lunes, 5 de enero de 2026

Arrivederchi, Roma

 

    

                                                                                                                                                               12,13, 14  y 15 de Junio de 2025                                                                                                                                              

Hace meses que vengo comentando a mis hijos el deseo de visitar Roma para ganar el jubileo y además poder disfrutar de una exposición temporal que ha conseguido reunir en la Ciudad Eterna a veinticuatro de los setenta y ocho cuadros que mi pintor favorito Caravaggio inmortalizó durante su corta pero impresionante existencia. Pepe, el más osado de mis hijos, sin preguntar a nadie, me dio una sorpresa al decirme que había comprado cuatro entradas para esa exposición y que ya no había solución, ¡teníamos que ir a Roma! La más lista de mis hijas se ofreció a reservar el hotel que mi hijo Pepe y yo habíamos elegido para hacer la faena completa, el Hotel Caravaggio, de tres estrellas que bien podrían haber sido dos satélites o un meteorito, bien es sabido que los hoteles en Roma distan mucho de ser de una calidad excelsa. Por asuntos personales y laborales ni mi hijo Juan ni mis nueras Bernarda y Rocío podían acompañarnos en la fecha en la que nos habían adjudicado las entradas para la exposición, el 14 de junio a las 9 de la noche, así que se lo propusimos al que bien podría ser, del cariño que le profeso, mi cuarto hijo: mi sobrino Roberto. Tardó ocho décimas de segundo en decirnos que se vendría con nosotros tres…

Por fin llegó el ansiado día y salí de Lorca en un flamante Audi con mis hijos Carmen y Pepe, ella, una magnífica guida con su perfecto dominio del inglés y aunque no tanto, del italiano y él, un encargado de la logística y afamado viajero. Tras recoger a mi sobrino a medio camino llegamos al aeropuerto Miguel Hernández de Alicante. En la terminal, aunque me salté las indicaciones del control para pasar por el arco, ni me detuvieron ni me cachearon, cosa que me dejó un poco desilusionada. Me sorprende la última ampliación. Con el miedo en el cuerpo nos elevamos por esos cielos. Llevaba asiento de ventanilla, lo que me permitía contemplar y fotografiar el estrecho de Bonifacio entre Córcega y Cerdeña, deseo pendiente desde la última vez que volé por el Mediterráneo. La llegada a Roma me tranquilizó. Ese sí que es un aeropuerto gigantesco, que lleva el nombre de uno de los grandes genios de la humanidad, Leonardo da Vinci. Un taxi que mi hija Carmen había contratado, como se dice vulgarmente, por la patilla, nos llevó por la autostrada hasta el centro de la ciudad, pudiendo observar durante el trayecto los frondosos pinos, la catedral de S. Pablo Extramuros, los edificios universitarios, la Pirámide de Cayo VI que pidió ser enterrado como un egipcio, la muralla de Aureliano, robusta construcción en ladrillo rojizo, como los más antiguos monumentos de Roma. Pasamos por el Coliseo, el foro y la columna de Trajano, por el Arco de Constantino para finalmente llegar al Hotel Caravaggio, un antiguo edificio decorado con reproducciones de cuadros del famoso pintor italiano que le da nombre. Me llamó la atención el prehistórico ascensor con cerrajería de hierro que nos propusieron utilizar para subir al primer piso pero, después de sentarme en él junto a mi hija Carmen para probarlo, preferí utilizar las escaleras y seguir viviendo unos años más…

Tras dejar nuestros escuetos equipajes, unas mochilas, en la habitación, empezamos el recorrido andando bajo un tórrido sol hacia el Trastevere, solamente interrumpido por una parada para comprar un cucurucho de puro helado italiano. Elegí el de sabor a after eight, menta y chocolate (“Verde que te quiero verde…”, G. Lorca), tan abundante que me chorreó hasta el codo. En adelante, cuando esté degustando un helado, espero experimentar el efecto “magdalena” de Proust (“A la recherche du temps perdú”). Enseguida damos con el Teatro Maximo del que sólo quedan unos arcos de la fachada.  Y allí está el Tiber, ¡oh, río divino ¡, a cuya orilla nos sentamos en un restaurante para saborear la “perichena”, traducida al castellano como el aperitivo, que toman los italianos de siete a nueve de la tarde, frente al territorio de la “Isola Tiberina”, deleitándonos con una encantadora puesta de sol, unas croquetas de patata y unos Splitz…

Dimos un nostálgico paseo por el barrio judío con su bella sinagoga, deteniéndonos en las cadenas que daban acceso al guetto, exponente de la ignominia humana que aún conserva en sus paredes los recuerdos de tan desagradable acontecimiento. Seguimos andando hasta el Campo di Fiori para ver y recordar a Giordano Bruno, un personaje histórico que atraía mucho a mi marido por la perseverancia en sus creencias y su trágico final y terminamos en la Piazza Navona. Como ya había anochecido nos encontramos con esa magnífica Fuente de los Ríos iluminada (Ganges, Nilo, Amazonas y Rio de la Plata), con ese blanco resplandeciente que da el mármol de Carrara esculpido por Bernini, que dejó a Roberto en un éxtasis místico del que, apurado, tardó en salir (“La vita é bella”). Mi hija Carmen aprovechó entonces para contarnos la anécdota de por qué la figura que mira hacia una iglesia que está junto enfrente, diseñada por Borromini, enemigo de profesión de Bernini, levanta el brazo para taparse la cara y no contemplarla. Según dice mi ilustrada hija, al no ganar Bernini el concurso para construirla, el maestro escultor y gran arquitecto se mofó con ese gesto de ella (“que no quiero verla”, G. Lorca). El grupo escultórico de la fuente está coronado por uno de los doce obeliscos egipcios que embellecen Roma. Al recordar que fue un hipódromo donde tenían lugar las carreras de cuadrigas (que no cuádrigas) dejé volar la imaginación y vi a mi amiga Maribel que, cual Flavia rediviva, levantaba el látigo gritándoles a los cuatros caballos de su cuadriga y yo, Cornelia, situada en la “espina” para mover los delfines que contaban las vueltas. Nos sentamos a tomar unos refrescos y aprovechar el mágico momento (“Carpe diem”, como decía Horacio). La placeta estaba a rebosar de gente, con pakistaníes que juegan con bolas azules brillantes que se elevan al cielo para intentar vendérselas a los turistas. Ya llegada la noche, como en los claroscuros del pintor, cogimos un taxi y nos retiramos a descansar (“Tempus fugit”)…

Amaneció el segundo día y observé que lo hacía muy temprano  pues claro, estamos más al este. Nada más abrir los ojos vi dos cuadros, a un lado un bodegón y a otro la caída del caballo de Saulo, posteriormente S. Pablo, del pintor que da nombre al hotel. Tras el desayuno en el hotel nos dirigimos a pie hacia la Fontana de Trevi. Fotos, fotos y más fotos. Unos cafés contemplándola al lado de una tienda de souvenir decidieron el camino a seguir de los cuatro impenitentes viajeros. Nos separamos en dos grupos: Pepe y Roberto se fueron a ver el monumento a Vittorio Emanuele, último rey de Cerdeña y primero de Italia, el Coliseo, creyendo los muy ladinos que se encontrarían allí al protagonista de Gladiator II y el pequeño Moisés de Miguel Ángel que según nos dijeron después, les defraudó mucho; mientras tanto, Carmen y yo nos dirigimos al Museo Etrusco, una de mis asignaturas pendientes de viajes anteriores. Podríamos decir que es el museo de la muerte porque la mayor parte de lo expuesto está sacada de tumbas, cementerios y cistas para guardar las cenizas de los difuntos. Salas y salas de la más bella cerámica griega en rojo con figuras en negro y negras con figuras en rojo, delicadamente decoradas con temas mitológicos y homéricos. El más repetido, Eracles (Hércules). Nos detuvimos en el sepulcro de los esposos sonrientes (la famosa sonrisa etrusca) para fotografiarme con ellos. ¿Por qué sonríen? Pues porque pensaban que tras la muerte iban a un gran banquete. El museo contenía verdaderas curiosidades. A mí me encantó sobre todo la Gorgona Medusa con sus cabellos de culebras y su expresión malvada. Abundaban los objetos metálicos de la edad del hierro como las colecciones de espejos de mano. Antes de salir vimos a una señora tumbada en una camilla tras haber sufrido una lipotimia. Ya fuera del recinto y con cuarenta grados a la sombra intentamos parar algún taxi. Misión imposible. De nada sirvieron los teléfonos apuntados, ni los intentos desde dentro por la empleada del museo. Viendo que no lográbamos nada tuve una idea: pedirle al beato Fray Leopoldo de Alpandeire que nos ayudara. ¡Y el milagro se hizo! Menos mal que estaba Carmen para dar fe de lo que digo. De lo contrario nadie me creería. En pocos minutos nos llegó un taxi que nos dejó fresquitas en la placetilla del Fico. Alli, con un refrigerio de lo más necesario en esos momentos para mantener la tensión en sus números correctos, establecí una discusión lingüística sobre si Fico es higo o higuera en italiano. Alguno lo comprueba en el móvil y todos contentos. Yo defendía la tesis del significado de higuera, bajo cuya sombra estábamos sentados, y ellos la de higo. Ambas eran correctas. También me llamaron la atención durante nuestros paseos por la ciudad las tapaderas de las bocas de alcantarillas con las letras tan lorquinas en nuestra Semana Santa de SPQR (Senatus Populus Que Romanus), los adoquinados de las calles y los almohadillados de los edificios. Estos últimos empezaron siendo elementos defensivos contra los proyectiles enemigos y terminaron siendo decorativos a partir del Renacimiento. 

De allí nos dirigimos a un restaurante que Carmen conocía de sus incursiones anteriores para aprender el idioma, la Cocina del Teatro, donde pudimos saborear la auténtica pasta fresca italiana, fetuccini a la carbonara y al tartufo y lasaña. Siguiendo el itinerario previsto salimos andando hacia el Ara Pacis Augustae, altar de sacrificios ordenado construir por el senado romano para celebrar las victorias de Augusto en la Galia y en Hispania, marcando el periodo de la paz de tan regio emperador. Escuchando los actuales tambores de guerra pensamos que “Si vis pacem, para bellum” (si quieres la paz, prepárate para la guerra). Nunca tanto como ahora deberíamos invocar a la diosa Pax. Nos impresionaron sobremanera los relieves laterales a modo de procesión familiar del emperador y las cabezas de bueyes sacrificados en el altar, así como el nuevo edificio construido recientemente en cristal para albergarlo. Siguió el calor asfixiante (“estos días azules y este sol de la infancia”, A. Machado). Algo totalmente nuevo para mí fue la reciente excavación del senado con los restos de edificios anexos. Allí mismo fuimos testigos de la historia imaginando cómo asesinaron a Julio Cesar (“ Et tu, Brute? “). Y siguió el problema del taxi, maldición repetitiva de Roma, ahora aumentado por ser sábado. Así que volví a invocar a mi fraile capuchino, con el mismo resultado, lo que nos permitió llegar al hotel a descansar un poco y prepararnos para entrar al museo Barberini donde se exponían los cuadros de Caravaggio, verdadero motivo de mi ansiado viaje…   

     Pero por el camino aún me quedaba una sorpresa mayúscula. Cuando menos lo esperábamos, como suele suceder en Roma cuando pateas sus calles, nos encontramos de sopetón, en un cruce de dos calles, la Via de las fuentes y la Via del Quirinale, con las Cuatro Fuentes, como aquellos Cuatro Canti (suena a cuatro cantones) de Palermo. Estas, con esculturas masculinas, los ríos Tíber y Arno, que simbolizan a Roma y a Florencia, y femeninas, Diana y Juno, que simbolizan la lealtad y la fortaleza; aquellos, con las esculturas de reyes de España en los chaflanes de las cuatro esquinas, no en vano estábamos en la “chitá dell’aqua”. Continuamos por una empinadísima cuesta que me recordó que la ciudad está construida sobre siete colinas. Para hacer tiempo tomamos unos refrescos en el bar del museo hasta incorporarnos a la larga cola de entrada. La emoción me embargaba. Por fin iba a ver los cuadros que he estado estudiando durante días. Pensaba explicarle todos ellos a mis acompañantes pero los dos gladiadores que llevábamos de escolta desaparecieron como por arte de birlibirloque entre el gentío y nos quedamos solas mi hija Carmen y yo entre tanta belleza. Entonces pensé en lo que hubiesen disfrutado mis amigos pintores, Carmen Griñán y Rafael Artero. Observé que la cara del pintor estaba presente en muchos de sus cuadros, por ejemplo era la de Holofernes, la de Goliat, la de San Juan Bautista, la del joven Baco con la cabeza cubierta de racimos de uva… Las dos primeras con expresión violentamente trágicas ante el degollamiento, tema obsesivo para este Miguel Ángel Merisi, su auténtico nombre, tras ser perseguido por la justicia acusado de un asesinato, cuyo castigo consistía en cortarle la cabeza al reo de muerte. Para mí es uno de los mejores pintores de todos los tiempos. Auténtico barroco el de un pintor que no dibujaba como era la costumbre de la época, sino que pintaba del natural con personajes de la calle y con los fondos oscuros propios del tenebrismo. Sin embargo, no se le valoró hasta finales del siglo XIX y principios del XX. Nos miró fijamente como si quisiera decirnos algo. ¿Que el arte lo ha hecho inmortal?, parecía decir. Me aturde tanta belleza… Como cantaban Romina y Albano… ¡Oh, qué “felichitá”! “Felichitá…felichitá… la la la la… Felichitá”, felichitá”. Lo único que no comprendí fue la negativa de otras iglesias de Roma y otros museos del mundo a prestar sus cuadros a la exposición. Salimos a la tienda del museo para comprar libros (sólo uno en castellano), camisetas y souvenires. Terminamos el día cenando unas pizzas en un típico restaurante italiano de mesitas con manteles de cuadros rojos y blancos que le recordaban a Roberto los de su casa de la infancia. Intentamos comprar uno, pero el dueño se negó. Una hora después y desaparecido tan antipático caballero, el camarero nos regaló no uno sino dos manteles. Roberto de Alpandeire tuvo mucho que ver en ello. Acabó la jornada y nos fuimos, sobre todo yo, tan felices a dormir...

    Llegó el último día y no había probado todavía un buen café capuchino. Aproveché el desayuno para decirle al camarero del hotel que me hiciera uno italiano, no como los que me tomo en el Expresso de Lorca, que parecen franciscanos en vez de capuchinos. Iniciamos la caminata a pie hacia Santa María de la Victoria para contemplar la Santa Teresa de Bernini. Atravesamos la magnífica Plaza de la República, ahora en obras para instalar el metro. Seguimos por la fuente del bíblico Moisés, con sus cuernecillos tradicionales, que no son tales sino la representación de las ráfagas de luz divina. Su expresión es la de la “terribilitá” que tanto utilizó Miguel Ángel. Le preceden leones gigantes con inscripciones en jeroglífico egipcio. Dentro encontramos una maravillosa iglesia barroca. Santa Teresa nos conmueve con esa expresión de placer místico, como Roberto admirando la Fuente de los Ríos, mientras el ángel sonríe y le clava la flecha dorada como la luz que cae del cielo. A los lados, en unos balconcillos, unos hombres se asoman a ver el tránsito…

Hay que aprovechar las últimas horas para echar una ojeada al Panteón de Agripa, único edificio de la antigüedad romana que se conserva intacto. Seguimos hasta la Piazza di Spagna para que Roberto suba las escaleras. Volvemos por la Via Condotti para hacerme la fotografía en la cafetería Greco. Pasamos por la embajada española cuando más apretaba el calor y cogimos un taxi que nos llevó a Santa María la Mayor, una de las cuatro catedrales de la Ciudad por antonomasia, donde ganamos el jubileo y visitamos la tumba del papa Francisco, fallecido hace unos meses, en el momento de la misa que por supuesto, escuchamos en italiano. El Papa estaba enterrado en un humilde sepulcro cerrado por una losa con su nombre, FRANCISCUS. Como en tantos sitios, había una larguísima fila de entrada, pero ¡oh sorpresa¡, una señora vigilante se me acercó para decirme que entrara por la fila paralela totalmente libre de gente y que mis acompañantes me siguieran. Tuve la sensación de que nos estábamos colando ante los ojos de todo el mundo, pero Carmen me tranquilizó al comunicarme que era el camino para mayores, niños y minusválidos. Alguna vez tenía que aprovecharme de la vejez… jajajá… 

    Agotamos los últimos momentos en acercarnos a la iglesia de San Luis de los Franceses, en la cual se encontraban varios cuadros de Caravaggio, pero no nos permitieron entrar porque se iba a celebrar una misa Pontifical Mayor. Efectivamente, a los pocos segundos, apareció una procesión de diáconos, la mayoría negros, vestidos de blanco, con monaguillos esparciendo incienso a su alrededor. El obispo se hacía destacar por la mitra. Nos quedamos con la fachada en la que lucen S. Luis IX, rey de Francia y Carlomagno. Al lado, una librería de nombre Stendhal, como no podía ser de otra manera: El francés que más disfrutó de la belleza artística de Roma y que ha dado su nombre a todo un síntoma…

Por desgracia, se hacía la hora de recoger el equipaje y prepararnos para el vuelo que nos devolvería a nuestra rutina cotidiana. ¿Todo esto me ha pasado en realidad o ha sido un bello sueño? Gracias Carmen, gracias Pepe, gracias Roberto por haber convertido este sueño en realidad. Nunca pensé que a mi edad pudiera conseguirlo. Lo recordaré siempre “antes de que todos esos momentos se pierdan en el tiempo como lágrimas en la lluvia” (Blade Runner).

                                                                                                                              Adio , ROMA, adio

Epílogo 1: Como filóloga y con esa curiosidad infinita que me caracteriza, he investigado sobre el nombre de tan histórica ciudad y de las muchas teorías me quedo con la reciente de Massimo Pittau (“Studi sulla lingua etrusca”) que no la considera ligada al Tíber, como antes se creía, sino a la palabra etrusca “ruma” (pecho o mama). Así Roma vendría de la forma del terreno sobre el que se asienta, las colinas del Palatino y el Aventino, cuyas curvas recuerdan las formas de un pecho femenino (¿Dónde queda entonces la loba amamantando a Rómulo y Remo?)                                                                          Epílogo 2: Los grandes monumentos no aparecen porque ya los visité en dos viajes anteriores.   Chani “locuta, causa finita”.

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