Tal y como me ocurrió el año
pasado, mi cuñada Conchita, mi hermano Felipe y yo hemos ido unos días al
Balneario de Archena, como bien dice una conocida frase, “para tomar las aguas”, pero con la diferencia de que ahora la
enfermedad degenerativa de Felipe, por desgracia, ha avanzado un poco más.
Yo llegué desde Águilas buscando
la ataraxia como los estoicos y ellos desde Murcia no sé si con el mismo
objetivo, tal vez lo mejor sea preguntarle a mi hijo Juan qué diantres
significa la palabreja pues seguro está explicada tal filosofía en la amplia
biblioteca clásica que dispone y dice haber leído. Nos instalamos en el Hotel
Las Termas, de cuatro fulgurantes estrellas y lo menos seis o siete meteoritos,
tal era su calidad. Las amplias habitaciones daban al rio Segura que, serpenteando
por un estrecho lecho rodeado de un arbolado salvaje, eucaliptos, palmeras,
chopos, pinos y cañaverales que se amontonaban sin orden ni concierto, se
alzaba ubérrimo y majestuoso con su escaso caudal. Algunos de estos árboles han
alcanzado tal altura que no dejan ver los santos del cielo, solo quizá de vez
en cuando se puede ver algún beato millenial de nuevo cuño. Otros han sufrido con
tanta fuerza los azotes de los vientos alisios que yacen con los troncos partidos,
quedando tan inclinados que parecen si no cojos, mancos como el insigne Cervantes.
Forman una espesura tan verde que es un deleite para los ojos de quien sabe
apreciar tanta belleza.
Llegamos al Balneario a la hora
de comer. Los platos, en términos generales, fueron buenos pero, si he de ser
sincera, sin grandes excesos aunque la mucha amabilidad por parte del personal
del comedor suplía cualquier debate acerca de la cantidad de las viandas.
Tras una corta siesta en la que,
creo recordar, soñé con los epicúreos y no con los estoicos, nos dirigimos a
las piscinas, nos pusimos los bañadores de temporada y nos envolvimos en níveos
albornoces de suave pelaje. Todos los clientes, cual palomitas blancas, nos
dirigimos al espacio de las piscinas donde empezó nuestra aventura si se le
puede llamar así pues la primera contrariedad fue que las tarjetas para acceder
a estos espacios no nos funcionaban. ¡Maldita tecnología! Se trata del mismo
mecanismo que se utiliza para coger el metro y digo yo, que en hora punta se lo
deben de pasar los viajantes por el forro. Para resolver nuestro problema
salieron las controladoras a ayudarnos y pudimos disfrutar de tan benignas
aguas. Pero la cosa no acabó ahí. La segunda contrariedad fue que en un
despiste mío y de mi cuñada se nos perdió Felipe. No lo veíamos por ningún
lado. ¡Qué susto! Corrimos por todos los espacios de las piscinas y no lo
encontrábamos. Recurrimos a unos chicos de seguridad fuertotes y bien parecidos
y al fin apareció, un poco desorientado. A partir de ese momento no lo soltamos
de la mano ni para hacer un pis y comprendimos que no debíamos ir por la tarde
porque se acumulaba demasiada gente. Ruido, chorros de agua por doquier, niños
jugando, calor del vapor de agua y personas mayores de exagerados volúmenes por
no decir que eran unos mastodontes que queda muy feo en este prosaico relato.
Tras una sabrosa cena nos retiramos a descansar.
Amaneció el segundo día con
buenos ánimos por nuestra parte. Quedamos sorprendidos del amplio buffet libre que
saboreamos cual críticos gastronómicos en la terraza del hotel que da al rio.
Iniciamos el recorrido Balnea Sensum
cuyo nombre es un recuerdo de las primitivas termas que los romanos
construyeron en este lugar donde nacen aguas medicinales. Aquí el latín está muy
presente en los nombres de los tratamientos. Mi hijo Juan, que lo lee y habla
con fluidez, se sentiría como en casa. Para mí fue un disfrute impensable.
Recibimos información de una señorita que nos aconsejaba como movernos por
estos espacios tan abruptos. Y nosotros como niños de párvulos íbamos abriendo
todas las puertas de las saunas que posteriormente rápidamente cerrábamos por
el muchísimo calor que desprendían: la sauna seca, la sauna húmeda, el baño
turco, la sauna de sal, la sauna de azufre que olía al mismísimo infierno. De
ahí fuimos a la piscina de los aromas flotantes o aromaterapia, un auténtico
placer para los sentidos.
Tan romántica escena se merecía
unas fotos o mejor un video. Al lado, como una caja de cristal llena de agua,
la bañera contracorriente, que como su nombre indica, no había dios que
avanzara nadando, mientras los demás te veían tras los cristales como voyeurs
salidos de Eyes whit Shut.
Seguidamente nos dirigimos a las piscinas del Caldarium (caliente) y el Frigidarium
(frio), una lo era tanto que te escaldabas y en la otra hacia un frio que
pelaba poniéndote los pelos como escarpias. A continuación, fuimos a la piscina
que yo bautice con el nombre de Mar Muerto porque tenía tal cantidad de sal que
flotábamos y, aunque queríamos hundirnos, no podíamos, parecíamos Jesucristo
andando por la superficie del agua… ¡Milagro! De allí al iglú donde tuvimos el
tiempo justo para hacernos un corto video porque hacia un frioooo…
Con todo ese ajetreo yo decidí
salir al jardín exterior a secarme el pelo mientras Felipe y Conchita se introducían
en una piscina de temperatura ambiente. De allí a unos chorros para masajear la
espalda seguidos de unos pediluvios (circuito para pies). Cansada de tanta
agua, me acomodé en una tumbona para recibir los rayos infrarrojos, que no sé
para qué diablos sirven, tendré que preguntarle a mi hija Carmen que es una
experta en climas tropicales, sobre todo los asiáticos. l dos, mientras tanto, se
acomodaron en unos bancos de piedra caliente a reposar. Pero a nosotros lo que más
nos había gustado de todo eran unos limones que nos tirábamos los unos a los otros
como si fueran pelotas de tenis lanzadas por el bueno de Alcaraz.
Para la sed había unos
dispensadores cónicos con agua y limonada. Terminado este circuito de dos horas
nos metimos en unas piscinas enormes dentro de las cuales sobresalían varios jacuzzis
(relax de burbujas). Muy divertido era el rio interior de corriente que nos
arrastraba.
Tras la comida y la siesta dimos un
paseo por la ribera del rio Segura, después una misa que desgraciadamente no
fue en latín y una partida de cartas con aperitivo en el casino emulando uno de
los cuadros de mi querido Merisi. De las cuatro manos de brisca yo gane tres.
Después de cenar nos fuimos a dormir “atacaitos”
de tanto bullir, como dicen en mi tierra almeriense.
El siguiente día, y no porque lo
necesitáramos, lo dedicamos a la belleza. Yo tenía un tratamiento exfoliante
con colágeno y ellos masajes Archena Lodos.
Con mi esteticista entablé una interesante conversación. Me dijo que era de Paraguay
a lo que le repliqué: capital, Asunción. Tal prodigio de mi memoria hizo que
sintiera, si no sorpresa, admiración. Le recordé la labor de los jesuitas con
la lengua guaraní gracias a lo cual hoy es muy hablada, al contrario que otras
lenguas precolombinas. Le recordé también la bella película La Misión con la maravillosa música
de Morricone. Me estuvo contando su vida
de pe a pa. Y yo, como no podía olvidar que fui profesora porque es algo que
llevo tan dentro, a veces no me doy cuenta que caigo en el ridículo. Terminamos
como muy buenas amigas, aunque sin quedar para tomar copas. Transcurrido el
necesario tiempo de oscuridad y reposo, como un muerto con la sabana por la
cara, me uní a mis hermanos y para ir a las grandes piscinas. ¿Y a mí qué se me
ocurrió? Pues practicar ejercicios de Aquagym
en un jacuzzi. Se unieron a nosotros una pareja de Fuente Álamo, una rusa y un
cartagenero. Uno, dos, rodillas arriba… Uno, dos, bicicleta… Uno dos, tijera...
Fue todo muy divertido y práctico. Fue tal el espíritu de camaradería que
impusimos entre los gimnastas que hasta el cartagenero creía que pertenecíamos
a un grupo de amigos, jajaja…
Para variar nos fuimos de tiendas
para comprar suvenires.
Por la tarde, paseo, misa y
casino con aperitivo (con el correspondiente triduo que no es otra cosa que
patatas chips, olivas y almendras). En esta ocasión jugamos al dominó. De seis
juegos yo gané cinco y recordé el dicho: afortunado en el juego, desafortunado
en amores. Pues no es mi caso…
Y llego el ultimo día que
dedicamos a hacernos fotos en las piscinas, de las cuales la más bonita fue
aquella en la que imitamos a los angelitos de la Madonna Sixtina, de Rafael,
que yo vi en Dresde. Allí echamos una larga conversación con Olga Dimitrova, una
espía rusa, o eso decía ella o eso creí entender yo con el agua en los oídos,
que nos presentó a su marido, teniente coronel de la guardia civil de Águilas,
pero ya jubilado y ahora ejerciendo de abogado en Librilla. ¡Vaya mezcolanza,
vive dios!
Y al fin tocaba preparar el
equipaje para dejar la habitación y entregar las tarjetas. En el mostrador del
hall compré un décimo de lotería que dio pie a que un señor que se encontraba a
mi lado me dijera que iba a tocar el terminado en ocho. Yo llevaba uno que
terminaba en nueve. Al comentarle al señor tal infausta circunstancia, me respondió
muy varonil que a mí ya me había tocado la lotería, lo cual me dio pie a
establecer un diálogo la mar de original:
n —No
entiendo qué quiere usted decir, caballero…
n —Que
usted tiene más años de los que aparenta y que goza de muy buena salud. Desprende
una energía que ilumina la estancia…
n —¿Es
usted psiquiatra? –dije yo sorprendida.
n —No,
soy mentalista y además sé que en estas termas estuvo el gran Julio Cesar
tomando las aguas –me contestó impertérrito.
n —Pues
mire usted, yo he visto hace poco en Roma junto a mi hijo Pepe el de la mejora
los descubrimientos arqueológicos del lugar en que mataron a Julio Cesar.
n —Pues
en España hay que ver muchos sitios interesantes antes de salir al extranjero
–me dijo el muy ladino con toda la aviesa intención que emanaba de su perfume
con olor a pachuli.
Como me
esperaba Conchita con el coche en marcha, tuve que cortar la conversación con
el donjuán. Comimos en Murcia en su casa y después mi hijo Juan el cultureta me
recogió para llevarme a Águilas.
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