12,13, 14 y 15 de Junio de 2025
Hace meses que vengo comentando a
mis hijos el deseo de visitar Roma para ganar el jubileo y además poder
disfrutar de una exposición temporal que ha conseguido reunir en la Ciudad
Eterna a veinticuatro de los setenta y ocho cuadros que mi pintor favorito
Caravaggio inmortalizó durante su corta pero impresionante existencia. Pepe, el
más osado de mis hijos, sin preguntar a nadie, me dio una sorpresa al decirme
que había comprado cuatro entradas para esa exposición y que ya no había
solución, ¡teníamos que ir a Roma! La más lista de mis hijas se ofreció a
reservar el hotel que mi hijo Pepe y yo habíamos elegido para hacer la faena
completa, el Hotel Caravaggio, de tres estrellas que bien podrían haber sido
dos satélites o un meteorito, bien es sabido que los hoteles en Roma distan
mucho de ser de una calidad excelsa. Por asuntos personales y laborales ni mi
hijo Juan ni mis nueras Bernarda y Rocío podían acompañarnos en la fecha en la
que nos habían adjudicado las entradas para la exposición, el 14 de junio a las
9 de la noche, así que se lo propusimos al que bien podría ser, del cariño que
le profeso, mi cuarto hijo: mi sobrino Roberto. Tardó ocho décimas de segundo
en decirnos que se vendría con nosotros tres…
Por fin llegó el ansiado día y
salí de Lorca en un flamante Audi con mis hijos Carmen y Pepe, ella, una magnífica
guida con su perfecto dominio del inglés y aunque no tanto, del italiano y él,
un encargado de la logística y afamado viajero. Tras recoger a mi sobrino a
medio camino llegamos al aeropuerto Miguel Hernández de Alicante. En la
terminal, aunque me salté las indicaciones del control para pasar por el arco,
ni me detuvieron ni me cachearon, cosa que me dejó un poco desilusionada. Me
sorprende la última ampliación. Con el miedo en el cuerpo nos elevamos por esos
cielos. Llevaba asiento de ventanilla, lo que me permitía contemplar y
fotografiar el estrecho de Bonifacio entre Córcega y Cerdeña, deseo pendiente
desde la última vez que volé por el Mediterráneo. La llegada a Roma me
tranquilizó. Ese sí que es un aeropuerto gigantesco, que lleva el nombre de uno
de los grandes genios de la humanidad, Leonardo da Vinci. Un taxi que mi hija
Carmen había contratado, como se dice vulgarmente, por la patilla, nos llevó
por la autostrada hasta el centro de la ciudad, pudiendo observar durante el
trayecto los frondosos pinos, la catedral de S. Pablo Extramuros, los edificios
universitarios, la Pirámide de Cayo VI que pidió ser enterrado como un egipcio,
la muralla de Aureliano, robusta construcción en ladrillo rojizo, como los más
antiguos monumentos de Roma. Pasamos por el Coliseo, el foro y la columna de
Trajano, por el Arco de Constantino para finalmente llegar al Hotel Caravaggio,
un antiguo edificio decorado con reproducciones de cuadros del famoso pintor
italiano que le da nombre. Me llamó la atención el prehistórico ascensor con
cerrajería de hierro que nos propusieron utilizar para subir al primer piso
pero, después de sentarme en él junto a mi hija Carmen para probarlo, preferí
utilizar las escaleras y seguir viviendo unos años más…
Tras dejar nuestros escuetos equipajes,
unas mochilas, en la habitación, empezamos el recorrido andando bajo un tórrido
sol hacia el Trastevere, solamente interrumpido por una parada para comprar un
cucurucho de puro helado italiano. Elegí el de sabor a after eight, menta y
chocolate (“Verde que te quiero verde…”, G. Lorca), tan abundante que me
chorreó hasta el codo. En adelante, cuando esté degustando un helado, espero
experimentar el efecto “magdalena” de Proust (“A la recherche du temps perdú”).
Enseguida damos con el Teatro Maximo del que sólo quedan unos arcos de la
fachada. Y allí está el Tiber, ¡oh, río
divino ¡, a cuya orilla nos sentamos en un restaurante para saborear la
“perichena”, traducida al castellano como el aperitivo, que toman los italianos
de siete a nueve de la tarde, frente al territorio de la “Isola Tiberina”,
deleitándonos con una encantadora puesta de sol, unas croquetas de patata y
unos Splitz…
Dimos un nostálgico paseo por el
barrio judío con su bella sinagoga, deteniéndonos en las cadenas que daban
acceso al guetto, exponente de la ignominia humana que aún conserva en sus
paredes los recuerdos de tan desagradable acontecimiento. Seguimos andando
hasta el Campo di Fiori para ver y recordar a Giordano Bruno, un personaje
histórico que atraía mucho a mi marido por la perseverancia en sus creencias y
su trágico final y terminamos en la Piazza Navona. Como ya había anochecido nos
encontramos con esa magnífica Fuente de los Ríos iluminada (Ganges, Nilo,
Amazonas y Rio de la Plata), con ese blanco resplandeciente que da el mármol de
Carrara esculpido por Bernini, que dejó a Roberto en un éxtasis místico del
que, apurado, tardó en salir (“La vita é bella”). Mi hija Carmen aprovechó
entonces para contarnos la anécdota de por qué la figura que mira hacia una
iglesia que está junto enfrente, diseñada por Borromini, enemigo de profesión
de Bernini, levanta el brazo para taparse la cara y no contemplarla. Según dice
mi ilustrada hija, al no ganar Bernini el concurso para construirla, el maestro
escultor y gran arquitecto se mofó con ese gesto de ella (“que no quiero
verla”, G. Lorca). El grupo escultórico de la fuente está coronado por uno de
los doce obeliscos egipcios que embellecen Roma. Al recordar que fue un
hipódromo donde tenían lugar las carreras de cuadrigas (que no cuádrigas) dejé
volar la imaginación y vi a mi amiga Maribel que, cual Flavia rediviva,
levantaba el látigo gritándoles a los cuatros caballos de su cuadriga y yo,
Cornelia, situada en la “espina” para mover los delfines que contaban las
vueltas. Nos sentamos a tomar unos refrescos y aprovechar el mágico momento
(“Carpe diem”, como decía Horacio). La placeta estaba a rebosar de gente, con
pakistaníes que juegan con bolas azules brillantes que se elevan al cielo para
intentar vendérselas a los turistas. Ya llegada la noche, como en los
claroscuros del pintor, cogimos un taxi y nos retiramos a descansar (“Tempus
fugit”)…
Amaneció el segundo día y observé
que lo hacía muy temprano pues claro,
estamos más al este. Nada más abrir los ojos vi dos cuadros, a un lado un
bodegón y a otro la caída del caballo de Saulo, posteriormente S. Pablo, del
pintor que da nombre al hotel. Tras el desayuno en el hotel nos dirigimos a pie
hacia la Fontana de Trevi. Fotos, fotos y más fotos. Unos cafés contemplándola
al lado de una tienda de souvenir decidieron el camino a seguir de los cuatro
impenitentes viajeros. Nos separamos en dos grupos: Pepe y Roberto se fueron a
ver el monumento a Vittorio Emanuele, último rey de Cerdeña y primero de
Italia, el Coliseo, creyendo los muy ladinos que se encontrarían allí al
protagonista de Gladiator II y el pequeño Moisés de Miguel Ángel que según nos
dijeron después, les defraudó mucho; mientras tanto, Carmen y yo nos dirigimos
al Museo Etrusco, una de mis asignaturas pendientes de viajes anteriores.
Podríamos decir que es el museo de la muerte porque la mayor parte de lo
expuesto está sacada de tumbas, cementerios y cistas para guardar las cenizas
de los difuntos. Salas y salas de la más bella cerámica griega en rojo con
figuras en negro y negras con figuras en rojo, delicadamente decoradas con
temas mitológicos y homéricos. El más repetido, Eracles (Hércules). Nos
detuvimos en el sepulcro de los esposos sonrientes (la famosa sonrisa etrusca)
para fotografiarme con ellos. ¿Por qué sonríen? Pues porque pensaban que tras
la muerte iban a un gran banquete. El museo contenía verdaderas curiosidades. A
mí me encantó sobre todo la Gorgona Medusa con sus cabellos de culebras y su
expresión malvada. Abundaban los objetos metálicos de la edad del hierro como
las colecciones de espejos de mano. Antes de salir vimos a una señora tumbada
en una camilla tras haber sufrido una lipotimia. Ya fuera del recinto y con
cuarenta grados a la sombra intentamos parar algún taxi. Misión imposible. De
nada sirvieron los teléfonos apuntados, ni los intentos desde dentro por la
empleada del museo. Viendo que no lográbamos nada tuve una idea: pedirle al
beato Fray Leopoldo de Alpandeire que nos ayudara. ¡Y el milagro se hizo! Menos
mal que estaba Carmen para dar fe de lo que digo. De lo contrario nadie me
creería. En pocos minutos nos llegó un taxi que nos dejó fresquitas en la
placetilla del Fico. Alli, con un refrigerio de lo más necesario en esos
momentos para mantener la tensión en sus números correctos, establecí una discusión
lingüística sobre si Fico es higo o higuera en italiano. Alguno lo comprueba en
el móvil y todos contentos. Yo defendía la tesis del significado de higuera,
bajo cuya sombra estábamos sentados, y ellos la de higo. Ambas eran correctas.
También me llamaron la atención durante nuestros paseos por la ciudad las
tapaderas de las bocas de alcantarillas con las letras tan lorquinas en nuestra
Semana Santa de SPQR (Senatus Populus Que Romanus), los adoquinados de las
calles y los almohadillados de los edificios. Estos últimos empezaron siendo
elementos defensivos contra los proyectiles enemigos y terminaron siendo
decorativos a partir del Renacimiento.
De allí nos dirigimos a un
restaurante que Carmen conocía de sus incursiones anteriores para aprender el idioma,
la Cocina del Teatro, donde pudimos saborear la auténtica pasta fresca
italiana, fetuccini a la carbonara y al tartufo y lasaña. Siguiendo el
itinerario previsto salimos andando hacia el Ara Pacis Augustae, altar de
sacrificios ordenado construir por el senado romano para celebrar las victorias
de Augusto en la Galia y en Hispania, marcando el periodo de la paz de tan
regio emperador. Escuchando los actuales tambores de guerra pensamos que “Si
vis pacem, para bellum” (si quieres la paz, prepárate para la guerra). Nunca
tanto como ahora deberíamos invocar a la diosa Pax. Nos impresionaron
sobremanera los relieves laterales a modo de procesión familiar del emperador y
las cabezas de bueyes sacrificados en el altar, así como el nuevo edificio
construido recientemente en cristal para albergarlo. Siguió el calor asfixiante
(“estos días azules y este sol de la infancia”, A. Machado). Algo totalmente
nuevo para mí fue la reciente excavación del senado con los restos de edificios
anexos. Allí mismo fuimos testigos de la historia imaginando cómo asesinaron a
Julio Cesar (“ Et tu, Brute? “). Y siguió el problema del taxi, maldición
repetitiva de Roma, ahora aumentado por ser sábado. Así que volví a invocar a
mi fraile capuchino, con el mismo resultado, lo que nos permitió llegar al
hotel a descansar un poco y prepararnos para entrar al museo Barberini donde se
exponían los cuadros de Caravaggio, verdadero motivo de mi ansiado viaje…
Pero por el camino aún me quedaba una
sorpresa mayúscula. Cuando menos lo esperábamos, como suele suceder en Roma
cuando pateas sus calles, nos encontramos de sopetón, en un cruce de dos
calles, la Via de las fuentes y la Via del Quirinale, con las Cuatro Fuentes,
como aquellos Cuatro Canti (suena a cuatro cantones) de Palermo. Estas, con
esculturas masculinas, los ríos Tíber y Arno, que simbolizan a Roma y a
Florencia, y femeninas, Diana y Juno, que simbolizan la lealtad y la fortaleza;
aquellos, con las esculturas de reyes de España en los chaflanes de las cuatro
esquinas, no en vano estábamos en la “chitá dell’aqua”. Continuamos por una
empinadísima cuesta que me recordó que la ciudad está construida sobre siete
colinas. Para hacer tiempo tomamos unos refrescos en el bar del museo hasta
incorporarnos a la larga cola de entrada. La emoción me embargaba. Por fin iba
a ver los cuadros que he estado estudiando durante días. Pensaba explicarle
todos ellos a mis acompañantes pero los dos gladiadores que llevábamos de
escolta desaparecieron como por arte de birlibirloque entre el gentío y nos
quedamos solas mi hija Carmen y yo entre tanta belleza. Entonces pensé en lo
que hubiesen disfrutado mis amigos pintores, Carmen Griñán y Rafael Artero.
Observé que la cara del pintor estaba presente en muchos de sus cuadros, por
ejemplo era la de Holofernes, la de Goliat, la de San Juan Bautista, la del
joven Baco con la cabeza cubierta de racimos de uva… Las dos primeras con
expresión violentamente trágicas ante el degollamiento, tema obsesivo para este
Miguel Ángel Merisi, su auténtico nombre, tras ser perseguido por la justicia
acusado de un asesinato, cuyo castigo consistía en cortarle la cabeza al reo de
muerte. Para mí es uno de los mejores pintores de todos los tiempos. Auténtico
barroco el de un pintor que no dibujaba como era la costumbre de la época, sino
que pintaba del natural con personajes de la calle y con los fondos oscuros
propios del tenebrismo. Sin embargo, no se le valoró hasta finales del siglo
XIX y principios del XX. Nos miró fijamente como si quisiera decirnos algo.
¿Que el arte lo ha hecho inmortal?, parecía decir. Me aturde tanta belleza…
Como cantaban Romina y Albano… ¡Oh, qué “felichitá”! “Felichitá…felichitá… la
la la la… Felichitá”, felichitá”. Lo único que no comprendí fue la negativa de
otras iglesias de Roma y otros museos del mundo a prestar sus cuadros a la
exposición. Salimos a la tienda del museo para comprar libros (sólo uno en
castellano), camisetas y souvenires. Terminamos el día cenando unas pizzas en
un típico restaurante italiano de mesitas con manteles de cuadros rojos y
blancos que le recordaban a Roberto los de su casa de la infancia. Intentamos
comprar uno, pero el dueño se negó. Una hora después y desaparecido tan
antipático caballero, el camarero nos regaló no uno sino dos manteles. Roberto
de Alpandeire tuvo mucho que ver en ello. Acabó la jornada y nos fuimos, sobre
todo yo, tan felices a dormir...
Llegó el último día y no había probado
todavía un buen café capuchino. Aproveché el desayuno para decirle al camarero
del hotel que me hiciera uno italiano, no como los que me tomo en el Expresso
de Lorca, que parecen franciscanos en vez de capuchinos. Iniciamos la caminata
a pie hacia Santa María de la Victoria para contemplar la Santa Teresa de
Bernini. Atravesamos la magnífica Plaza de la República, ahora en obras para
instalar el metro. Seguimos por la fuente del bíblico Moisés, con sus
cuernecillos tradicionales, que no son tales sino la representación de las
ráfagas de luz divina. Su expresión es la de la “terribilitá” que tanto utilizó
Miguel Ángel. Le preceden leones gigantes con inscripciones en jeroglífico
egipcio. Dentro encontramos una maravillosa iglesia barroca. Santa Teresa nos
conmueve con esa expresión de placer místico, como Roberto admirando la Fuente
de los Ríos, mientras el ángel sonríe y le clava la flecha dorada como la luz
que cae del cielo. A los lados, en unos balconcillos, unos hombres se asoman a
ver el tránsito…
Hay que aprovechar las últimas
horas para echar una ojeada al Panteón de Agripa, único edificio de la
antigüedad romana que se conserva intacto. Seguimos hasta la Piazza di Spagna
para que Roberto suba las escaleras. Volvemos por la Via Condotti para hacerme
la fotografía en la cafetería Greco. Pasamos por la embajada española cuando
más apretaba el calor y cogimos un taxi que nos llevó a Santa María la Mayor,
una de las cuatro catedrales de la Ciudad por antonomasia, donde ganamos el
jubileo y visitamos la tumba del papa Francisco, fallecido hace unos meses, en
el momento de la misa que por supuesto, escuchamos en italiano. El Papa estaba
enterrado en un humilde sepulcro cerrado por una losa con su nombre,
FRANCISCUS. Como en tantos sitios, había una larguísima fila de entrada, pero
¡oh sorpresa¡, una señora vigilante se me acercó para decirme que entrara por
la fila paralela totalmente libre de gente y que mis acompañantes me siguieran.
Tuve la sensación de que nos estábamos colando ante los ojos de todo el mundo,
pero Carmen me tranquilizó al comunicarme que era el camino para mayores, niños
y minusválidos. Alguna vez tenía que aprovecharme de la vejez… jajajá…
Agotamos los últimos momentos en acercarnos
a la iglesia de San Luis de los Franceses, en la cual se encontraban varios
cuadros de Caravaggio, pero no nos permitieron entrar porque se iba a celebrar
una misa Pontifical Mayor. Efectivamente, a los pocos segundos, apareció una
procesión de diáconos, la mayoría negros, vestidos de blanco, con monaguillos
esparciendo incienso a su alrededor. El obispo se hacía destacar por la mitra.
Nos quedamos con la fachada en la que lucen S. Luis IX, rey de Francia y
Carlomagno. Al lado, una librería de nombre Stendhal, como no podía ser de otra
manera: El francés que más disfrutó de la belleza artística de Roma y que ha
dado su nombre a todo un síntoma…
Por desgracia, se hacía la hora
de recoger el equipaje y prepararnos para el vuelo que nos devolvería a nuestra
rutina cotidiana. ¿Todo esto me ha pasado en realidad o ha sido un bello sueño?
Gracias Carmen, gracias Pepe, gracias Roberto por haber convertido este sueño
en realidad. Nunca pensé que a mi edad pudiera conseguirlo. Lo recordaré
siempre “antes de que todos esos momentos se pierdan en el tiempo como lágrimas
en la lluvia” (Blade Runner).
Adio , ROMA,
adio
Epílogo 1: Como filóloga y con
esa curiosidad infinita que me caracteriza, he investigado sobre el nombre de
tan histórica ciudad y de las muchas teorías me quedo con la reciente de
Massimo Pittau (“Studi sulla lingua etrusca”) que no la considera ligada al
Tíber, como antes se creía, sino a la palabra etrusca “ruma” (pecho o mama).
Así Roma vendría de la forma del terreno sobre el que se asienta, las colinas
del Palatino y el Aventino, cuyas curvas recuerdan las formas de un pecho
femenino (¿Dónde queda entonces la loba amamantando a Rómulo y Remo?) Epílogo 2: Los grandes monumentos no aparecen porque ya los visité en
dos viajes anteriores. Chani “locuta,
causa finita”.
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