantes que sirvieron de comida. Continuamos directos a la plaza principal porque había llegado el momento tan deseado y motivo del viaje a tierra de bereberes (¿nuestros ancestros ¿) de contemplar a los encantadores de serpientes. ¡Dios mío, Chani, échale valor! Y allí estaba yo, más valiente que nunca, sintiendo por mi cabeza y cuello no una sino varias largas y brillantes cobras. Tengo que confesar que un poco de miedo sí pasé. Cuando Pepe se lo contó a Ismail no se lo podía creer. A los 83 años la abuelita…Y le pidió ver el video. Ni Rober ni Bernarda quisieron pasar por esta arriesgada experiencia. Sin embargo, mi hijo Pepe demostró llevar mi sangre sometiéndose al cosquilleo de tan peligrosos reptiles. Cuando por fin las cobras volvieron a sus cestas, Pepe se quedó con los encantadores de serpientes ajustando el coste de la experiencia. Pasado el estrés llegaron las risas. Descansamos en una terracita de la plaza donde unos acróbatas callejeros nos deleitaron con sus saltos y piruetas, mientras los limpiabotas iban buscando trabajo. Finalmente se pasó la gorra y echamos unos dirhams. ¿Qué más cosas extravagantes nos quedaban por hacer?  Pensé que debía haber alguna comunidad de sefardíes y sugerí una visita al barrio judío. Para llegar cogimos como medio de transporte el típico toktok, un motocarro ajustado con cuatro latas pintadas de colores. Por intrincadas callejuelas (por algunas solo podía pasar una persona) llegamos a la sinagoga. Nos pareció pequeña, pero con mucha historia. La sala de rezos estaba plagada de cuadros con textos escritos en su idioma. A la entrada conseguí leer en inglés el relato de los judíos españoles expulsados por los Reyes Católicos, Isabel y Fernando, en 1492 que se asentaron en esta ciudad. Se llamaban sefardíes por Sefarad, el nombre con que ellos llamaban a España. Los descendientes de aquellos judeoespañoles hoy no sobrepasan los 200. El edificio está pintado en blanco y azul. La sinagoga recibe el nombre de Lazama, que significa “de los deportados”. Realizamos la vuelta a pie para continuar la visita al zoco y comprar souvenires. Ya en la plaza del famoso minarete, la Coutoubia, a cuya mezquita no nos dejaron entrar, por más que Bernarda lo intentó, pues solo se les permite la entrada a los musulmanes, nos sentamos para tomar una merienda-cena. Y terminamos haciendo la vuelta a pie, justo a tiempo de ver, como nos avisó Rober, a una oveja que parecía conducir una moto. La llevaba el conductor delante de su asiento con las patas en el manillar. Una vez en el riad nos preparamos para ver el partido Real Madrid – Elche endulzado con nuevas chuches. Quedó en empate. 

Capítulo 4.- Llegó el último día y solo pudimos aprovechar la mañana. Lo hicimos dirigiéndonos en taxi a visitar los jardines de Les  Majorelles de Ives Saint Lauren, centro de diseños de Haute Cuture que conserva elegantes vestidos del diseñador de moda francés de Christian Dior. Logró ganar el suficiente dinero para hacerse una gran mansión, toda pintada de azul lapislázuli o también llamado de pavo real y rodearla de frondosos jardines. Y ¡qué casualidad ¡ esa mañana yo me había puesto un jersey de ese color, cosa que me comentó un camarero cuando nos sentamos en La table du Palais. Hay que reconocer que tengo intuición. A Bernarda y a mí nos llamó la atención los pantalones babucheros que usan los empleados del museo. Otro taxi nos depositó en el zoco para despedirnos de las compras y me fotografié con un burro que, como Platero, estiraba las orejas cuando le tocaba. Antes de despedirnos todavía nos dio tiempo a entrar en un riad, cafetería-hotel, para refrescarnos en el maravilloso jardín, donde Pepe le enseñó a un camarero cómo funciona la IA tras haberle hecho un video con una escultura de una pantera. En nuestro riad la señora Saida nos despidió con la salutación “janduleklak” (que Alá os proteja) frase que yo le enseñé escrita en mi sortija turca, un amuleto de la buena suerte que me traje de Estambul ¿otra casualidad? En resumen, un deleite para los sentidos, empezando por la vista (ese hermoso atardecer en el desierto con el Atlas al fondo), siguiendo por el tacto (en el zoco no parábamos de tocar las cosas), pasando por el oído (las llamadas a la oración desde los minaretes), recreándonos en el olfato (los olores a especias del zoco) y terminando por el gusto (el sabor del Tajín de cordero y los tés con hojas de menta). 

Epílogo: Me despierto en mi casa de Lorca y creo ver al Segismundo de “La vida es sueño” de D. Pedro Calderón de la Barca decirme al oído: Todo esto ¿ha sido realidad?  ¿no lo habrás soñado? O más bien es que “Toda la vida es sueño y los sueños, sueños son. “

Arrivederchi, Roma

 

    

                                                                                                                                                               12,13, 14  y 15 de Junio de 2025                                                                                                                                              

Hace meses que vengo comentando a mis hijos el deseo de visitar Roma para ganar el jubileo y además poder disfrutar de una exposición temporal que ha conseguido reunir en la Ciudad Eterna a veinticuatro de los setenta y ocho cuadros que mi pintor favorito Caravaggio inmortalizó durante su corta pero impresionante existencia. Pepe, el más osado de mis hijos, sin preguntar a nadie, me dio una sorpresa al decirme que había comprado cuatro entradas para esa exposición y que ya no había solución, ¡teníamos que ir a Roma! La más lista de mis hijas se ofreció a reservar el hotel que mi hijo Pepe y yo habíamos elegido para hacer la faena completa, el Hotel Caravaggio, de tres estrellas que bien podrían haber sido dos satélites o un meteorito, bien es sabido que los hoteles en Roma distan mucho de ser de una calidad excelsa. Por asuntos personales y laborales ni mi hijo Juan ni mis nueras Bernarda y Rocío podían acompañarnos en la fecha en la que nos habían adjudicado las entradas para la exposición, el 14 de junio a las 9 de la noche, así que se lo propusimos al que bien podría ser, del cariño que le profeso, mi cuarto hijo: mi sobrino Roberto. Tardó ocho décimas de segundo en decirnos que se vendría con nosotros tres…

Por fin llegó el ansiado día y salí de Lorca en un flamante Audi con mis hijos Carmen y Pepe, ella, una magnífica guida con su perfecto dominio del inglés y aunque no tanto, del italiano y él, un encargado de la logística y afamado viajero. Tras recoger a mi sobrino a medio camino llegamos al aeropuerto Miguel Hernández de Alicante. En la terminal, aunque me salté las indicaciones del control para pasar por el arco, ni me detuvieron ni me cachearon, cosa que me dejó un poco desilusionada. Me sorprende la última ampliación. Con el miedo en el cuerpo nos elevamos por esos cielos. Llevaba asiento de ventanilla, lo que me permitía contemplar y fotografiar el estrecho de Bonifacio entre Córcega y Cerdeña, deseo pendiente desde la última vez que volé por el Mediterráneo. La llegada a Roma me tranquilizó. Ese sí que es un aeropuerto gigantesco, que lleva el nombre de uno de los grandes genios de la humanidad, Leonardo da Vinci. Un taxi que mi hija Carmen había contratado, como se dice vulgarmente, por la patilla, nos llevó por la autostrada hasta el centro de la ciudad, pudiendo observar durante el trayecto los frondosos pinos, la catedral de S. Pablo Extramuros, los edificios universitarios, la Pirámide de Cayo VI que pidió ser enterrado como un egipcio, la muralla de Aureliano, robusta construcción en ladrillo rojizo, como los más antiguos monumentos de Roma. Pasamos por el Coliseo, el foro y la columna de Trajano, por el Arco de Constantino para finalmente llegar al Hotel Caravaggio, un antiguo edificio decorado con reproducciones de cuadros del famoso pintor italiano que le da nombre. Me llamó la atención el prehistórico ascensor con cerrajería de hierro que nos propusieron utilizar para subir al primer piso pero, después de sentarme en él junto a mi hija Carmen para probarlo, preferí utilizar las escaleras y seguir viviendo unos años más…

Tras dejar nuestros escuetos equipajes, unas mochilas, en la habitación, empezamos el recorrido andando bajo un tórrido sol hacia el Trastevere, solamente interrumpido por una parada para comprar un cucurucho de puro helado italiano. Elegí el de sabor a after eight, menta y chocolate (“Verde que te quiero verde…”, G. Lorca), tan abundante que me chorreó hasta el codo. En adelante, cuando esté degustando un helado, espero experimentar el efecto “magdalena” de Proust (“A la recherche du temps perdú”). Enseguida damos con el Teatro Maximo del que sólo quedan unos arcos de la fachada.  Y allí está el Tiber, ¡oh, río divino ¡, a cuya orilla nos sentamos en un restaurante para saborear la “perichena”, traducida al castellano como el aperitivo, que toman los italianos de siete a nueve de la tarde, frente al territorio de la “Isola Tiberina”, deleitándonos con una encantadora puesta de sol, unas croquetas de patata y unos Splitz…

Dimos un nostálgico paseo por el barrio judío con su bella sinagoga, deteniéndonos en las cadenas que daban acceso al guetto, exponente de la ignominia humana que aún conserva en sus paredes los recuerdos de tan desagradable acontecimiento. Seguimos andando hasta el Campo di Fiori para ver y recordar a Giordano Bruno, un personaje histórico que atraía mucho a mi marido por la perseverancia en sus creencias y su trágico final y terminamos en la Piazza Navona. Como ya había anochecido nos encontramos con esa magnífica Fuente de los Ríos iluminada (Ganges, Nilo, Amazonas y Rio de la Plata), con ese blanco resplandeciente que da el mármol de Carrara esculpido por Bernini, que dejó a Roberto en un éxtasis místico del que, apurado, tardó en salir (“La vita é bella”). Mi hija Carmen aprovechó entonces para contarnos la anécdota de por qué la figura que mira hacia una iglesia que está junto enfrente, diseñada por Borromini, enemigo de profesión de Bernini, levanta el brazo para taparse la cara y no contemplarla. Según dice mi ilustrada hija, al no ganar Bernini el concurso para construirla, el maestro escultor y gran arquitecto se mofó con ese gesto de ella (“que no quiero verla”, G. Lorca). El grupo escultórico de la fuente está coronado por uno de los doce obeliscos egipcios que embellecen Roma. Al recordar que fue un hipódromo donde tenían lugar las carreras de cuadrigas (que no cuádrigas) dejé volar la imaginación y vi a mi amiga Maribel que, cual Flavia rediviva, levantaba el látigo gritándoles a los cuatros caballos de su cuadriga y yo, Cornelia, situada en la “espina” para mover los delfines que contaban las vueltas. Nos sentamos a tomar unos refrescos y aprovechar el mágico momento (“Carpe diem”, como decía Horacio). La placeta estaba a rebosar de gente, con pakistaníes que juegan con bolas azules brillantes que se elevan al cielo para intentar vendérselas a los turistas. Ya llegada la noche, como en los claroscuros del pintor, cogimos un taxi y nos retiramos a descansar (“Tempus fugit”)…

Amaneció el segundo día y observé que lo hacía muy temprano  pues claro, estamos más al este. Nada más abrir los ojos vi dos cuadros, a un lado un bodegón y a otro la caída del caballo de Saulo, posteriormente S. Pablo, del pintor que da nombre al hotel. Tras el desayuno en el hotel nos dirigimos a pie hacia la Fontana de Trevi. Fotos, fotos y más fotos. Unos cafés contemplándola al lado de una tienda de souvenir decidieron el camino a seguir de los cuatro impenitentes viajeros. Nos separamos en dos grupos: Pepe y Roberto se fueron a ver el monumento a Vittorio Emanuele, último rey de Cerdeña y primero de Italia, el Coliseo, creyendo los muy ladinos que se encontrarían allí al protagonista de Gladiator II y el pequeño Moisés de Miguel Ángel que según nos dijeron después, les defraudó mucho; mientras tanto, Carmen y yo nos dirigimos al Museo Etrusco, una de mis asignaturas pendientes de viajes anteriores. Podríamos decir que es el museo de la muerte porque la mayor parte de lo expuesto está sacada de tumbas, cementerios y cistas para guardar las cenizas de los difuntos. Salas y salas de la más bella cerámica griega en rojo con figuras en negro y negras con figuras en rojo, delicadamente decoradas con temas mitológicos y homéricos. El más repetido, Eracles (Hércules). Nos detuvimos en el sepulcro de los esposos sonrientes (la famosa sonrisa etrusca) para fotografiarme con ellos. ¿Por qué sonríen? Pues porque pensaban que tras la muerte iban a un gran banquete. El museo contenía verdaderas curiosidades. A mí me encantó sobre todo la Gorgona Medusa con sus cabellos de culebras y su expresión malvada. Abundaban los objetos metálicos de la edad del hierro como las colecciones de espejos de mano. Antes de salir vimos a una señora tumbada en una camilla tras haber sufrido una lipotimia. Ya fuera del recinto y con cuarenta grados a la sombra intentamos parar algún taxi. Misión imposible. De nada sirvieron los teléfonos apuntados, ni los intentos desde dentro por la empleada del museo. Viendo que no lográbamos nada tuve una idea: pedirle al beato Fray Leopoldo de Alpandeire que nos ayudara. ¡Y el milagro se hizo! Menos mal que estaba Carmen para dar fe de lo que digo. De lo contrario nadie me creería. En pocos minutos nos llegó un taxi que nos dejó fresquitas en la placetilla del Fico. Alli, con un refrigerio de lo más necesario en esos momentos para mantener la tensión en sus números correctos, establecí una discusión lingüística sobre si Fico es higo o higuera en italiano. Alguno lo comprueba en el móvil y todos contentos. Yo defendía la tesis del significado de higuera, bajo cuya sombra estábamos sentados, y ellos la de higo. Ambas eran correctas. También me llamaron la atención durante nuestros paseos por la ciudad las tapaderas de las bocas de alcantarillas con las letras tan lorquinas en nuestra Semana Santa de SPQR (Senatus Populus Que Romanus), los adoquinados de las calles y los almohadillados de los edificios. Estos últimos empezaron siendo elementos defensivos contra los proyectiles enemigos y terminaron siendo decorativos a partir del Renacimiento. 

De allí nos dirigimos a un restaurante que Carmen conocía de sus incursiones anteriores para aprender el idioma, la Cocina del Teatro, donde pudimos saborear la auténtica pasta fresca italiana, fetuccini a la carbonara y al tartufo y lasaña. Siguiendo el itinerario previsto salimos andando hacia el Ara Pacis Augustae, altar de sacrificios ordenado construir por el senado romano para celebrar las victorias de Augusto en la Galia y en Hispania, marcando el periodo de la paz de tan regio emperador. Escuchando los actuales tambores de guerra pensamos que “Si vis pacem, para bellum” (si quieres la paz, prepárate para la guerra). Nunca tanto como ahora deberíamos invocar a la diosa Pax. Nos impresionaron sobremanera los relieves laterales a modo de procesión familiar del emperador y las cabezas de bueyes sacrificados en el altar, así como el nuevo edificio construido recientemente en cristal para albergarlo. Siguió el calor asfixiante (“estos días azules y este sol de la infancia”, A. Machado). Algo totalmente nuevo para mí fue la reciente excavación del senado con los restos de edificios anexos. Allí mismo fuimos testigos de la historia imaginando cómo asesinaron a Julio Cesar (“ Et tu, Brute? “). Y siguió el problema del taxi, maldición repetitiva de Roma, ahora aumentado por ser sábado. Así que volví a invocar a mi fraile capuchino, con el mismo resultado, lo que nos permitió llegar al hotel a descansar un poco y prepararnos para entrar al museo Barberini donde se exponían los cuadros de Caravaggio, verdadero motivo de mi ansiado viaje…   

     Pero por el camino aún me quedaba una sorpresa mayúscula. Cuando menos lo esperábamos, como suele suceder en Roma cuando pateas sus calles, nos encontramos de sopetón, en un cruce de dos calles, la Via de las fuentes y la Via del Quirinale, con las Cuatro Fuentes, como aquellos Cuatro Canti (suena a cuatro cantones) de Palermo. Estas, con esculturas masculinas, los ríos Tíber y Arno, que simbolizan a Roma y a Florencia, y femeninas, Diana y Juno, que simbolizan la lealtad y la fortaleza; aquellos, con las esculturas de reyes de España en los chaflanes de las cuatro esquinas, no en vano estábamos en la “chitá dell’aqua”. Continuamos por una empinadísima cuesta que me recordó que la ciudad está construida sobre siete colinas. Para hacer tiempo tomamos unos refrescos en el bar del museo hasta incorporarnos a la larga cola de entrada. La emoción me embargaba. Por fin iba a ver los cuadros que he estado estudiando durante días. Pensaba explicarle todos ellos a mis acompañantes pero los dos gladiadores que llevábamos de escolta desaparecieron como por arte de birlibirloque entre el gentío y nos quedamos solas mi hija Carmen y yo entre tanta belleza. Entonces pensé en lo que hubiesen disfrutado mis amigos pintores, Carmen Griñán y Rafael Artero. Observé que la cara del pintor estaba presente en muchos de sus cuadros, por ejemplo era la de Holofernes, la de Goliat, la de San Juan Bautista, la del joven Baco con la cabeza cubierta de racimos de uva… Las dos primeras con expresión violentamente trágicas ante el degollamiento, tema obsesivo para este Miguel Ángel Merisi, su auténtico nombre, tras ser perseguido por la justicia acusado de un asesinato, cuyo castigo consistía en cortarle la cabeza al reo de muerte. Para mí es uno de los mejores pintores de todos los tiempos. Auténtico barroco el de un pintor que no dibujaba como era la costumbre de la época, sino que pintaba del natural con personajes de la calle y con los fondos oscuros propios del tenebrismo. Sin embargo, no se le valoró hasta finales del siglo XIX y principios del XX. Nos miró fijamente como si quisiera decirnos algo. ¿Que el arte lo ha hecho inmortal?, parecía decir. Me aturde tanta belleza… Como cantaban Romina y Albano… ¡Oh, qué “felichitá”! “Felichitá…felichitá… la la la la… Felichitá”, felichitá”. Lo único que no comprendí fue la negativa de otras iglesias de Roma y otros museos del mundo a prestar sus cuadros a la exposición. Salimos a la tienda del museo para comprar libros (sólo uno en castellano), camisetas y souvenires. Terminamos el día cenando unas pizzas en un típico restaurante italiano de mesitas con manteles de cuadros rojos y blancos que le recordaban a Roberto los de su casa de la infancia. Intentamos comprar uno, pero el dueño se negó. Una hora después y desaparecido tan antipático caballero, el camarero nos regaló no uno sino dos manteles. Roberto de Alpandeire tuvo mucho que ver en ello. Acabó la jornada y nos fuimos, sobre todo yo, tan felices a dormir...

    Llegó el último día y no había probado todavía un buen café capuchino. Aproveché el desayuno para decirle al camarero del hotel que me hiciera uno italiano, no como los que me tomo en el Expresso de Lorca, que parecen franciscanos en vez de capuchinos. Iniciamos la caminata a pie hacia Santa María de la Victoria para contemplar la Santa Teresa de Bernini. Atravesamos la magnífica Plaza de la República, ahora en obras para instalar el metro. Seguimos por la fuente del bíblico Moisés, con sus cuernecillos tradicionales, que no son tales sino la representación de las ráfagas de luz divina. Su expresión es la de la “terribilitá” que tanto utilizó Miguel Ángel. Le preceden leones gigantes con inscripciones en jeroglífico egipcio. Dentro encontramos una maravillosa iglesia barroca. Santa Teresa nos conmueve con esa expresión de placer místico, como Roberto admirando la Fuente de los Ríos, mientras el ángel sonríe y le clava la flecha dorada como la luz que cae del cielo. A los lados, en unos balconcillos, unos hombres se asoman a ver el tránsito…

Hay que aprovechar las últimas horas para echar una ojeada al Panteón de Agripa, único edificio de la antigüedad romana que se conserva intacto. Seguimos hasta la Piazza di Spagna para que Roberto suba las escaleras. Volvemos por la Via Condotti para hacerme la fotografía en la cafetería Greco. Pasamos por la embajada española cuando más apretaba el calor y cogimos un taxi que nos llevó a Santa María la Mayor, una de las cuatro catedrales de la Ciudad por antonomasia, donde ganamos el jubileo y visitamos la tumba del papa Francisco, fallecido hace unos meses, en el momento de la misa que por supuesto, escuchamos en italiano. El Papa estaba enterrado en un humilde sepulcro cerrado por una losa con su nombre, FRANCISCUS. Como en tantos sitios, había una larguísima fila de entrada, pero ¡oh sorpresa¡, una señora vigilante se me acercó para decirme que entrara por la fila paralela totalmente libre de gente y que mis acompañantes me siguieran. Tuve la sensación de que nos estábamos colando ante los ojos de todo el mundo, pero Carmen me tranquilizó al comunicarme que era el camino para mayores, niños y minusválidos. Alguna vez tenía que aprovecharme de la vejez… jajajá… 

    Agotamos los últimos momentos en acercarnos a la iglesia de San Luis de los Franceses, en la cual se encontraban varios cuadros de Caravaggio, pero no nos permitieron entrar porque se iba a celebrar una misa Pontifical Mayor. Efectivamente, a los pocos segundos, apareció una procesión de diáconos, la mayoría negros, vestidos de blanco, con monaguillos esparciendo incienso a su alrededor. El obispo se hacía destacar por la mitra. Nos quedamos con la fachada en la que lucen S. Luis IX, rey de Francia y Carlomagno. Al lado, una librería de nombre Stendhal, como no podía ser de otra manera: El francés que más disfrutó de la belleza artística de Roma y que ha dado su nombre a todo un síntoma…

Por desgracia, se hacía la hora de recoger el equipaje y prepararnos para el vuelo que nos devolvería a nuestra rutina cotidiana. ¿Todo esto me ha pasado en realidad o ha sido un bello sueño? Gracias Carmen, gracias Pepe, gracias Roberto por haber convertido este sueño en realidad. Nunca pensé que a mi edad pudiera conseguirlo. Lo recordaré siempre “antes de que todos esos momentos se pierdan en el tiempo como lágrimas en la lluvia” (Blade Runner).

                                                                                                                              Adio , ROMA, adio

Epílogo 1: Como filóloga y con esa curiosidad infinita que me caracteriza, he investigado sobre el nombre de tan histórica ciudad y de las muchas teorías me quedo con la reciente de Massimo Pittau (“Studi sulla lingua etrusca”) que no la considera ligada al Tíber, como antes se creía, sino a la palabra etrusca “ruma” (pecho o mama). Así Roma vendría de la forma del terreno sobre el que se asienta, las colinas del Palatino y el Aventino, cuyas curvas recuerdan las formas de un pecho femenino (¿Dónde queda entonces la loba amamantando a Rómulo y Remo?)                                                                          Epílogo 2: Los grandes monumentos no aparecen porque ya los visité en dos viajes anteriores.   Chani “locuta, causa finita”.

VIAJE A ARCHENA 2025

 

Tal y como me ocurrió el año pasado, mi cuñada Conchita, mi hermano Felipe y yo hemos ido unos días al Balneario de Archena, como bien dice una conocida frase, “para tomar las aguas”, pero con la diferencia de que ahora la enfermedad degenerativa de Felipe, por desgracia, ha avanzado un poco más.

Yo llegué desde Águilas buscando la ataraxia como los estoicos y ellos desde Murcia no sé si con el mismo objetivo, tal vez lo mejor sea preguntarle a mi hijo Juan qué diantres significa la palabreja pues seguro está explicada tal filosofía en la amplia biblioteca clásica que dispone y dice haber leído. Nos instalamos en el Hotel Las Termas, de cuatro fulgurantes estrellas y lo menos seis o siete meteoritos, tal era su calidad. Las amplias habitaciones daban al rio Segura que, serpenteando por un estrecho lecho rodeado de un arbolado salvaje, eucaliptos, palmeras, chopos, pinos y cañaverales que se amontonaban sin orden ni concierto, se alzaba ubérrimo y majestuoso con su escaso caudal. Algunos de estos árboles han alcanzado tal altura que no dejan ver los santos del cielo, solo quizá de vez en cuando se puede ver algún beato millenial de nuevo cuño. Otros han sufrido con tanta fuerza los azotes de los vientos alisios que yacen con los troncos partidos, quedando tan inclinados que parecen si no cojos, mancos como el insigne Cervantes. Forman una espesura tan verde que es un deleite para los ojos de quien sabe apreciar tanta belleza.

Llegamos al Balneario a la hora de comer. Los platos, en términos generales, fueron buenos pero, si he de ser sincera, sin grandes excesos aunque la mucha amabilidad por parte del personal del comedor suplía cualquier debate acerca de la cantidad de las viandas.

Tras una corta siesta en la que, creo recordar, soñé con los epicúreos y no con los estoicos, nos dirigimos a las piscinas, nos pusimos los bañadores de temporada y nos envolvimos en níveos albornoces de suave pelaje. Todos los clientes, cual palomitas  blancas, nos dirigimos al espacio de las piscinas donde empezó nuestra aventura si se le puede llamar así pues la primera contrariedad fue que las tarjetas para acceder a estos espacios no nos funcionaban. ¡Maldita tecnología! Se trata del mismo mecanismo que se utiliza para coger el metro y digo yo, que en hora punta se lo deben de pasar los viajantes por el forro. Para resolver nuestro problema salieron las controladoras a ayudarnos y pudimos disfrutar de tan benignas aguas. Pero la cosa no acabó ahí. La segunda contrariedad fue que en un despiste mío y de mi cuñada se nos perdió Felipe. No lo veíamos por ningún lado. ¡Qué susto! Corrimos por todos los espacios de las piscinas y no lo encontrábamos. Recurrimos a unos chicos de seguridad fuertotes y bien parecidos y al fin apareció, un poco desorientado. A partir de ese momento no lo soltamos de la mano ni para hacer un pis y comprendimos que no debíamos ir por la tarde porque se acumulaba demasiada gente. Ruido, chorros de agua por doquier, niños jugando, calor del vapor de agua y personas mayores de exagerados volúmenes por no decir que eran unos mastodontes que queda muy feo en este prosaico relato. Tras una sabrosa cena nos retiramos a descansar.

Amaneció el segundo día con buenos ánimos por nuestra parte. Quedamos sorprendidos del amplio buffet libre que saboreamos cual críticos gastronómicos en la terraza del hotel que da al rio. Iniciamos el recorrido Balnea Sensum cuyo nombre es un recuerdo de las primitivas termas que los romanos construyeron en este lugar donde nacen aguas medicinales. Aquí el latín está muy presente en los nombres de los tratamientos. Mi hijo Juan, que lo lee y habla con fluidez, se sentiría como en casa. Para mí fue un disfrute impensable. Recibimos información de una señorita que nos aconsejaba como movernos por estos espacios tan abruptos. Y nosotros como niños de párvulos íbamos abriendo todas las puertas de las saunas que posteriormente rápidamente cerrábamos por el muchísimo calor que desprendían: la sauna seca, la sauna húmeda, el baño turco, la sauna de sal, la sauna de azufre que olía al mismísimo infierno. De ahí fuimos a la piscina de los aromas flotantes o aromaterapia, un auténtico placer para los sentidos.

Tan romántica escena se merecía unas fotos o mejor un video. Al lado, como una caja de cristal llena de agua, la bañera contracorriente, que como su nombre indica, no había dios que avanzara nadando, mientras los demás te veían tras los cristales como voyeurs salidos de Eyes whit Shut. Seguidamente nos dirigimos a las piscinas del Caldarium (caliente) y el Frigidarium (frio), una lo era tanto que te escaldabas y en la otra hacia un frio que pelaba poniéndote los pelos como escarpias. A continuación, fuimos a la piscina que yo bautice con el nombre de Mar Muerto porque tenía tal cantidad de sal que flotábamos y, aunque queríamos hundirnos, no podíamos, parecíamos Jesucristo andando por la superficie del agua… ¡Milagro! De allí al iglú donde tuvimos el tiempo justo para hacernos un corto video porque hacia un frioooo…

Con todo ese ajetreo yo decidí salir al jardín exterior a secarme el pelo mientras Felipe y Conchita se introducían en una piscina de temperatura ambiente. De allí a unos chorros para masajear la espalda seguidos de unos pediluvios (circuito para pies). Cansada de tanta agua, me acomodé en una tumbona para recibir los rayos infrarrojos, que no sé para qué diablos sirven, tendré que preguntarle a mi hija Carmen que es una experta en climas tropicales, sobre todo los asiáticos. l dos, mientras tanto, se acomodaron en unos bancos de piedra caliente a reposar. Pero a nosotros lo que más nos había gustado de todo eran unos limones que nos tirábamos los unos a los otros como si fueran pelotas de tenis lanzadas por el bueno de Alcaraz.

Para la sed había unos dispensadores cónicos con agua y limonada. Terminado este circuito de dos horas nos metimos en unas piscinas enormes dentro de las cuales sobresalían varios jacuzzis (relax de burbujas). Muy divertido era el rio interior de corriente que nos arrastraba.

Tras la comida y la siesta dimos un paseo por la ribera del rio Segura, después una misa que desgraciadamente no fue en latín y una partida de cartas con aperitivo en el casino emulando uno de los cuadros de mi querido Merisi. De las cuatro manos de brisca yo gane tres. Después de cenar nos fuimos a dormir “atacaitos” de tanto bullir, como dicen en mi tierra almeriense.

El siguiente día, y no porque lo necesitáramos, lo dedicamos a la belleza. Yo tenía un tratamiento exfoliante con colágeno y ellos masajes Archena Lodos. Con mi esteticista entablé una interesante conversación. Me dijo que era de Paraguay a lo que le repliqué: capital, Asunción. Tal prodigio de mi memoria hizo que sintiera, si no sorpresa, admiración. Le recordé la labor de los jesuitas con la lengua guaraní gracias a lo cual hoy es muy hablada, al contrario que otras lenguas precolombinas. Le recordé también la bella película La Misión con la maravillosa música de  Morricone. Me estuvo contando su vida de pe a pa. Y yo, como no podía olvidar que fui profesora porque es algo que llevo tan dentro, a veces no me doy cuenta que caigo en el ridículo. Terminamos como muy buenas amigas, aunque sin quedar para tomar copas. Transcurrido el necesario tiempo de oscuridad y reposo, como un muerto con la sabana por la cara, me uní a mis hermanos y para ir a las grandes piscinas. ¿Y a mí qué se me ocurrió? Pues practicar ejercicios de Aquagym en un jacuzzi. Se unieron a nosotros una pareja de Fuente Álamo, una rusa y un cartagenero. Uno, dos, rodillas arriba… Uno, dos, bicicleta… Uno dos, tijera... Fue todo muy divertido y práctico. Fue tal el espíritu de camaradería que impusimos entre los gimnastas que hasta el cartagenero creía que pertenecíamos a un grupo de amigos, jajaja…

Para variar nos fuimos de tiendas para comprar suvenires.

Por la tarde, paseo, misa y casino con aperitivo (con el correspondiente triduo que no es otra cosa que patatas chips, olivas y almendras). En esta ocasión jugamos al dominó. De seis juegos yo gané cinco y recordé el dicho: afortunado en el juego, desafortunado en amores. Pues no es mi caso…

Y llego el ultimo día que dedicamos a hacernos fotos en las piscinas, de las cuales la más bonita fue aquella en la que imitamos a los angelitos de la Madonna Sixtina, de Rafael, que yo vi en Dresde. Allí echamos una larga conversación con Olga Dimitrova, una espía rusa, o eso decía ella o eso creí entender yo con el agua en los oídos, que nos presentó a su marido, teniente coronel de la guardia civil de Águilas, pero ya jubilado y ahora ejerciendo de abogado en Librilla. ¡Vaya mezcolanza, vive dios!

Y al fin tocaba preparar el equipaje para dejar la habitación y entregar las tarjetas. En el mostrador del hall compré un décimo de lotería que dio pie a que un señor que se encontraba a mi lado me dijera que iba a tocar el terminado en ocho. Yo llevaba uno que terminaba en nueve. Al comentarle al señor tal infausta circunstancia, me respondió muy varonil que a mí ya me había tocado la lotería, lo cual me dio pie a establecer un diálogo la mar de original:

n  —No entiendo qué quiere usted decir, caballero…

n  —Que usted tiene más años de los que aparenta y que goza de muy buena salud. Desprende una energía que ilumina la estancia…

¿Es usted psiquiatra? –dije yo sorprendida.

n  —No, soy mentalista y además sé que en estas termas estuvo el gran Julio Cesar tomando las aguas –me contestó impertérrito.

n  —Pues mire usted, yo he visto hace poco en Roma junto a mi hijo Pepe el de la mejora los descubrimientos arqueológicos del lugar en que mataron a Julio Cesar.

n  —Pues en España hay que ver muchos sitios interesantes antes de salir al extranjero –me dijo el muy ladino con toda la aviesa intención que emanaba de su perfume con olor a pachuli.

Como me esperaba Conchita con el coche en marcha, tuve que cortar la conversación con el donjuán. Comimos en Murcia en su casa y después mi hijo Juan el cultureta me recogió para llevarme a Águilas.

 

martes, 24 de septiembre de 2024

                                           Un abrazo de años


              No se habían visto en unas décadas. El tiempo, ese implacable pintor, había suavizado las facciones de ambas, pero sus ojos, esos espejos del alma, seguían brillando con la misma intensidad de siempre. Clara ahora lucía un par de gafas que le daban un aire muy intelectual. Elena, por su parte, presentaba un estilo más bohemio, con vestidos largos y blusas de colores. A pesar de los años y los cambios, al verse sintieron como si el tiempo se hubiera detenido. Se abrazaron con fuerza a la vez que que las risas y las lágrimas se mezclaban en un cóctel de emociones. Recordaron los días de la adolescencia, las confidencias compartidas y los sueños que tejieron juntas.                                                        Clara se había convertido en una gran escritora y le contó a su amiga su nueva vida junto al hombre de sus pensamientos. Elena por su parte, le habló de su pasión por la enseñanza  y la familia que había formado con un buen chico de su pueblo. Al despedirse, se prometieron no dejar pasar tantos años sin verse. Reconocían que la vida las había llevado por caminos diferentes, pero su amistad sería un faro que las guiaría siempre. Las dos mujeres envejecieron juntas en la distancia. Y, aunque el tiempo pasaba, su cariño seguía siendo fuerte como el primer día en que se conocieron. Ambas se incorporaron a las nuevas tecnologías, ordenadores, correos electrónicos, tabletas, móviles, wasaps...para no caer en la apatía de aquellas otras amigas que se consideraban viejas para utilizar tales artilugios. Así ellas mantenían por lo menos la mente joven.                                                                                   Me gustaría terminar con una frase que he leído hace unos días: " Si la amistad es un tesoro, gracias por ser parte de mi fortuna".

viernes, 30 de agosto de 2024

De baños por el Balneario de Archena (Murcia)

 De baños por el Balneario de Archena (Murcia)

        El complejo de aguas termales de origen romano  (termas es palabra latina procedente del griego “thermos” que significa caliente), construido en tiempos de Augusto en el 25 a. de C. Está situado en el Valle de Ricote, también llamado Valle Morisco, por donde discurre el Río Segura, entre bosques de árboles como álamos y eucaliptos centenarios, palmeras y chopos que pueden alcanzar hasta los 30 metros de altura. Abundan también los cañaverales, baladres y pinos. Como si se tratara del cráter de un volcán, está rodeado de altos picos de montañas, algunos en forma de crestas que dan una gran belleza al paisaje.
    Habíamos salido de Águilas mi hijo Juan y yo por la mañana con dirección Marchena, cuando a la altura de la pedanía lorquina de La Hoya nos encontramos con una larga cola de vehículos parados a causa de un accidente. Lo que nos retrasó el viaje más de media hora.
    Una vez en el balneario la primera impresión fue algo extraña al contemplar los desfiles de personas en albornoz blanco que iban y venían de las piscinas. Daba la impresión de un centro médico, un sanatorio de enfermos mentales, pero cuando me incorporé con mi albornoz blanco, ya cambié de opinión. En cambio la impresión sobre el Hotel Termas  (4 estrellas) fue estupenda. Ha sido remodelado y modernizado del anterior del siglo XIX. Por la tarde recorrimos mi hermano, mi cuñada y yo todo el edificio haciendo fotografías a la parte de decoración mudéjar, donde nos sorprendió la gran cúpula y la fuente de los leones, además de las ruinas de las termas romanas. En el exterior  nos acercamos a la bonita capilla  de estilo neorrománico y neogótico  para oír misa que nos ofreció un joven sacerdote muy simpático, con el que tuvimos ocasión de charlar al día siguiente. Me sorprendió una idea que expuso en la homilía, “que las parejas que discuten mucho es porque se aman”. Si me lo dicen hace años, no lo hubiese creído.
   El segundo día  lo iniciamos saliendo a andar un rato antes del desayuno bufet libre muy abundante y con el bañador y el albornoz blanco nos dirigimos a las piscinas termales en el circuito “balnea” (abundan los letreros en latín) que incluía nuestro paquete, en un recorrido de dos horas. Empezamos por una piscinita en agua roja, de agua bastante caliente que yo definí como el “caldarium”, y al lado otra muy fría, de color azul que llamé el “frigidarium”, de la que salí pitando. Al lado una caja de cristal de agua amarilla en la que había que nadar a contracorriente. Ni me metí, pero sí en la de aromaterapia, de color morado y muchos limones flotando. La siguiente era para relax flotando en agua verde, que yo denominé “el mar muerto”. Paso siguiente, descansar en unas tumbonas bajo unos focos de infrarrojos. A continuación visita al iglú el tiempo justo para hacerme una fotografía porque aquello no se podía aguantar. De allí a unas camas de piedras calientes, y salida a la gran piscina interior en la que mi hermano se puso las chanclas de otra persona. Mi cuñada se dio cuenta y pudimos dar con las suyas milagrosamente entre cientos de ellas. Volvimos al hotel para vestirnos para la comida pero como faltaba un rato nos quedamos en el casino a tomar un aperitivo. Tras la siesta nos fuimos a dar un paseo y charlamos con el sacerdote muy amigablemente. Tras la cena nos sentamos en el salón de la biblioteca a jugar a las cartas.
       El tercer día lo dedicamos a los tratamientos. Ellos de fisioterapia y barros y yo de belleza facial. No sé el efecto que les haría a ellos, pero yo salí con las mismas arruguicas después de una hora de  quita y pon cremas. Terminamos la mañana en las grandes piscinas, abarrotadas de gente pese a ser temporada baja. Nos reímos dejándonos llevar por una fuerte corriente que denominaban “río de agua” y probamos jacuzzis y chorros a presión.
Menos mal que fuera reinaba la paz y la tranquilidad de las zonas ajardinadas, y en las habitaciones el aire acondicionado. Mientras se hacía la hora de comer nos sentamos en el casino a jugar al dominó. A media tarde nos acercamos a misa. El sacerdote ya no era el mismo, sino uno que venía de la Galicia profunda, con sotana, misa medio en latín y daba la comunión bajo las dos especies, pan y vino. Su hermana iba con un bonito velo de encaje blanco y un hábito de S. Francisco. Se hospedaban en nuestro hotel. Paseamos un rato siguiendo el curso de río, y después de cenar, aunque nos habíamos propuesto salir de copas nocturnas, nos acostamos.
    El cuarto día mi hermano y mi cuñada tenían hora de tratamiento fisioterapeútico después del desayuno y yo me quedé leyendo hasta su vuelta para disfrutar de las aguas termales de las piscinas interior y exterior porque nos marcharíamos después de comer.           

jueves, 15 de agosto de 2024

                Al otro lado de la niebla    (Juan Luis Arsuaga 2005)

      Este verano he leído esta novela por recomendación de mi amiga Ana, siguiendo mi admiración por la novela histórica, aunque  en este caso sería  la novela prehistórica, puesto que se relata la vida de los hombres y mujeres de la edad de las cavernas y de los humanos cazadores, obligados a desplazarse de unos lugares a otros en busca de mejores medios de subsistencia.                                                                   Juan Luis Arsuaga, paleontólogo entre otras muchas cosas, nos acerca a un mundo salvaje y cruel, lleno de peligros para los humanos  pero también lleno de aventuras. Varias cosas me han llamado la atención. En primer lugar el título, cuyo significado se nos revela bien avanzada la lectura. Atravesar la niebla significa irse al otro mundo, morir. En segundo lugar la importancia de contar historias de los sabios ancianos de la tribu, que encierran todo el conocimiento que, de forma oral, tienen que trasmitir a los jóvenes. En tercer lugar la importancia del nombre de la persona con palabras relacionadas con la naturaleza, los animales, las plantas y los fenómenos naturales como : Lobo sabio, Águila gigante, Piojo, Murciélago, Diez Águilas, Cachorro, Oso que bosteza, León en invierno, Espiga en verano, Cielo encendido, Viento del Norte, Arco Iris...que podríamos resumir en la frase de uno de ellos, "el nombre es nuestra posesión  más preciada". Al protagonista, que salió de su tribu siendo muy niño, nadie le había dicho su nombre. Sólo logra al final del relato que le pongan "Suelas de viento".                             El último capítulo lleva por título "Soñadores" por la importancia que se le da a que cada ser humano busque realizar sus sueños. El protagonista gran pintor, primero de tatuajes, llega a convertirse en pintor de cuevas. Así termina el relato: "...el mundo de las figuras  a las que él invocaba desesperadamente, también parecía estar como el de los sueños, el de los espíritus, y el de los muertos, AL OTRO LADO DE LA NIEBLA.                                                 

viernes, 31 de mayo de 2024

El retrato de casada (Maggie O`Farrell)

               Se narra la vida de una adolescente florentina, tercera hija del gran duque Cosimo de Medici, es obligada a casarse con el príncipe de Ferrara tras la muerte de su hermana mayor prometida de tan noble personaje. La autora presenta a una niña que se rebela contra su destino, darle un heredero a su esposo, cosa que no pudo conseguir y que le costó la vida. Tras tres matrimonios sucesivos tampoco hubo herederos. ¿Sería él el estéril? Pero el tema es solamente la escusa para desarrollar un lenguaje literario de una gran sensibilidad basado en la comparación o símil. Valgan estos ejemplos en el día de la boda:

    " La única persona que no se mueve es Lucrezia. Se encuentra en el centro de toda esta actividad como un junco atrapado en la corriente de un arroyo".

    "las azucenas van a terminar en sus manos, y las llevará por delante del cuerpo, como si fueran un escudo o una lanza hasta llegar al altar"

     "El vestido de la novia se abre entre las diestras manos de las doncellas, se desarrolla como un mapa y , plano e incomprensible, flota un momento", "el vestido se desliza alrededor de ella susurrando un galimatías; el roce de la seda contra las enaguas de tela más recia; el estremecimiento de las ballenas de madera del corpiño contra su envoltura; la presión y la fricción de los puños contra la piel de las muñecas; el cosquilleo y el pellizco del rígido cuello contra la nuca; el crujido de la armazón contra las caderas, que parece la jarcia de un barco. Es una sinfonía, una orquesta de telas".   

      Lucrecia nunca se había cortado el pelo  desde que nació, "le cae desde la cabeza al suelo como si de un sudario se tratara "

     "Se traga las palabras  como una medicina amarga". Cuando está sola " pronuncia la palabra DUCHESSA haciendo un amasijo  de sonidos con ella".

   Son deliciosas las descripciones de la Florencia renacentista. Y como en otros libros utiliza la técnica del contrapunto.

   Tras el asesinato de la joven por obra del marido, vuelve a su tierra florentina. Y así termina la novela :

" Mira, esta es Lucrezia, una pequeña figura  en un rincón de un paisaje con un río, un bosque, un edificio imponente. Va andando a campo abierto en una oscura noche de invierno, y corre, corre con todas sus fuerzas hacia el compasivo manto de los árboles".

viernes, 24 de mayo de 2024

                                                    Sobre el amor

        Una de las definiciones más originales que he leído es  que "el amor es literatura, porque es un relato". Hay una conexión entre el amor y la palabra. Y se añade que hasta por negación, como cuando decimos que el lenguaje no llega a nombrar lo que sentimos. ¿No es el amor siempre una historia? "Ama y haz lo que quieras" decía S. Agustín. ¿Esto significa que  en nombre del amor todo está justificado? o que lo único que importa es el amor, y por lo tanto, si amas el resto de las cosas carecen de importancia.         Cuenta el profesor García Gual a propósito de el Banquete de Platón que en el argumento que precede al diálogo, Aristófanes "para dar pruebas completamente nuevas de la universalidad del amor, imagina una mitología sumamente extraña a primera vista que posteriormente conoceremos como el amor platónico, un impulso divino que lleva a buscar la verdad y el conocimiento". Es Pausanias el que comenta que " el otro amor se dirige a la inteligencia, y por eso mismo al sexo que participa de más inteligencia, al sexo masculino", para añadir que un médico vale por varios hombres. Pero curiosamente es una mujer, no filósofa, la que le describe a Sócrates (él lo cuenta) las verdades del amor. 

   De todos los iconos con los que se representa el amor, el más extendido es el corazón, órgano que en la antigüedad ( entre ellos Aristóteles) se consideraba que era el centro de todas las pasiones. Posterior- mente la ciencia nos ha dicho que los sentimientos están en el cerebro, concretamente en el hjpocampo. Pero  teniendo en cuenta que el icono del corazón significando amor está extendido por todo el mundo civilizado ¿ quién cambiaría la frase te quiero con todo mi corazón , por te quiero con todo mi hipocampo?   jajaja  

    Dejamos para otra ocasión los diferentes tipos de amor.

lunes, 22 de abril de 2024

Meditando

                                                

    He salido esta mañana a la compra y he observado a dos hombres que han despertado mi curiosidad. Uno era un joven extranjero que, sentado en una acera, estaba cantando acompañado de un platillo para recoger limosnas. El otro era un anciano que apenas podía andar, con un bastón en una mano y un carrito de la compra en la otra. Todo ello ha hecho que me quedara meditando sobre la pobreza y la vejez... 

    Me ha venido entonces a la memoria un cuento oriental, que estudié en clase de Literatura, en el que un joven príncipe, rodeado de riquezas y lleno de felicidad, decidió salir fuera de ese mundo. Al hacerlo, la casualidad quiso que se encontrara con un enfermo, con un viejo y con un muerto. Tal fue el impacto que le produjo el descubrir la enfermedad, la vejez y la muerte que se retiró a meditar y a enseñar sus conocimientos sobre la vida y el sufrimiento humano a cuantos se acercaran a él. Se trata de la leyenda de Buda. Para ampliar este tema he recurrido a la Historia de la Literatura Española de D. Ángel Valbuena, mi  profesor de Literatura de la Universidad, porque a mi me sonaba a un cuento del Conde Lucanor del Infante D. Juan Manuel (s. XIV). Lo he encontrado en "El libro de los Estados" de dicho autor, donde se plantea el tema del conflicto de creencias. En este libro se cuenta la leyenda del rey pagano Morován, a cuyo hijo Johás, su educador Turín no sabe aclarar los grandes problemas de la vida y la muerte, sólo resueltos mediante la intervención del ayo cristiano Julio. Este adapta la forma de la leyenda de Buda, que se cristianizó en la Edad Media, aunque a veces se trataba de los encuentros con  un ciego, un leproso y un viejo. En el relato de D. Juan Manuel el encuentro es exclusivamente con un muerto.                                                                                                                                             Aprovecho el recuerdo de tan insigne profesor para comentar una anécdota que nunca he contado a nadie. Al finalizar la presentación de mi tesis de licenciatura sobre el poeta lorquino Eliodoro Puche se acercó a mí y en voz baja, para que no lo oyeran los dos profesores que lo acompañaban en el tribunal, D. Mariano Baquero y D. Juan Barceló, me dijo: "señorita, se parece usted a una ondina". Yo tenía 22 años y el pelo largo. Las ondinas en la mitología griega eran las hadas de los mares, ríos, lagos y fuentes.      

   

miércoles, 27 de marzo de 2024

        Siempre he sentido curiosidad por el conocimiento de las cosas, y a estas alturas de mi vida me interesa lo que nunca estudié, por ejemplo la astronomía. Hace unos días pude ver en televisión un documental sobre las galaxias y empecé a investigar  

                              EL UNIVERSO            (El Big Freeze)

       Si el Big Bang fue el principio del universo, el Big Crunch sería el gran colapso, si el universo fuese finito, pero si es infinito hablaríamos del Big Freeze o gran congelación.  Los miles de millones de galaxias se irán alejando a una velocidad cada vez más grande hasta perderlas literalmente de vista. Las galaxias que hoy somos capaces de ver con nuestros potentes telescopios, dejaremos de verlas. Recordemos que cuando un objeto se aleja de nosotros, la longitud de onda de la luz que emite se hará más alargada, así la luz visible efectuará un corrimiento al rojo, que es el color que tiene mayor longitud de onda. La intensidad de la luz visible disminuirá, y si la longitud de onda se hace más grande ya no formará parte de la luz visible y, por tanto, no la veremos, aunque sí podríamos detectarla, si es que nos llega y estamos aquí para comprobarlo, pero todo parece indicar que no será así. A pesar de ello, los cálculos muestran que nuestra galaxia, la Vía Láctea, continuará ligada al grupo local, el reducido grupo de unas pocas decenas de galaxias unidas por su atracción gravitatoria. Y lo mismo pasará con otros cúmulos de galaxias. Así pues, si alguien lograra sobrevivir al tiempo en que se supone que sucederá esto, pensará que el universo se compone tan solo de unas pocas galaxias, las de su cúmulo, dentro de un espacio vacío. Para ellos no existirá la radiación de fondo ni la expansión del universo, pues no serán capaces de comprobarlo por mucha precisión que tengan sus instrumentos. Y si todo lo que hemos aprendido hasta ahora se hubiera perdido, no tendrían ni idea de lo que habría pasado.

     Después de esto, todavía habrá estrellas que estarán luciendo, pero poco a poco irán gastando su combustible nuclear hasta apagarse. Al  final, dentro de aproximadamente  un billón de años ya no habrá combustible para formar ninguna estrella en ningún lugar del universo. El sol se habrá apagado mucho antes. Se estima que en unos 5000 millones de años comenzará una fase de expansión convirtiéndose en una estrella gigante roja. Aunque no llegase a tragarse nuestro planeta, despediría tanto calor que acabaría con todo lo que haya, si es que para entonces hay algo. Al cabo de varios millones de años e convertirá en una estrella negra, apagada y fría. Los planetas que giren a su alrededor se enfriarán y serán oscuros y helados. Curiosamente, una estrella con masa mucho mayor que la del sol, consumirá su combustible más rápidamente, y estrellas con menos masa durarán más. Las enanas rojas son las más numerosas, un 75%. Pero al final llegará un día  en que  sólo habrá enanas blancas, enanas marrones, estrellas de neutrones, y agujeros negros…y en 100 billones de años el universo se habrá apagado. Los planetas estarán congelados y serán inhabitables. Será el BIG Freeze, la gran congelación. Pero el universo acaba de nacer, pues sólo tiene apenas un 0,01 del tiempo que suponemos que vivirá. Y después, si es que hay algún después, quizás haya otro Big Bang.                                                        

                                     Las  Estrellas

           Hubo una primera estrella en el universo, de color azul.13, 000  millones de años desde el BIGBANG. Luego fueron apareciendo de otros colores hasta hoy. Contienen hidrógeno y helio. Son nuestros ancestros estelares. Somos hijos de las estrellas y vivimos en la era de las estrellas, una era de luz. La luz del sol tarda ocho minutos en llegar a la tierra. La fotosíntesis es un uso directo de la energía solar y nosotros nos alimentamos de energía solar. Luego el sol es un creador. La vida no se puede dar en planetas muy alejados del sol, ni en los muy próximos, sólo en el término medio, en la Tierra. Pero las estrellas no son eternas. Se irán apagando. Las últimas serán las enanas rojas, las más longevas, más que el sol, aunque brillen menos. 

      El científico Harlow Shaplei ya dijo en el primer cuarto del siglo XX que “los seres humanos  estamos hechos de la misma materia que las estrellas”. Se componen de carbono, oxígeno, nitrógeno, azufre, fósforo e hidrógeno, elementos que constituyen  el 97 por ciento del cuerpo humano. Años después  el astrofísico Carl Sagan utilizó la frase poética y científica “somos polvo de estrellas”.

   He recogido algunos datos interesantes que tenía olvidados, como que cada estrella tiene más de un planeta, luego hay más planetas que estrellas. También, que la luz es una herramienta muy poderosa  para conocer el universo (tarda 300,000 km. por segundo en llegar a la Tierra). Pero recientemente los científicos han avanzado mucho en el conocimiento del cosmos a través de los telescopios espaciales como el Hubble americano para ver más lejos y poder investigar más atrás en el tiempo. Ha tomado fabulosas imágenes del universo. La galaxia más próxima a la nuestra es Andrómeda. Gracias a este telescopio sabemos que el universo se expande cada vez más deprisa. En 2008 el telescopio espacial europeo Plack se lanzó para captar la luz del Bigbang. Recordemos que antes de ese estallido no había materia, sólo un océano de energía  con fluctuaciones, el origen de todo, y que esa energía se empezó a expandir como una bola de fuego, transformándose la energía en materia, dando lugar a las primeras estrellas y galaxias, hace 9,000 millones de años. Así se ha podido conocer el principio del universo. Una de las teorías más recientes es la expuesta por un profesor de física de la Universidad de Ottawa (CANADÁ) que afirma que los cálculos sobre el origen del universo son erróneos, que se remontan a 27,000 millones de años, no a 13,800 como se viene creyendo. Al mismo tiempo niega la existencia de materia oscura. Y añade que la expansión se debe al debilitamiento de las fuerzas de la naturaleza y no a la energía oscura.                                                                          

            Me ha llamado la atención la nomenclatura de los astros. Compruebo con satisfacción la abundancia de nombres griegos, aunque en los planetas de nuestro sistema solar los nombres de los dioses griegos aparecen en versión latina. En esa misma lengua están muchos nombres nuevos. También los hay de origen árabe y de alguna otra lengua. De las 88 constelaciones yo destacaría los nombres de Andrómeda, Águila, Cassiopea, Leo, Libra, Serpens, Taurus, Virgo. En 2006 la UAI (Unión Astronómica Internacional) creó el grupo de trabajo para los nombres de las estrellas. Recientemente se han incorporado nombres de animales, deportistas, músicos, cantantes, escritores, ciudades, objetos y hasta personajes de ficción. Para mí los más queridos son Cervantes, D. Quijote y Dulcinea.                      

domingo, 25 de febrero de 2024

Mis padres

                                                                                                                  A mi hermano Felipe...                                     

    Siempre he pensado que el dicho "...a los amigos los elegimos pero los padres nos vienen dados..." es rigurosamente cierto. Por tanto, tal aserto depende mucho de la suerte, la Providencia o lo que creamos con respecto a los padres que nos han tocado. Gracias a ellos, a los estudios superiores y al trabajo que me ha permitido ser independiente (además de otras muchas cosas, como mi marido, mis hijos, mis nietos, mis nueras y hasta mi yerno, aunque ya no lo sea), siempre me he considerado un ser humano privilegiado. Podría seguir añadiendo privilegios no menos importantes: mujer, europea, octogenaria...
    En estas cortas líneas quiero empezar por hablar de mi madre, a la que siempre vi a la sombra de mi padre, dentro de una familia pequeño-burguesa, en la cual sólo tenía que hacer lo que se esperaba de ella: ser buena esposa, buena madre, buena ama de casa, pero poco habladora y poco cariñosa... Me hubiera gustado conocerla en los primeros años de su matrimonio, tal y como la veo en la fotografía de su boda, joven, guapa, graciosa, divertida, piadosa, creativa, sencilla y bondadosa. Seguramente estaba feliz de haber encontrado un hombre bueno, de su mismo pueblo, como marido. Tamaña fortuna no la tuvieron sus hermanas menores, a las que les cogió la bancarrota familiar en plena juventud, perdiendo, por la mala administración de su padre, mi abuelo, casi todos los bienes, viéndose obligadas a hacer lo único que sabían, coser y bordar para sobrevivir tanto ellas como sus padres. Mi abuela decía que todo lo daba por bueno porque, a raíz de aquella desgracia, mi abuelo había vuelto al seno de la Iglesia a salvar su alma. 
    Pero la rueda de la fortuna da muchas vueltas y al cabo de unos pocos años a mi madre le ocurrió la mayor desgracia que le puede pasar a una mujer, perder a su primera hija de cuatro años a causa del sarampión en plena Guerra Civil española, donde todo escaseaba, incluyendo los medicamentos.  Desde entonces cambió su carácter para siempre. Después vinieron cinco hijos de los que sobrevivimos cuatro. He de decir que por ser de pequeñita muy curiosa (a día de hoy lo sigo siendo), en una ocasión descubrí un estuche de marroquinería (todavía lo conservo con mucho cariño) que mi madre guardaba en un armario fuera de la vista de todos, cerrado con llave. No fue hasta que fui bastante mayor cuando mi madre me enseñó el tesoro que guardaba con tanto secreto. Tal tesoro contenía un rizo de los cabellos de mi difunta hermana junto a una fotografía de aquella preciosa niña. A mí me parecía extraño que mis padres nunca hablaban de ella pero ¿para qué?, dirían, si no la conocíamos ninguno. Supongo que pensaban que aumentaría su sufrimiento. A mi madre aquel suceso le debió causar una profunda depresión porque de niños nos cuidaba una interna y una tía, hermana de mi padre, que se vino del pueblo a la capital en la que vivíamos. Sin embargo, ya en mi adolescencia, sentí yo a mi madre mucho más cercana. Aunque mi padre consideraba que sus hijos debíamos estar ignorantes de aquellos tiempos terribles, mi madre nos contaba historias de la Guerra Civil española que escuchábamos ensimismadas...               Respecto a su relación con mi padre, al que adoraba, tengo que reconocer que a veces era cruel con ella al reírse de los garabatos que hacía al escribir. Y es que la pobre poco había visitado el colegio. Mi abuelos maternos vivían largas temporadas en una finca lejos de la ciudad, donde estaban las escuelas, teniendo ella que desplazarse a casa de sus abuelos el tiempo justo de aprender a leer y escribir. Cuando me pongo un juego de pendientes y sortija que me regaló en vida, tengo la sensación de que una parte de ella va conmigo. Me gustan las joyas con historia. Las había comprado, junto con otras, ...a señoras viudas de guerra arruinadas..., nos contaba.
    Como buena mujer de pueblo era muy aficionada a reforzar sus palabras con dichos y refranes. Siempre me resultó impropio el que decía: "el trabajo es virtud pero trabaja tú". Yo aún continúo diciendo que el tiempo está "nublo" en vez de nublado, como ella decía, sabiendo a ciencia cierta que lo digo mal. De su religiosidad recuerdo varias cosas, desde la generosidad con los pobres (teníamos uno fijo al que le guardábamos un plato de comida diaria), pasando por una capillita portátil de una virgen y la asistencia a los rosarios de la aurora (a los que yo, como única madrugadora, la acompañaba) hasta la procesión de entronización del Corazón de Jesús por un sacerdote, que con el hisopo echaba agua bendita por los rincones para espantar a los demonios, cuando nos cambiamos de casa. 
    Por nuestro hogar se podían ver tanto velitas y mariposas (tazas con agua y aceite con una mecha) para las ánimas del purgatorio como la devoción a determinados santos, entre ellos San Pascual Bailón (que avisaba a la hora de la muerte) y S. Judas Tadeo (que ayudaba en las causas difíciles). Para cada uno había una oración particular. Con el tiempo, ambos fueron sustituidos por el beato Fray Leopoldo de Alpandeire. De todas estas devociones mi padre a menudo le recordaba el dicho "reza y no corras". A lo que seguiría "y verás lo que te pasa"... 
    Mi madre fue capaz de grandes sacrificios por ayudar a sus hijos. Entre ellos, el más importante para mí fue el dejar su casa para venirse conmigo a la provincia de Sevilla cuando aprobé las oposiciones, quedándose al cuidado de la casa y de mis hijos mientras yo iba al trabajo. Pero desgraciadamente al segundo año de estar allí murió mi padre. Fueron momentos duros porque mi marido, por causa de su trabajo en Lorca, sólo iba los fines de semana a vernos. Cuando por fin me dieron el traslado, después de dos años, regresamos a nuestra ciudad pero mi madre prefirió irse a su pueblo natal, Cehegín y vivir sola. Aunque tarde, deseaba disfrutar de una libertad que, a lo largo de toda su vida, nunca había tenido. Ahora empiezo a comprenderla. Los hijos íbamos a verla algunos domingos. La atendía una señora de día y otra de noche. La recuerdo silenciosa, incólume, sentada en su mesa de camilla haciendo tapetes de ganchillo, que durante los últimos años fueron un remedio para la artritis que sufría en las manos. Aún conservo algunos de ellos y una pequeña mantita de aplicaciones para el sofá. 
    Tuvo la alegría de ver a uno de sus nietos, el que lleva su nombre, convertido en cirujano, y la de convivir durante un curso con la nieta mayor, que se tenía que desplazar al pueblo vecino de Caravaca de la Cruz porque ejercía allí de profesora de inglés. 
    De todas las fotografías que conservo de mi madre la que más me emociona es una en la que aparece con mi padre, de novios, y en la que luce un lujoso collar de perlas que él le había comprado en la ciudad en la que hizo la mili, ¡oh casualidad!, la misma en la que yo vivo. Ese collar lo conservo como un tesoro. Es su historia, es mi historia... 
    Respecto a mi padre puedo decir con orgullo que era un hombre extraordinario y muy adelantado para su época. Tenía ideas muy modernas, como que las mujeres teníamos que estudiar, trabajar y ser independientes. Además, cuando todos los alumnos estudiaban francés nos hizo matricularnos en inglés, ya que él la consideraba la lengua del futuro. Con tanta fuerza creía en ello que él mismo recibió clases particulares de inglés antes de jubilarse. También recuerdo que, preocupado porque su prole adquiriera cultura, organizó dos viajes con las dos hijas mayores, mi hermana y yo, aún adolescentes, a Madrid para ver el Museo del Prado y a Granada para ver la Alhambra. 
    Nacido en una familia de clase trabajadora (su padre viajaba vendiendo alpargatas de esparto), empezó sus estudios con los franciscanos, con los que terminó el bachiller, aunque tenía que examinarse por libre en la capital. En el pueblo sólo había escuelas. Supongo que los frailes le animarían a estudiar magisterio, carrera corta y barata, siempre por libre. Pero en el primer colegio en el que ejerció la docencia ya se dio cuenta de que la enseñanza no le gustaba y se preparó los programas de Profesor Mercantil, con cuyo título podía optar a oposiciones a la administración pública. Aprobó unas oposiciones de Interventor de Ayuntamiento y entonces estudió Perito Mercantil para ascender en el escalafón. Del pueblo pasó a la capital. Todo esto después de casarse. Tenía dos buenas virtudes, que yo he heredado, una gran memoria y una voluntad inquebrantable. Era muy cariñoso, especialmente conmigo, por dos razones, una por llevar el nombre de su madre, a la que adoraba (fue el mayor de seis hermanos) y otra por llevar el nombre de su primera hija fallecida. Yo procuraba alegrarle la vida de la manera que más le gustaba, sacando muy buenas notas, tanto en el instituto como en la universidad. Él fue quien, estando recién casada y en contra de la opinión de mi marido, me buscó trabajo en la Escuela de Maestría de mi localidad. Además, estando yo trabajando y con tres hijos, cuando salió una plaza de numeraria en el instituto en el que había empezado a dar clase al mismo tiempo, en contra de mi voluntad, él me obligó a presentarme. Le daba igual que me quejara. Siempre confió en mí  y me acompañó a Madrid donde tenían lugar los exámenes por si me arrepentía y me volvía a casa. Aprobé, aunque no pude coger la plaza deseada, teniendo que desplazarme a muchos kilómetros, en principio sola, con mis hijos. Pero fue entonces cuando mi padre convenció a mi madre para venirse conmigo hasta que pudiera pedir en el concurso de traslados. Era para dos años. Desgraciadamente, él sólo pudo estar uno porque sufrió una grave enfermedad y murió cogido a mis manos después de una complicada operación. 
    La religiosidad de mi padre era muy distinta de la de mi madre. La idea principal era ayudar al prójimo, empezando por sus hermanas, que siempre lo quisieron como a un padre. A una le ayudó a comprar un piso, a otra le ayudó a que sus hijos estudiaran y a la pequeña se la llevó a vivir con nosotros a la capital donde tomó clases de mecanografía para entrar, tras unas pruebas, en la Diputación Provincial. Allí estuvo trabajando hasta su jubilación. Otro rasgo de religiosidad lo recuerdo de  los veranos en la Isla de Mazarrón en donde nos hacía recorrer varios kilómetros para oír misa los domingos. Hasta que se reunió con algunos vecinos y recogieron dinero para construir una capilla, que hasta hace poco estaba en uso. 
    Es de justicia reconocer que a sus cuatro hijos nos dio carrera universitaria y estudiamos en residencias, para lo cual recurrió al pluriempleo, dejándose la piel trabajando. 
Y esta es, a grandes rasgos, la historia de mis padres, a los que adoré y sigo recordando cada día de mi existencia con todo el cariño del mundo,,, 

 

                 


   


     


jueves, 11 de enero de 2024

La canción de Aquiles (novela de Madeline Miller)

                                                  Comentario crítico

         La profesora estadounidense  Madeline Miller escribe una historia novelada sobre la guerra de Troya que adopta la forma de una autobiografía de Patroclo, amigo íntimo y compañero de Aquiles. Él mismo cuenta que nació "pequeño y escuchimizado", aunque era todo un príncipe por ser hijo del rey, Menecio. La narración comienza cuando con nueve años es invitado por el rey Tindareo a una reunión donde se presentan los pretendientes a esposos de su bellísima hija Helena. Ellos le traen regalos al rey, que es el encargado de la elección. Pero en un momento dado aparece Odiseo (Ulises), que opina que debe ser ella la que elija, no su padre. Desde el principio da muestras de una inteligencia racional de la que carecen los fornidos guerreros griegos, insistiendo en que él no acudía como pretendiente sino por compañerismo. Contra todo pronóstico Helena elige a Menelao, de pelo rojizo, hijo de Atreo y hermano de Agamenón.                                                                                                                                                     Patroclo, en griego "gloria de padre", poseedor de unos bonitos dados que pretende quitarle el hijo de un noble, inicia una pelea con él, con tan mala suerte que el muchacho cae accidentalmente y muere a causa del golpe. Por lo cual la familia del difunto exige la muerte de Patroclo o el exilio. El padre prefiere mandarlo fuera antes que la muerte. El exilio será a tierras del rey Peleo, casado con una ninfa de los mares, Tetis, de la que había nacido Aquiles, de pupilas verdes y cabello dorados, que años más tarde pasaría a dirigir el ejército griego. Aquiles, casi de la misma edad que Patroclo, lo convierte en su therapon, (hermano de armas, consagrado a un príncipe por lazos de sangre, con juramento y amor). Un puesto de la más alta estima. Es entonces cuando Aquiles le comunica que las Moiras  (personificaciones del destino) han profetizado que moriría joven y famoso. En un encuentro con Tetis, esta le comunica a Patroclo, a propósito de la profecía, "y tú estarás muerto a no mucho tardar". Tetis era una diosa menor entre las diosas menores, una nereida y nada más.                                                                 Aquiles tenía doce años y sentía una atracción especial por Patroclo. Todo empezó con un beso.               Pero de la historia pronto se pasa a la mitología, dioses, ninfas, nereidas, centauros .                                 Es interesante el episodio en que los dos amigos montan a lomos del centauro Quirón, puesto por el rey como profesor de ambos. El mismo centauro que instruyó a Hércules y a Teseo de niños. En este personaje mítico está toda la sabiduría de la época. Les enseña el manejo de las armas, cirugía, sanación, primeros auxilios, astronomía, cómo hacer fuego, a pescar, mitología, música, magia, cómo conservar la carne bajo la nieve...etc.                                                                                                                                     Al cumplir Aquiles 16 años su padre le manda un arcón con regalos entre los que destaca una túnica teñida de púrpura, propia de un príncipe, de un futuro rey. Y con la llegada de la primavera se desata la pasión amorosa. Pero la felicidad que disfrutaban se ve truncada cuando el padre de Aquiles lo convoca para integrarse en el gran ejército que están preparando los griegos para recuperar a Helena, esposa de Menelao, aparentemente raptada por Paris, hijo de Priamo, rey de Troya. Aquiles no quiere ir a la guerra, ni su madre tampoco. Esta prepara un truco  para  evitarlo, se lleva a su hijo a una isla con la excusa de casarlo con la hija de un rey. Tras varias negativas Aquiles cede a los deseos maternos y se casa y espera un hijo, el que luego será Pirro. Permanece escondido disfrazado de mujer. Pero Odiseo lo desenmascara y lo convence de entrar en el ejército para ganar gloria, fama y la eternidad.  La respuesta de Aquiles a propósito de que tendría que matar a Héctor, el hijo mayor de Priamo y jefe del ejército troyano, es siempre la misma, "no me ha hecho nada". Patroclo había ido a buscarlo. Allí Aquiles le pide perdón por haberlo traicionado con sus actos, y culpa a su madre. A Tetis no le gustaba Patroclo.                  Las naves griegas inician la navegación rumbo a Troya hasta que el viento se para y las velas no se mueven. Los griegos lo atribuyen al enfado de los dioses, que son muy vengativos. ¿Cómo aplacar su ira? Con sacrificios. Agamenón llama a su hija Ifigenia ( "un nombre de vocalización exigente que evocaba el sonido  de los cascos de las cabras sobre las rocas"), con el pretexto de casarla  con Aquiles aunque era una mujer muy joven, no llegaba a los catorce años. Sin embargo en un movimiento rápido le corta la garganta con un cuchillo. Con este sacrificio la diosa Artemisa se aplacó y los vientos volvieron, los sacrificios de reses no eran suficientes. Siempre los dioses en acción, con un bando o con el otro.                                                                                                                                                             Patroclo, el más humano siempre, reprocha a Odiseo no haber intervenido para evitar la muerte de Ifigenia. Lo de la boda fue un truco para que su madre, Clitemnestra, la dejara salir de casa.                       Se inicia la navegación que durará siete días hasta llegar a la boca del Heleponto (los Dardanelos) a tan sólo dos días de Troya. Los troyanos los esperaban en la playa (" que parecía no tener fin"). Vestían de negro carmesí, el color de la casa de Príamo, y entre ellos, destacaba el jefe del ejército troyano, Héctor, con su carro de guerra. Después de que los griegos lanzaran sus lanzas y murieran algunos troyanos, Héctor  dio orden de retirada, y la playa quedó para los griegos en donde plantaron sus tiendas.                   Con las razias llegó el reparto del botín. Nos cuenta Patroclo que "entre aceros, oro y alfombras había una jovencita de bella melena negra, de nombre Briseida, que Agamenón no paraba de mirar, el cual era bien conocido por sus apetitos, como toda la casa de Atreo".                                                                           Patroclo, como en otras ocasiones, muestra su humanidad  apiadándose de la cautiva y pidiéndole a Aquiles que se la apropie como botín de guerra. Al mismo tiempo intenta liberarla, pero ella no entiende la lengua griega, recurriendo a la comunicación por señas. Con respecto a las demás cautivas él es el único que se apiada de ellas y de su destino. Liberaba a cuantas podía con la ayuda de Briseida. A todas ellas les daba clase de griego. Y en cuanto a sus ideas acerca de la guerra, son reveladoras sus palabras, "no maté a nadie y tampoco lo intenté". Sabía que lo protegía Aquiles. Se dedicaba a ayudar al médico a curar a los heridos, siguiendo las enseñanzas recibidas del centauro Quirón.                                                   Príamo acepta una embajada para dialogar sobre Helena. Aunque el rey de Troya se mantenía firme en su opinión de que ella no deseaba marcharse, por lo que sólo quedaba el combate, el enfrentamiento.       La guerra se prolongó más de los previsto. A veces Aquiles desaparecía porque  iba a hablar con su madre, que temía por su hijo, pues conocía la actitud vengativa de los dioses. Y seguían pasando los años, al mismo tiempo que cundía el descontento entre los griegos. Trascurría ya el noveno año de la guerra cuando apareció una bella cautiva, Criseida, hija del sacerdote troyano  del dios Apolo  Crises.    Esta vez Agamenón se la adjudica como trofeo, haciendo oídos sordos a  las súplicas del padre de la joven, que, jugándose la vida, atraviesa el campo enemigo con cantidad de oro para el rescate.                     Y llega la venganza del dios Apolo con epidemias y enfermedades, que primero se llevan a los animales y luego a los hombres. Caso curioso es que no murió ninguna mujer. ¡ Qué sabios son los dioses! Aquiles pide a Agamenón que devuelva a Criseida, pues ha escuchado que sólo así acabarán las muertes. El atrida se niega. Es tal la ira de Aquiles que abandona al ejército. En venganza los soldados de Agamenón van a buscar a Briseida. Patroclo le pide a Aquiles que hable con su madre por si puede hacer algo por la esclava, pero sólo recibe una respuesta, "Es imposible. Es la voluntad de los dioses". Un pensamiento invade su mente, "Nosotros obedecíamos a nuestros reyes, sí, pero dentro de los límites de la razón".                                                                                                                                                          Los dos ejércitos luchan hasta que suena el cuerno de Héctor. ¿ Quién se enfrentaría a él en ausencia de Aquiles?. Se echa a suerte y le toca a Ayax, empataron quedando como iguales. Aquiles considera una cuestión de honor que le devuelvan a la esclava. Las cosas van tan mal que los troyanos incendian las naves griegas. A Patroclo se le ocurre una idea, sustituirá a Aquiles vistiéndose con su armadura para dirigir a los mirmidones. A pesar de haberle jurado a Aquiles que se protegería bien, muere a manos de Héctor, el cual se coloca la armadura de Aquiles que arranca del cuerpo de Patroclo. "Parecía que el mismo "aristos achaion" se estuviera dando caza a sí mismo". Héctor sabe que su muerte es inmediata y le pide a Aquiles que entregue su cadáver a su familia cuando lo haya matado. La respuesta no puede ser más cruel, "No hay tratos entre hombres y leones, te voy a matar y a comerte crudo".                                   Los dioses no permanecen inactivos. Tetis le dice a su hijo  que Apolo está enfadado y busca venganza. Y que las Moiras le han contado que  Pirro vendrá a Troya para acabar la guerra tras la victoria.                                                                                                                                                               El rey Príamo se presenta en la tienda de Aquiles a reclamar el cuerpo de su hijo. El narrador simpatiza con él y comenta que va solo, "con la ayuda de los dioses".                                                               Es curioso que Patroclo sigue siendo el narrador después de muerto. Y cuenta que Aquiles ante la pira de su amigo muerto pide  a los griegos que, el día que él muera mezclen, sus cenizas con las suyas. Cuando, enfurecido, vuelve al combate, lucha con la jefa de las amazonas, Pentesilea, que parecía rápida, grácil e incansable, pero no lo era. De un solo golpe la derriba, mientras Paris desde una torre del palacio troyano dispara su arco contra Aquiles y lo mata. Al poco aparece Pirro (en griego fuego), de cabellos rubios como su progenitor, que a sus doce años  acaba la obra de su padre y se niega a enterrar las cenizas de Aquiles con las de Patroclo. Con gesto altanero comenta que "¿ un esclavo junto a un héroe?".  Finalmente sólo se escribe en la piedra del túmulo mortuorio el nombre de Aquiles.                          Pirro reclama a Briseida, que huye al mar nadando, pero recibe la lanza que le había tirado el joven  de trece años y desaparece entre las olas. Odiseo hace una última tentativa para unir las cenizas de los dos amigos pero no puede conseguirlo. Aunque al final Tetis escribe el nombre  de Patroclo junto al de Aquiles. "Ve, me dice la diosa, te está esperando".                                                                                             En relación con el lenguaje, la novelista utiliza gran cantidad de metáforas y símiles. Podríamos decir que con frecuencia la prosa es poética. De Aquiles señala que tenía una voz clara "como los arroyos alimentados por el deshielo" y parecía "un ciervo alerta al sonar el cuerno del cazador". Me parece un rasgo de humor que Tetis, como todos los dioses, no comía sino néctar y ambrosía, sea invitada a la mesa de su marido Peleo, que es un simple humano, y claro, no le habían puesto ni plato ni cuchillos.           Me gustaría terminar con una de las últimas frases de Patroclo, "  Soy  aire y pensamiento".                      Hasta aquí la novela basada en el poema épico, la Ilíada, la  literatura, pero, ¿ qué nos dicen los historiadores? Que el verdadero origen de esta contienda la iniciaron los griegos para apropiarse de Troya, ciudad que dominaba el estrecho de los Dardanelos, su Helesponto. Los troyanos cobraban tasas a los navegantes que tenían que cruzarlo para llegar al Mar Negro donde los griegos tenías colonias. Helena fue el pretexto.                                                                                                                                          La Ilíada da para tanto que se podría añadir todo lo relacionado con la arqueología y el caso Schliemann y su esposa, la cual se fotografió con las joyas que ambos atribuyeron, puede que erróneamente, a Helena.