Por fin llegaba el tan esperado día de visitar la ciudad de Milán para hacerle a Carmen, por su jubilación, el más deseado de los regalos: asistir a la representación de la ópera Turandot de Puccini en el teatro de La Scala —donde se estrenó hacía 100 años—, lo cual sería una sorpresa para ella.
Salimos de Lorca mi nuera Bernarda, mis hijos Carmen y Pepe, y yo, hacia el aeropuerto alicantino Miguel Hernández, de donde partía el vuelo directo a tan famosa ciudad italiana, la del Edicto de Constantino. A mí, como siempre, me dejaron el asiento con ventanilla, aunque poco se podía divisar en un día nublado. Desembarcamos en Malpensa, uno de los tres aeropuertos disponibles.
Por el camino en taxi hacia el hotel contemplamos unas altísimas torres de arquitectura ultramoderna en las que predominaban las líneas curvas y las verticales inclinadas de los rascacielos del distrito de Porta Nuova. Estos fueron construidos en el extrarradio obedeciendo una ley promulgada al finalizar la catedral que prohibía que ningún edificio superara la altura de la Madonnina, la Virgen de la Asunción colocada sobre el más alto de los chapiteles (agujas-torres), una imagen en cobre dorado que resplandece como el faro sagrado de la ciudad.
Después de una hora llegamos al hotel Vechia Milano, que hacía honor a su nombre (Vecchio, viejo), sí, pero muy céntrico. En diez minutos andando ya estábamos en el Duomo. Hacia él nos dirigimos pasando por diferentes edificios públicos de estilo neorrenacentista y deteniéndonos en las famosas Galerías Vittorio Emanuele, que lucían escaparates de las más famosas tiendas de moda. Sólo yo me hice la tradicional foto sobre el toro del suelo, símbolo de la buena suerte.
Llegamos a la plaza justo cuando el sol empezaba a decaer y el mármol del frontis pasaba de amarillo a anaranjado. ¡Esa fachada única del estilo gótico-lombardo! A las puertas ondeaban las banderas de manifestantes palestinos y libaneses protestando por los ataques bélicos de los israelíes. Cerca se encontraba la figura ecuestre de Víctor Manuel II, politico determinante de la tardía unidad italiana. Allí cenamos en una terracita unas pizzas deleitándonos ante tanta belleza.
Antes de recogernos decidimos pasar por La Scala. Estaba cerrada porque ese día no había actuación, pero al leer el cartel del día siguiente, Turandot, Carmen intuyó cuál era el tan secreto regalo. Yo, con engañosas palabras, la convencí de que estaba equivocada. Ante tal desilusión, como madre, no me pude aguantar y le desvelé el enigma. Un estallido de emoción es lo menos que puedo decir: su ópera favorita y en el día de su cumpleaños.
Desde el primer momento me sorprendió la cantidad de tranvías, tanto los más antiguos como los de modernísimos diseños, cuyos cables eléctricos cubrían las calles como un cielo a modo de tela de araña. (Esa noche terminamos viendo el partido del Real Madrid - Bayern de Múnich por televisión; perdieron los españoles).
Amaneció el segundo día espléndido para empezar por la Pinacoteca de Brera, que de forma temporal había ampliado el interés del visitante con un desfile de Armani. Entramos por el patio central de estilo neorrenacentista presidido por la estatua en bronce de Napoleón Bonaparte, que se presentaba como un dios griego, desnudo, con una corona de laurel, una hoja de parra y el manto al hombro en recuerdo del día en que se había coronado rey de Italia. Yo conseguí dar con un Caravaggio, Jesús en casa de Emaús, y un Rafael, Las bodas de la Virgen y S. José. En algunas salas se habían colocado unos bancos con atril, donde se disponía de papel y bolígrafo para quienes quisieran imitar los dibujos de los cuadros. Yo me atreví con uno y lo firmé, pero me olvidé de traérmelo, aunque tengo la fotografía como testimonio, por si me hago famosa. Jajajá,
Mi asombro llegó con el cuadro del pintor romántico italiano Francesco Hayez, "Il bacio" (El beso), famosísimo para Carmen pero desconocido para mí. Siempre pensé que el beso más famoso era el de Gustav Klimt que pude ver en Viena en el Museo Belvedere. Investigando para saciar mi curiosidad, he leído que el beso de Hayez trasciende del amor apasionado del hombre que se despide de su amada porque se va a la guerra y se convierte en una alegoría política en la que el hombre y la mujer simbolizan a Francia e Italia luchando juntos contra los austriacos invasores. Él porta colores de la bandera italiana en las calzas y parte interior de la capa (rojo y verde) y ella los de Francia (azul y blanco) en su vestido.
Recorriendo calles nos sorprende una escultura de una mano en vertical marcando una "peineta" con los dedos cortados salvo el corazón, junto al edificio de la sede de la Bolsa de Milán en el Palazzo Mezzanotte. Se conoce como "Il Dito" (El dedo) y es un gesto obsceno que allí se interpreta como un desprecio al dinero. En ese momento un profesor se lo explicaba a los alumnos. Muy cerca visitamos un museo de arte moderno en el Palazzo Citterio para ver los tres cuadros de Modigliani, el pintor que tanto admira Carmen, y un Picasso.
Unas pizzas para comer y descanso en el hotel para prepararnos para la gran noche de la ópera. Había que vestirse ad hoc. Carmen vistió traje largo; Bernarda pantalón negro y blusa de lentejuelas de colores; Pepe levita oscura y yo de negro riguroso, pantalón de terciopelo y blusa con abalorios. Aunque nos tomamos tiempo, tuvimos que hacer cola para entrar. Impresionante el salón de recepción, impresionante el interior, impresionantes las seis alturas de palcos, impresionante la puesta en escena de Turandot, impresionante la orquesta con más de 50 músicos y de la que sólo veíamos la batuta del director, impresionantes los numerosos coros, impresionantes las dos sopranos y los tenores, impresionante el attrezzo, pero lo más impresionante fuimos nosotras tres con nuestros prismáticos de teatro (los míos de nácar), con los que Pepe nos tiró una magnífica fotografía. La obra consta de tres actos y varios cuadros. Me recordaba las tragedias griegas donde los personajes del coro tienen un papel fundamental. Sin embargo, Turandot no es una tragedia sino un drama lírico, pues, aunque muere una de las protagonistas por amor, el final es feliz. De los dos intermedios de descanso solo salimos en el primero, para el que con anterioridad habíamos reservado unas copas de champán para los brindis, momento que aproveché para comprar un libro sobre esta ópera. No quiero olvidarme, como profesora de literatura que he sido tantos años, del texto que podíamos leer traducido en una patallita que cada uno teníamos delante. Evidentemente muy lírico, lleno de frases admirativas e interrogativas. Hubo momentos muy emotivos, ninguno como el aria Nessun dorma del tercer acto, que contó con un gran aplauso del público cuando llegó el "all'alba vincerò" del príncipe Calaf, tan feliz de saber las respuestas a los tres enigmas impuestos por Turandot a sus pretendientes para casarse con ella. Terminada la actuación, el aplauso duró más de 10 minutos. Íbamos tan felices por la calle que nos animamos incluso a tararear el Bella ciao.
El tercer día visitamos el interior de la catedral. Nos sorprendieron las enormes vidrieras en los laterales y en la girola. Entre las curiosidades, destacaría la lucecita roja en lo más alto de la pared, tras el altar mayor, que recuerda que allí se guarda un clavo de la crucifixión de Jesucristo. En segundo lugar, los enormes cuadros que hacen de puertas de los órganos. Especialmente impactante fue la escultura de San Bartolomé desollado, con los músculos y venas al aire, la piel, a modo de manto, descansa sobre un hombro. Es una visión escalofriante.
Cogimos un taxi para llegar a la iglesia de Santa Maria delle Grazie, donde nos unimos a un grupo con guía, que nos conduciría a la tan deseada Última Cena de Leonardo da Vinci. A la vista de que lo que explicaba sobre la pintura más famosa del mundo era lo que yo ya había estudiado los días anteriores (desde lo que había en los platos hasta los más pequeños detalles secretos, pasando por el color del pelo de los apóstoles), y viendo lo deteriorado que estaba el fresco, nos dedicamos a tirar fotografías, pues sólo disponíamos de quince minutos.
Finalizamos en la Osteria al 29, cerca de la capilla de San Maurizio Monastero Maggliore, considerada la Capilla Sixtina de Milán, y visitando el Castillo de los Sforza, de Ludovico el Moro, muy bien conservado . Al salir por el Parque Sempione hacia el Arco de la Paz, que curiosamente aparece coronado no por una cuadriga sino por una sig mi pensamiento voló inevitablemente hasta las procesiones de Semana Santa de mi querida Lorca.
Y llegó el momento de abandonar Italia.
¡Oh, Milán! Con te partirò...
Su navi, per mari che io lo so,
No, no, non esistono più,
It's time to say goodbye...
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