Capítulo 1.- Veintiuno de noviembre de 2025. Aeropuerto de Alicante. Mediodía. Primera sorpresa: en el control de pasaportes se nos preguntó si éramos hijos de la gran Bretaña. “¿Nosotros ¿” – respondimos. Al escuchar ese castellano tan perfecto como hablamos los de Murcia, nos mandaron directos al pasillo de los irlandeses y los europeos. Segunda sorpresa: como consecuencia del largo fin de semana con motivo del día de S. Clemente, nos encontramos a los lorquinos conocidos que habían elegido el mismo destino que nosotros. Intenté superar el miedo a volar mirando por la ventanilla. Un extenso mar de nubes blancas “que se diría todas de algodón” ( Platero y yo, de J.R. Jiménez) nos impedían tocar el cielo con las manos. Tercera sorpresa: en vez de dirigirnos al sur, el avión tomó rumbo hacia el norte hasta llegar a Madrid (“se equivocó la paloma, se equivocaba…”, Rafael Alberti). Todo ello motivado por el cierre del espacio aéreo a causa de las maniobras militares de la Cuadrilla Águila en la que la princesa Leonor, la heredera del trono, estaba haciendo maniobras militares. Lo que motivó que llegáramos a Marrakech con media hora de retraso. En tan solo diez minutos atravesamos el Mediterráneo y llegamos al continente africano. Las primeras imágenes del desierto y al fondo la cordillera del Atlas, majestuosa, con las cumbres nevadas, nos anunciaban el inminente aterrizaje. La entrada en un país extranjero no europeo siempre conlleva toda una serie de controles policiales, pero aquí en Marrakech mucho más porque se iba a celebrar un congreso internacional de la Interpol para estudiar, entre otras cosas, el impacto de la Inteligencia Artificial en la seguridad del planeta. Yo debo tener cara de buena porque me sellaron el pasaporte y pasé rápidamente, pero Pepe y Rober fueron examinados concienzudamente. Trabajo costó localizar a nuestro contacto turístico, el simpático Ismail, y cuando lo encontramos nos llevó a nuestro alojamiento en un riad, casa típica marroquí. Allí nos recibió la señora Saida, que significa afortunada y tomamos el té de bienvenida, el primero de los muchos que tomaríamos esos días. Empezaban los problemas con la lengua. Ella solo hablaba árabe, con él lo intentamos en francés, seguimos en inglés y acabamos en italiano porque había trabajado un año en Italia. Llegado el momento del reparto de las habitaciones, reparamos en que no había ascensor y teníamos que subir por unas estrechas y empinadas escaleras donde a cada paso te la jugabas. La primera habitación asignada fue para mí, para eso soy la mayor, aunque no lo parezca. ¡Qué cama! Ni las de las mil y una noches, con un dosel rodeado de tules en granate y blanco. Debe estar hecha para más de dos personas, ¿un trío? Ni sábanas ni almohada, un nórdico y cojines, muchos cojines. Había dos ventanas a la calle y una al patio o riad que da nombre al tipo de casa, con cristales de colores como los farolillos que débilmente iluminaban la habitación. Nada de armarios ¿para qué? Ni sillas, ni sillones, solo dos divanes en rojo carmesí y muchos cojines. La carpintería de puertas y ventanas muy decoradas sobre el mismo rojo carmesí, a través de cuyas rejas podía yo disfrutar de tan estrecha callejuela. Pero lo que más impresionaba era el techo. A semejanza de la Alhambra de Granada, sucesivas cenefas con decoración del alifato en marrón sobre fondo blanco y en el centro la estrella de ocho puntas, dos cuadrados sobrepuestos. Abundantes alfombras… Pero lo del cuarto de baño es otra historia. Había que salir al pasillo y utilizar el de la habitación de Rober. Pusimos horario. Era chiquitillo, chiquitillo, con una ducha en la que casi no se cabía. Ni gel, ni pasta de dientes. Las otras habitaciones tenían armarios, pero no daban a la calle ni tenían el encanto de la mía. Por la noche salimos andando con dirección a la famosa plaza de Jemaa-el-fná, el corazón de la Medina, donde escuchamos al muecín llamar a la oración. La ciudad, que se ofrecía ante nuestros ojos, era del mismo tono de color que el de las arenas del desierto, como rosa tirando a anaranjado. Los edificios más modernos, que utilizaban ladrillos, mantenían el mismo color, que combina muy bien con el verde de los árboles y jardines. Para muchos es conocida como la Ciudad Roja. Una gozada para los pintores. Tras un paseíto nos decidimos a cenar en el restaurante Aqua de magníficas vistas a la inmensa placeta. Yo me decido a saborear un típico plato de tajín de cordero. El nombre le viene de la olla de barro con tapadera en forma de embudo invertido en que se cocina. El postre por el camino de regreso, unos exquisitos dulces de miel y pistachos en un puesto callejero. Se nos había hecho de noche y nos encontramos con calles de nuestro barrio débilmente iluminadas, algunas motos sin luz, sin semáforos ni pasos de cebra. Vamos, que casi podía peligrar la vida, por lo menos la mía, con mi despiste. Como vimos lo laberíntico de las calles Pepe y Rober hicieron fotos en determinados puntos como la cruz verde de una farmacia.
Capítulo 2.- Con la esperanza de un buen desayuno iniciamos el sábado. Pero más parecía un ligero tentempié, con unos crepes incomibles, dos cuenquecillos de mermelada y dos de mantequilla, cuatro panecillos ácimos, cuatro quesitos, café, leche zumo de naranja y ¡eso sí! Té con hojas de menta. Yo esperaba unos dátiles al menos, pero no, nada de fruta fresca ni frutos secos. Y derechos al zoco, pero los puestos empezaban a abrirse. Los vendedores trasnochan, no madrugan. Nos detuvimos en uno de las primeras tiendecillas que encontramos. La regentaba una chica que vendía aceite de argán, pulseras, pendientes y hacía tatuajes con gena. Era miembro de una cooperativa de mujeres trabajadoras. Decidimos por solidaridad hacer gasto y tanto a Bernarda como a mí nos tatuó una bonita mariposa como las que llevan tatuadas algunos miembros de nuestra familia en la muñeca. Elegimos el color marrón porque la chica nos dijo que duraría más. Nos detuvimos después a contemplar la cúpula de los almorávides, aquellos africanos que nos invadieron hace siglos. A continuación, la Madrassa, centro de estudios del Corán hoy convertido en el museo de Ben Youssef, precioso edificio de decoración árabe que en esos momentos exponía cuadros de una famosa pintora. Nos sentamos en una terraza a descansar para volver al zoco, donde regateando conseguí una mascarilla de madera de un guerrero bereber para mi colección. El vendedor, un simpático ancianito, nos regaló a Bernarda y a mí sendas manos de Fátima para que nos den buena suerte. Comimos temprano, yo couscús, pues pronto vendrían a recogernos para llevarnos al desierto de Agafay. Tiempo de espera hasta que apareciera la furgoneta que nos llevaría por unas carreteras penosas, que poco a poco tratan de mejorar. En el vehículo siete de las diez personas que nos acompañaban eran murcianas. Pasamos numerosas filas de quads preparados para deslizarse por las dunas del desierto, deporte muy de moda, aunque nosotros preferimos el paseo en camello. A mitad del trayecto, y sin prisas, una parada en un poblado bereber donde se fabrican los productos de cosmética de argán. Se empezó la visita con un té de bienvenida, seguido de una demostración de las mujeres triturando los frutos de argán con unas antiquísimas ruedas de piedras de molinos que funcionan a mano, y se terminó en la tienda. Seguimos por las carreteras en obras hasta llegar al desierto. Tiempo de espera hasta que llegara el camellero. Cuando apareció al cabo de un buen rato, solo quedaban cuatro animales de los cuales por lo menos uno era camella, porque estaba amamantando a su cría de dos meses. Y aquí tuvo lugar una de las más famosas hazañas que se recuerdan en el desierto de Agafay, mi paseo sobre el lomo de un camello encabritado. Vamos a ver cómo lo explico. El camellero ató con cuerdas un camello a otro, incluida la hembra, hasta conseguir una recua de cuatro animales. Hizo que se arrodillaran para poder subirnos a ellos. Yo me subí la primera en el último camello de la expedición, pues se suponía que era el más dócil. Una vez sentada en mi montura, los demás empezarían a subir. De repente la hembra, al no ver a su cría, se levantó rugiendo como un león africano e hizo que todos los animales se levantaran también al unísono y empezaran a caminar hacia el desierto sin más pasajero que yo. Como no me enteré de la peligrosa situación en la que me hallaba, ni por un momento me puse nerviosa, y me agarré a mi montura con toda la fuerza de una adolescente de ochenta y tres años. El camellero y sus secuaces no podían detener a las bestias y mis compañeros de viaje ya me veían invadiendo el desierto como Lawrence de Arabia al son de la música de su película:”lalalalalalalalalalalalalalala. Entonces el camellero llamó a sus compañeros: “¡jamalají jamalajá ! “. Esta exclamación traducida al árabe sería algo parecido a “la tía del gorro se nos escapa”. Mientras, Bernarda, Pepe y Rober se asustaron al verme partir sola con los cuatro camellos y el camellito bebé detrás de mí llamando a su madre. Bernarda gritaba ¡mi suegra, mi suegra! Pepe decía ¡mamá, mamá! Y yo sin enterarme de nada, cuidando de que no se me cayera mi sombrerito de exploradora y el pañuelo sobre la boca por si me llegaba alguna tormenta de arena. Si soy sincera, tengo que reconocer que no me enteré de nada. Para mantener el equilibrio, me sujetaba con tanta fuerza al aro de hierro de la montura que las manos me ardían como el fuerte sol del desierto. Fueron los segundos más largos del mundo. Cuando por fin los camilleros consiguieron detener a los animales, volvieron a hacer que se agacharan para que se subieran los demás. Pero Bernarda decía que no se subía a un bicho de esos ni muerta. Al final, entre Rober y Pepe consiguieron convencerla y nos dimos un fantástico paseo los cuatro por las doradas arenas del desierto marroquí, con el bebé camellito siguiéndonos como un corderito. De la hora de paseo que teníamos contratada, Pepe decidió dejarla en diez minutos. Cuando ya nos bajamos, fuera de peligro, nos reíamos a carcajada limpia. Mis hijos tendrían que esperar unos años para heredar. Al atardecer contemplamos una maravillosa puesta de sol sobre una gran duna y compartimos con otros viajeros una cena marroquí en la jaima, amenizada por una banda de bereberes que interpretaban canciones típicas de la zona. Nos invitaron a Bernarda y a mí a bailar con ellos y eso hicimos, moviéndonos como auténticas odaliscas al son de la música. Por supuesto el público aplaudió nuestra actuación. A la sobremesa, y sentados en círculo con un fuego central, nos ofrecieron un espectáculo de juegos malabares con antorchas encendidas y un joven que echaba fuego por la boca como un dragón. Todo ello en la más profunda oscuridad. El final de fiesta consistió en un breve castillo de fuegos artificiales. A la vuelta, ya cerrada la noche, rendidos por el esfuerzo de la aventura, terminamos el día comiendo chuches en nuestro riad.
Capítulo 3.- Amanece el domingo con una novedad en el desayuno, Saida ha sustituido los quesitos por una gran tortilla francesa y, como en otras ocasiones, Rober y yo nos sumergimos en la ceremonia del té. Hemos aprendido a escanciarlo subiendo primero la tetera y tirándolo desde lo alto para que se oxigene y bajarla despacio para que haga espuma. Salimos con la intención de visitar lo primero el zoco para realizar algunas compras. Un descanso en una terraza en la que tomamos té y unos pañuelos de hojaldre rellenos de pescado con un plato de olivas picantes que sirvieron de comida. Continuamos directos a la plaza principal porque había llegado el momento tan deseado y motivo del viaje a tierra de bereberes (¿nuestros ancestros ¿) de contemplar a los encantadores de serpientes. ¡Dios mío, Chani, échale valor! Y allí estaba yo, más valiente que nunca, sintiendo por mi cabeza y cuello no una sino varias largas y brillantes cobras. Tengo que confesar que un poco de miedo sí pasé. Cuando Pepe se lo contó a Ismail no se lo podía creer. A los 83 años la abuelita…Y le pidió ver el video. Ni Rober ni Bernarda quisieron pasar por esta arriesgada experiencia. Sin embargo, mi hijo Pepe demostró llevar mi sangre sometiéndose al cosquilleo de tan peligrosos reptiles. Cuando por fin las cobras volvieron a sus cestas, Pepe se quedó con los encantadores de serpientes ajustando el coste de la experiencia. Pasado el estrés llegaron las risas. Descansamos en una terracita de la plaza donde unos acróbatas callejeros nos deleitaron con sus saltos y piruetas, mientras los limpiabotas iban buscando trabajo. Finalmente se pasó la gorra y echamos unos dirhams. ¿Qué más cosas extravagantes nos quedaban por hacer? Pensé que debía haber alguna comunidad de sefardíes y sugerí una visita al barrio judío. Para llegar cogimos como medio de transporte el típico toktok, un motocarro ajustado con cuatro latas pintadas de colores. Por intrincadas callejuelas (por algunas solo podía pasar una persona) llegamos a la sinagoga. Nos pareció pequeña, pero con mucha historia. La sala de rezos estaba plagada de cuadros con textos escritos en su idioma. A la entrada conseguí leer en inglés el relato de los judíos españoles expulsados por los Reyes Católicos, Isabel y Fernando, en 1492 que se asentaron en esta ciudad. Se llamaban sefardíes por Sefarad, el nombre con que ellos llamaban a España. Los descendientes de aquellos judeoespañoles hoy no sobrepasan los 200. El edificio está pintado en blanco y azul. La sinagoga recibe el nombre de Lazama, que significa “de los deportados”. Realizamos la vuelta a pie para continuar la visita al zoco y comprar souvenires. Ya en la plaza del famoso minarete, la Coutoubia, a cuya mezquita no nos dejaron entrar, por más que Bernarda lo intentó, pues solo se les permite la entrada a los musulmanes, nos sentamos para tomar una merienda-cena. Y terminamos haciendo la vuelta a pie, justo a tiempo de ver, como nos avisó Rober, a una oveja que parecía conducir una moto. La llevaba el conductor delante de su asiento con las patas en el manillar. Una vez en el riad nos preparamos para ver el partido Real Madrid – Elche endulzado con nuevas chuches. Quedó en empate.
Capítulo 4.- Llegó el último día y solo pudimos aprovechar la mañana. Lo hicimos dirigiéndonos en taxi a visitar los jardines de Les Majorelles de Ives Saint Lauren, centro de diseños de Haute Cuture que conserva elegantes vestidos del diseñador de moda francés de Christian Dior. Logró ganar el suficiente dinero para hacerse una gran mansión, toda pintada de azul lapislázuli o también llamado de pavo real y rodearla de frondosos jardines. Y ¡qué casualidad ¡ esa mañana yo me había puesto un jersey de ese color, cosa que me comentó un camarero cuando nos sentamos en La table du Palais. Hay que reconocer que tengo intuición. A Bernarda y a mí nos llamó la atención los pantalones babucheros que usan los empleados del museo. Otro taxi nos depositó en el zoco para despedirnos de las compras y me fotografié con un burro que, como Platero, estiraba las orejas cuando le tocaba. Antes de despedirnos todavía nos dio tiempo a entrar en un riad, cafetería-hotel, para refrescarnos en el maravilloso jardín, donde Pepe le enseñó a un camarero cómo funciona la IA tras haberle hecho un video con una escultura de una pantera. En nuestro riad la señora Saida nos despidió con la salutación “janduleklak” (que Alá os proteja) frase que yo le enseñé escrita en mi sortija turca, un amuleto de la buena suerte que me traje de Estambul ¿otra casualidad? En resumen, un deleite para los sentidos, empezando por la vista (ese hermoso atardecer en el desierto con el Atlas al fondo), siguiendo por el tacto (en el zoco no parábamos de tocar las cosas), pasando por el oído (las llamadas a la oración desde los minaretes), recreándonos en el olfato (los olores a especias del zoco) y terminando por el gusto (el sabor del Tajín de cordero y los tés con hojas de menta).
Epílogo: Me
despierto en mi casa de Lorca y creo ver al Segismundo de “La vida es sueño” de
D. Pedro Calderón de la Barca decirme al oído: Todo esto ¿ha sido realidad? ¿no lo habrás soñado? O más bien es que “Toda
la vida es sueño y los sueños, sueños son. “
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