lunes, 5 de enero de 2026

VIAJE A ARCHENA 2025

 

Tal y como me ocurrió el año pasado, mi cuñada Conchita, mi hermano Felipe y yo hemos ido unos días al Balneario de Archena, como bien dice una conocida frase, “para tomar las aguas”, pero con la diferencia de que ahora la enfermedad degenerativa de Felipe, por desgracia, ha avanzado un poco más.

Yo llegué desde Águilas buscando la ataraxia como los estoicos y ellos desde Murcia no sé si con el mismo objetivo, tal vez lo mejor sea preguntarle a mi hijo Juan qué diantres significa la palabreja pues seguro está explicada tal filosofía en la amplia biblioteca clásica que dispone y dice haber leído. Nos instalamos en el Hotel Las Termas, de cuatro fulgurantes estrellas y lo menos seis o siete meteoritos, tal era su calidad. Las amplias habitaciones daban al rio Segura que, serpenteando por un estrecho lecho rodeado de un arbolado salvaje, eucaliptos, palmeras, chopos, pinos y cañaverales que se amontonaban sin orden ni concierto, se alzaba ubérrimo y majestuoso con su escaso caudal. Algunos de estos árboles han alcanzado tal altura que no dejan ver los santos del cielo, solo quizá de vez en cuando se puede ver algún beato millenial de nuevo cuño. Otros han sufrido con tanta fuerza los azotes de los vientos alisios que yacen con los troncos partidos, quedando tan inclinados que parecen si no cojos, mancos como el insigne Cervantes. Forman una espesura tan verde que es un deleite para los ojos de quien sabe apreciar tanta belleza.

Llegamos al Balneario a la hora de comer. Los platos, en términos generales, fueron buenos pero, si he de ser sincera, sin grandes excesos aunque la mucha amabilidad por parte del personal del comedor suplía cualquier debate acerca de la cantidad de las viandas.

Tras una corta siesta en la que, creo recordar, soñé con los epicúreos y no con los estoicos, nos dirigimos a las piscinas, nos pusimos los bañadores de temporada y nos envolvimos en níveos albornoces de suave pelaje. Todos los clientes, cual palomitas  blancas, nos dirigimos al espacio de las piscinas donde empezó nuestra aventura si se le puede llamar así pues la primera contrariedad fue que las tarjetas para acceder a estos espacios no nos funcionaban. ¡Maldita tecnología! Se trata del mismo mecanismo que se utiliza para coger el metro y digo yo, que en hora punta se lo deben de pasar los viajantes por el forro. Para resolver nuestro problema salieron las controladoras a ayudarnos y pudimos disfrutar de tan benignas aguas. Pero la cosa no acabó ahí. La segunda contrariedad fue que en un despiste mío y de mi cuñada se nos perdió Felipe. No lo veíamos por ningún lado. ¡Qué susto! Corrimos por todos los espacios de las piscinas y no lo encontrábamos. Recurrimos a unos chicos de seguridad fuertotes y bien parecidos y al fin apareció, un poco desorientado. A partir de ese momento no lo soltamos de la mano ni para hacer un pis y comprendimos que no debíamos ir por la tarde porque se acumulaba demasiada gente. Ruido, chorros de agua por doquier, niños jugando, calor del vapor de agua y personas mayores de exagerados volúmenes por no decir que eran unos mastodontes que queda muy feo en este prosaico relato. Tras una sabrosa cena nos retiramos a descansar.

Amaneció el segundo día con buenos ánimos por nuestra parte. Quedamos sorprendidos del amplio buffet libre que saboreamos cual críticos gastronómicos en la terraza del hotel que da al rio. Iniciamos el recorrido Balnea Sensum cuyo nombre es un recuerdo de las primitivas termas que los romanos construyeron en este lugar donde nacen aguas medicinales. Aquí el latín está muy presente en los nombres de los tratamientos. Mi hijo Juan, que lo lee y habla con fluidez, se sentiría como en casa. Para mí fue un disfrute impensable. Recibimos información de una señorita que nos aconsejaba como movernos por estos espacios tan abruptos. Y nosotros como niños de párvulos íbamos abriendo todas las puertas de las saunas que posteriormente rápidamente cerrábamos por el muchísimo calor que desprendían: la sauna seca, la sauna húmeda, el baño turco, la sauna de sal, la sauna de azufre que olía al mismísimo infierno. De ahí fuimos a la piscina de los aromas flotantes o aromaterapia, un auténtico placer para los sentidos.

Tan romántica escena se merecía unas fotos o mejor un video. Al lado, como una caja de cristal llena de agua, la bañera contracorriente, que como su nombre indica, no había dios que avanzara nadando, mientras los demás te veían tras los cristales como voyeurs salidos de Eyes whit Shut. Seguidamente nos dirigimos a las piscinas del Caldarium (caliente) y el Frigidarium (frio), una lo era tanto que te escaldabas y en la otra hacia un frio que pelaba poniéndote los pelos como escarpias. A continuación, fuimos a la piscina que yo bautice con el nombre de Mar Muerto porque tenía tal cantidad de sal que flotábamos y, aunque queríamos hundirnos, no podíamos, parecíamos Jesucristo andando por la superficie del agua… ¡Milagro! De allí al iglú donde tuvimos el tiempo justo para hacernos un corto video porque hacia un frioooo…

Con todo ese ajetreo yo decidí salir al jardín exterior a secarme el pelo mientras Felipe y Conchita se introducían en una piscina de temperatura ambiente. De allí a unos chorros para masajear la espalda seguidos de unos pediluvios (circuito para pies). Cansada de tanta agua, me acomodé en una tumbona para recibir los rayos infrarrojos, que no sé para qué diablos sirven, tendré que preguntarle a mi hija Carmen que es una experta en climas tropicales, sobre todo los asiáticos. l dos, mientras tanto, se acomodaron en unos bancos de piedra caliente a reposar. Pero a nosotros lo que más nos había gustado de todo eran unos limones que nos tirábamos los unos a los otros como si fueran pelotas de tenis lanzadas por el bueno de Alcaraz.

Para la sed había unos dispensadores cónicos con agua y limonada. Terminado este circuito de dos horas nos metimos en unas piscinas enormes dentro de las cuales sobresalían varios jacuzzis (relax de burbujas). Muy divertido era el rio interior de corriente que nos arrastraba.

Tras la comida y la siesta dimos un paseo por la ribera del rio Segura, después una misa que desgraciadamente no fue en latín y una partida de cartas con aperitivo en el casino emulando uno de los cuadros de mi querido Merisi. De las cuatro manos de brisca yo gane tres. Después de cenar nos fuimos a dormir “atacaitos” de tanto bullir, como dicen en mi tierra almeriense.

El siguiente día, y no porque lo necesitáramos, lo dedicamos a la belleza. Yo tenía un tratamiento exfoliante con colágeno y ellos masajes Archena Lodos. Con mi esteticista entablé una interesante conversación. Me dijo que era de Paraguay a lo que le repliqué: capital, Asunción. Tal prodigio de mi memoria hizo que sintiera, si no sorpresa, admiración. Le recordé la labor de los jesuitas con la lengua guaraní gracias a lo cual hoy es muy hablada, al contrario que otras lenguas precolombinas. Le recordé también la bella película La Misión con la maravillosa música de  Morricone. Me estuvo contando su vida de pe a pa. Y yo, como no podía olvidar que fui profesora porque es algo que llevo tan dentro, a veces no me doy cuenta que caigo en el ridículo. Terminamos como muy buenas amigas, aunque sin quedar para tomar copas. Transcurrido el necesario tiempo de oscuridad y reposo, como un muerto con la sabana por la cara, me uní a mis hermanos y para ir a las grandes piscinas. ¿Y a mí qué se me ocurrió? Pues practicar ejercicios de Aquagym en un jacuzzi. Se unieron a nosotros una pareja de Fuente Álamo, una rusa y un cartagenero. Uno, dos, rodillas arriba… Uno, dos, bicicleta… Uno dos, tijera... Fue todo muy divertido y práctico. Fue tal el espíritu de camaradería que impusimos entre los gimnastas que hasta el cartagenero creía que pertenecíamos a un grupo de amigos, jajaja…

Para variar nos fuimos de tiendas para comprar suvenires.

Por la tarde, paseo, misa y casino con aperitivo (con el correspondiente triduo que no es otra cosa que patatas chips, olivas y almendras). En esta ocasión jugamos al dominó. De seis juegos yo gané cinco y recordé el dicho: afortunado en el juego, desafortunado en amores. Pues no es mi caso…

Y llego el ultimo día que dedicamos a hacernos fotos en las piscinas, de las cuales la más bonita fue aquella en la que imitamos a los angelitos de la Madonna Sixtina, de Rafael, que yo vi en Dresde. Allí echamos una larga conversación con Olga Dimitrova, una espía rusa, o eso decía ella o eso creí entender yo con el agua en los oídos, que nos presentó a su marido, teniente coronel de la guardia civil de Águilas, pero ya jubilado y ahora ejerciendo de abogado en Librilla. ¡Vaya mezcolanza, vive dios!

Y al fin tocaba preparar el equipaje para dejar la habitación y entregar las tarjetas. En el mostrador del hall compré un décimo de lotería que dio pie a que un señor que se encontraba a mi lado me dijera que iba a tocar el terminado en ocho. Yo llevaba uno que terminaba en nueve. Al comentarle al señor tal infausta circunstancia, me respondió muy varonil que a mí ya me había tocado la lotería, lo cual me dio pie a establecer un diálogo la mar de original:

n  —No entiendo qué quiere usted decir, caballero…

n  —Que usted tiene más años de los que aparenta y que goza de muy buena salud. Desprende una energía que ilumina la estancia…

¿Es usted psiquiatra? –dije yo sorprendida.

n  —No, soy mentalista y además sé que en estas termas estuvo el gran Julio Cesar tomando las aguas –me contestó impertérrito.

n  —Pues mire usted, yo he visto hace poco en Roma junto a mi hijo Pepe el de la mejora los descubrimientos arqueológicos del lugar en que mataron a Julio Cesar.

n  —Pues en España hay que ver muchos sitios interesantes antes de salir al extranjero –me dijo el muy ladino con toda la aviesa intención que emanaba de su perfume con olor a pachuli.

Como me esperaba Conchita con el coche en marcha, tuve que cortar la conversación con el donjuán. Comimos en Murcia en su casa y después mi hijo Juan el cultureta me recogió para llevarme a Águilas.

 

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