lunes, 5 de enero de 2026

VIAJE A MARRAKECH

 

Capítulo  1.- Veintiuno de noviembre de 2025. Aeropuerto de Alicante. Mediodía. Primera sorpresa: en el control de pasaportes se nos preguntó si éramos hijos de la gran Bretaña. “¿Nosotros ¿” – respondimos. Al escuchar ese castellano tan perfecto como hablamos los de Murcia, nos mandaron directos al pasillo de los irlandeses y los europeos. Segunda sorpresa: como consecuencia del largo fin de semana con motivo del día de S. Clemente, nos encontramos a los lorquinos conocidos que habían elegido el mismo destino que nosotros. Intenté superar el miedo a volar mirando por la ventanilla. Un extenso mar de nubes blancas “que se diría todas de algodón” ( Platero y yo, de J.R. Jiménez) nos impedían tocar el cielo con las manos. Tercera sorpresa: en vez de dirigirnos al sur, el avión tomó rumbo hacia el norte hasta llegar a Madrid (“se equivocó la paloma, se equivocaba…”, Rafael Alberti). Todo ello motivado por el cierre del espacio aéreo a causa de las maniobras militares de la Cuadrilla Águila en la que la princesa Leonor, la heredera del trono, estaba haciendo maniobras militares. Lo que motivó que llegáramos a Marrakech con media hora de retraso. En tan solo diez minutos atravesamos el Mediterráneo y llegamos al continente africano. Las primeras imágenes del desierto y al fondo la cordillera del Atlas, majestuosa, con las cumbres nevadas, nos anunciaban el inminente aterrizaje. La entrada en un país extranjero no europeo siempre conlleva toda una serie de controles policiales, pero aquí en Marrakech mucho más porque se iba a celebrar un congreso internacional de la Interpol para estudiar, entre otras cosas, el impacto de la Inteligencia Artificial en la seguridad del planeta. Yo debo tener cara de buena porque me sellaron el pasaporte y pasé rápidamente, pero Pepe y Rober fueron examinados concienzudamente. Trabajo costó localizar a nuestro contacto turístico, el simpático Ismail, y cuando lo encontramos nos llevó a nuestro alojamiento en un riad, casa típica marroquí. Allí nos recibió la señora Saida, que significa afortunada y tomamos el té de bienvenida, el primero de los muchos que tomaríamos esos días. Empezaban los problemas con la lengua. Ella solo hablaba árabe, con él lo intentamos en francés, seguimos en inglés y acabamos en italiano porque había trabajado un año en Italia. Llegado el momento del reparto de las habitaciones, reparamos en que no había ascensor y teníamos que subir por unas estrechas y empinadas escaleras donde a cada paso te la jugabas. La primera habitación asignada fue para mí, para eso soy la mayor, aunque no lo parezca. ¡Qué cama! Ni las de las mil y una noches, con un dosel rodeado de tules en granate y blanco. Debe estar hecha para más de dos personas, ¿un trío? Ni sábanas ni almohada, un nórdico y cojines, muchos cojines. Había dos ventanas a la calle y una al patio o riad que da nombre al tipo de casa, con cristales de colores como los farolillos que débilmente iluminaban la habitación. Nada de armarios ¿para qué? Ni sillas, ni sillones, solo dos divanes en rojo carmesí y muchos cojines. La carpintería de puertas y ventanas muy decoradas sobre el mismo rojo carmesí, a través de cuyas rejas podía yo disfrutar de tan estrecha callejuela. Pero lo que más impresionaba era el techo. A semejanza de la Alhambra de Granada, sucesivas cenefas con decoración del alifato en marrón sobre fondo blanco y en el centro la estrella de ocho puntas, dos cuadrados sobrepuestos. Abundantes alfombras… Pero lo del cuarto de baño es otra historia. Había que salir al pasillo y utilizar el de la habitación de Rober. Pusimos horario. Era chiquitillo, chiquitillo, con una ducha en la que casi no se cabía. Ni gel, ni pasta de dientes. Las otras habitaciones tenían armarios, pero no daban a la calle ni tenían el encanto de la mía. Por la noche salimos andando con dirección a la famosa plaza de Jemaa-el-fná, el corazón de la Medina, donde escuchamos al muecín llamar a la oración. La ciudad, que se ofrecía ante nuestros ojos, era del mismo tono de color que el de las arenas del desierto, como rosa tirando a anaranjado. Los edificios más modernos, que utilizaban ladrillos, mantenían el mismo color, que combina muy bien con el verde de los árboles y jardines. Para muchos es conocida como la Ciudad Roja. Una gozada para los pintores. Tras un paseíto nos decidimos a cenar en el restaurante Aqua de magníficas vistas a la inmensa placeta. Yo me decido a saborear un típico plato de tajín de cordero. El nombre le viene de la olla de barro con tapadera en forma de embudo invertido en que se cocina. El postre por el camino de regreso, unos exquisitos dulces de miel y pistachos en un puesto callejero. Se nos había hecho de noche y nos encontramos con calles de nuestro barrio débilmente iluminadas, algunas motos sin luz, sin semáforos ni pasos de cebra. Vamos, que casi podía peligrar la vida, por lo menos la mía, con mi despiste. Como vimos lo laberíntico de las calles Pepe y Rober hicieron fotos en determinados puntos como la cruz verde de una farmacia. 

Capítulo 2.- Con la esperanza de un buen desayuno iniciamos el sábado. Pero más parecía un ligero tentempié, con unos crepes incomibles, dos cuenquecillos de mermelada y dos de mantequilla, cuatro panecillos ácimos, cuatro quesitos, café, leche zumo de naranja y ¡eso sí! Té con hojas de menta. Yo esperaba unos dátiles al menos, pero no, nada de fruta fresca ni frutos secos. Y derechos al zoco, pero los puestos empezaban a abrirse. Los vendedores trasnochan, no madrugan. Nos detuvimos en uno de las primeras tiendecillas que encontramos. La regentaba una chica que vendía aceite de argán, pulseras, pendientes y hacía tatuajes con gena. Era miembro de una cooperativa de mujeres trabajadoras. Decidimos por solidaridad hacer gasto y tanto a Bernarda como a mí nos tatuó una bonita mariposa como las que llevan tatuadas algunos miembros de nuestra familia en la muñeca. Elegimos el color marrón porque la chica nos dijo que duraría más. Nos detuvimos después a contemplar la cúpula de los almorávides, aquellos africanos que nos invadieron hace siglos. A continuación, la Madrassa, centro de estudios del Corán hoy convertido en el museo de Ben Youssef, precioso edificio de decoración árabe que en esos momentos exponía cuadros de una famosa pintora. Nos sentamos en una terraza a descansar para volver al zoco, donde regateando conseguí una mascarilla de madera de un guerrero bereber para mi colección. El vendedor, un simpático ancianito, nos regaló a Bernarda y a mí sendas manos de Fátima para que nos den buena suerte. Comimos temprano, yo couscús, pues pronto vendrían a recogernos para llevarnos al desierto de Agafay. Tiempo de espera hasta que apareciera la furgoneta que nos llevaría por unas carreteras penosas, que poco a poco tratan de mejorar. En el vehículo siete de las diez personas que nos acompañaban eran murcianas. Pasamos numerosas filas de quads preparados para deslizarse por las dunas del desierto, deporte muy de moda, aunque nosotros preferimos el paseo en camello. A mitad del trayecto, y sin prisas, una parada en un poblado bereber donde se fabrican los productos de cosmética de argán. Se empezó la visita con un té de bienvenida, seguido de una demostración de las mujeres triturando los frutos de argán con unas antiquísimas ruedas de piedras de molinos que funcionan a mano, y se terminó en la tienda. Seguimos por las carreteras en obras hasta llegar al desierto. Tiempo de espera hasta que llegara el camellero. Cuando apareció al cabo de un buen rato, solo quedaban cuatro animales de los cuales por lo menos uno era camella, porque estaba amamantando a su cría de dos meses. Y aquí tuvo lugar una de las más famosas hazañas que se recuerdan en el desierto de Agafay, mi paseo sobre el lomo de un camello encabritado. Vamos a ver cómo lo explico. El camellero ató con cuerdas un camello a otro, incluida la hembra, hasta conseguir una recua de cuatro animales. Hizo que se arrodillaran para poder subirnos a ellos. Yo me subí la primera en el último camello de la expedición, pues se suponía que era el más dócil. Una vez sentada en mi montura, los demás empezarían a subir. De repente la hembra, al no ver a su cría, se levantó rugiendo como un león africano e hizo que todos los animales se levantaran también al unísono y empezaran a caminar hacia el desierto sin más pasajero que yo. Como no me enteré de la peligrosa situación en la que me hallaba, ni por un momento me puse nerviosa, y me agarré a mi montura con toda la fuerza de una adolescente de ochenta y tres años. El camellero y sus secuaces no podían detener a las bestias y mis compañeros de viaje ya me veían invadiendo el desierto como Lawrence de Arabia al son de la música de su película:”lalalalalalalalalalalalalalala. Entonces el camellero llamó a sus compañeros: “¡jamalají jamalajá ! “. Esta exclamación traducida al árabe sería algo parecido a “la tía del gorro se nos escapa”. Mientras, Bernarda, Pepe y Rober se asustaron al verme partir sola con los cuatro camellos y el camellito bebé detrás de mí llamando a su madre. Bernarda gritaba ¡mi suegra, mi suegra! Pepe decía ¡mamá, mamá! Y yo sin enterarme de nada, cuidando de que no se me cayera mi sombrerito de exploradora y el pañuelo sobre la boca por si me llegaba alguna tormenta de arena. Si soy sincera, tengo que reconocer que no me enteré de nada. Para mantener el equilibrio, me sujetaba con tanta fuerza al aro de hierro de la montura que las manos me ardían como el fuerte sol del desierto. Fueron los segundos más largos del mundo. Cuando por fin los camilleros consiguieron detener a los animales, volvieron a hacer que se agacharan para que se subieran los demás. Pero Bernarda decía que no se subía a un bicho de esos ni muerta. Al final, entre Rober y Pepe consiguieron convencerla y nos dimos un fantástico paseo los cuatro por las doradas arenas del desierto marroquí, con el bebé camellito siguiéndonos como un corderito. De la hora de paseo que teníamos contratada, Pepe decidió dejarla en diez minutos. Cuando ya nos bajamos, fuera de peligro, nos reíamos a carcajada limpia. Mis hijos tendrían que esperar unos años para heredar. Al atardecer contemplamos una maravillosa puesta de sol sobre una gran duna y compartimos con otros viajeros una cena marroquí en la jaima, amenizada por una banda de bereberes que interpretaban canciones típicas de la zona.  Nos invitaron a Bernarda y a mí a bailar con ellos y eso hicimos, moviéndonos como auténticas odaliscas al son de la música. Por supuesto el público aplaudió nuestra actuación. A la sobremesa, y sentados en círculo con un fuego central, nos ofrecieron un espectáculo de juegos malabares con antorchas encendidas y un joven que echaba fuego por la boca como un dragón. Todo ello en la más profunda oscuridad. El final de fiesta consistió en un breve castillo de fuegos artificiales. A la vuelta, ya cerrada la noche, rendidos por el esfuerzo de la aventura, terminamos el día comiendo chuches en nuestro riad. 

Capítulo 3.- Amanece el domingo con una novedad en el desayuno, Saida ha sustituido los quesitos por una gran tortilla francesa y, como en otras ocasiones, Rober y yo nos sumergimos en la ceremonia del té. Hemos aprendido a escanciarlo subiendo primero la tetera y tirándolo desde lo alto para que se oxigene y bajarla despacio para que haga espuma. Salimos con la intención de visitar lo primero el zoco para realizar algunas compras. Un descanso en una terraza en la que tomamos té y unos pañuelos de hojaldre rellenos de pescado con un plato de olivas picantes que sirvieron de comida. Continuamos directos a la plaza principal porque había llegado el momento tan deseado y motivo del viaje a tierra de bereberes (¿nuestros ancestros ¿) de contemplar a los encantadores de serpientes. ¡Dios mío, Chani, échale valor! Y allí estaba yo, más valiente que nunca, sintiendo por mi cabeza y cuello no una sino varias largas y brillantes cobras. Tengo que confesar que un poco de miedo sí pasé. Cuando Pepe se lo contó a Ismail no se lo podía creer. A los 83 años la abuelita…Y le pidió ver el video. Ni Rober ni Bernarda quisieron pasar por esta arriesgada experiencia. Sin embargo, mi hijo Pepe demostró llevar mi sangre sometiéndose al cosquilleo de tan peligrosos reptiles. Cuando por fin las cobras volvieron a sus cestas, Pepe se quedó con los encantadores de serpientes ajustando el coste de la experiencia. Pasado el estrés llegaron las risas. Descansamos en una terracita de la plaza donde unos acróbatas callejeros nos deleitaron con sus saltos y piruetas, mientras los limpiabotas iban buscando trabajo. Finalmente se pasó la gorra y echamos unos dirhams. ¿Qué más cosas extravagantes nos quedaban por hacer?  Pensé que debía haber alguna comunidad de sefardíes y sugerí una visita al barrio judío. Para llegar cogimos como medio de transporte el típico toktok, un motocarro ajustado con cuatro latas pintadas de colores. Por intrincadas callejuelas (por algunas solo podía pasar una persona) llegamos a la sinagoga. Nos pareció pequeña, pero con mucha historia. La sala de rezos estaba plagada de cuadros con textos escritos en su idioma. A la entrada conseguí leer en inglés el relato de los judíos españoles expulsados por los Reyes Católicos, Isabel y Fernando, en 1492 que se asentaron en esta ciudad. Se llamaban sefardíes por Sefarad, el nombre con que ellos llamaban a España. Los descendientes de aquellos judeoespañoles hoy no sobrepasan los 200. El edificio está pintado en blanco y azul. La sinagoga recibe el nombre de Lazama, que significa “de los deportados”. Realizamos la vuelta a pie para continuar la visita al zoco y comprar souvenires. Ya en la plaza del famoso minarete, la Coutoubia, a cuya mezquita no nos dejaron entrar, por más que Bernarda lo intentó, pues solo se les permite la entrada a los musulmanes, nos sentamos para tomar una merienda-cena. Y terminamos haciendo la vuelta a pie, justo a tiempo de ver, como nos avisó Rober, a una oveja que parecía conducir una moto. La llevaba el conductor delante de su asiento con las patas en el manillar. Una vez en el riad nos preparamos para ver el partido Real Madrid – Elche endulzado con nuevas chuches. Quedó en empate. 

Capítulo 4.- Llegó el último día y solo pudimos aprovechar la mañana. Lo hicimos dirigiéndonos en taxi a visitar los jardines de Les  Majorelles de Ives Saint Lauren, centro de diseños de Haute Cuture que conserva elegantes vestidos del diseñador de moda francés de Christian Dior. Logró ganar el suficiente dinero para hacerse una gran mansión, toda pintada de azul lapislázuli o también llamado de pavo real y rodearla de frondosos jardines. Y ¡qué casualidad ¡ esa mañana yo me había puesto un jersey de ese color, cosa que me comentó un camarero cuando nos sentamos en La table du Palais. Hay que reconocer que tengo intuición. A Bernarda y a mí nos llamó la atención los pantalones babucheros que usan los empleados del museo. Otro taxi nos depositó en el zoco para despedirnos de las compras y me fotografié con un burro que, como Platero, estiraba las orejas cuando le tocaba. Antes de despedirnos todavía nos dio tiempo a entrar en un riad, cafetería-hotel, para refrescarnos en el maravilloso jardín, donde Pepe le enseñó a un camarero cómo funciona la IA tras haberle hecho un video con una escultura de una pantera. En nuestro riad la señora Saida nos despidió con la salutación “janduleklak” (que Alá os proteja) frase que yo le enseñé escrita en mi sortija turca, un amuleto de la buena suerte que me traje de Estambul ¿otra casualidad? En resumen, un deleite para los sentidos, empezando por la vista (ese hermoso atardecer en el desierto con el Atlas al fondo), siguiendo por el tacto (en el zoco no parábamos de tocar las cosas), pasando por el oído (las llamadas a la oración desde los minaretes), recreándonos en el olfato (los olores a especias del zoco) y terminando por el gusto (el sabor del Tajín de cordero y los tés con hojas de menta). 

Epílogo: Me despierto en mi casa de Lorca y creo ver al Segismundo de “La vida es sueño” de D. Pedro Calderón de la Barca decirme al oído: Todo esto ¿ha sido realidad?  ¿no lo habrás soñado? O más bien es que “Toda la vida es sueño y los sueños, sueños son. “

Arrivederchi, Roma

 

    

                                                                                                                                                               12,13, 14  y 15 de Junio de 2025                                                                                                                                              

Hace meses que vengo comentando a mis hijos el deseo de visitar Roma para ganar el jubileo y además poder disfrutar de una exposición temporal que ha conseguido reunir en la Ciudad Eterna a veinticuatro de los setenta y ocho cuadros que mi pintor favorito Caravaggio inmortalizó durante su corta pero impresionante existencia. Pepe, el más osado de mis hijos, sin preguntar a nadie, me dio una sorpresa al decirme que había comprado cuatro entradas para esa exposición y que ya no había solución, ¡teníamos que ir a Roma! La más lista de mis hijas se ofreció a reservar el hotel que mi hijo Pepe y yo habíamos elegido para hacer la faena completa, el Hotel Caravaggio, de tres estrellas que bien podrían haber sido dos satélites o un meteorito, bien es sabido que los hoteles en Roma distan mucho de ser de una calidad excelsa. Por asuntos personales y laborales ni mi hijo Juan ni mis nueras Bernarda y Rocío podían acompañarnos en la fecha en la que nos habían adjudicado las entradas para la exposición, el 14 de junio a las 9 de la noche, así que se lo propusimos al que bien podría ser, del cariño que le profeso, mi cuarto hijo: mi sobrino Roberto. Tardó ocho décimas de segundo en decirnos que se vendría con nosotros tres…

Por fin llegó el ansiado día y salí de Lorca en un flamante Audi con mis hijos Carmen y Pepe, ella, una magnífica guida con su perfecto dominio del inglés y aunque no tanto, del italiano y él, un encargado de la logística y afamado viajero. Tras recoger a mi sobrino a medio camino llegamos al aeropuerto Miguel Hernández de Alicante. En la terminal, aunque me salté las indicaciones del control para pasar por el arco, ni me detuvieron ni me cachearon, cosa que me dejó un poco desilusionada. Me sorprende la última ampliación. Con el miedo en el cuerpo nos elevamos por esos cielos. Llevaba asiento de ventanilla, lo que me permitía contemplar y fotografiar el estrecho de Bonifacio entre Córcega y Cerdeña, deseo pendiente desde la última vez que volé por el Mediterráneo. La llegada a Roma me tranquilizó. Ese sí que es un aeropuerto gigantesco, que lleva el nombre de uno de los grandes genios de la humanidad, Leonardo da Vinci. Un taxi que mi hija Carmen había contratado, como se dice vulgarmente, por la patilla, nos llevó por la autostrada hasta el centro de la ciudad, pudiendo observar durante el trayecto los frondosos pinos, la catedral de S. Pablo Extramuros, los edificios universitarios, la Pirámide de Cayo VI que pidió ser enterrado como un egipcio, la muralla de Aureliano, robusta construcción en ladrillo rojizo, como los más antiguos monumentos de Roma. Pasamos por el Coliseo, el foro y la columna de Trajano, por el Arco de Constantino para finalmente llegar al Hotel Caravaggio, un antiguo edificio decorado con reproducciones de cuadros del famoso pintor italiano que le da nombre. Me llamó la atención el prehistórico ascensor con cerrajería de hierro que nos propusieron utilizar para subir al primer piso pero, después de sentarme en él junto a mi hija Carmen para probarlo, preferí utilizar las escaleras y seguir viviendo unos años más…

Tras dejar nuestros escuetos equipajes, unas mochilas, en la habitación, empezamos el recorrido andando bajo un tórrido sol hacia el Trastevere, solamente interrumpido por una parada para comprar un cucurucho de puro helado italiano. Elegí el de sabor a after eight, menta y chocolate (“Verde que te quiero verde…”, G. Lorca), tan abundante que me chorreó hasta el codo. En adelante, cuando esté degustando un helado, espero experimentar el efecto “magdalena” de Proust (“A la recherche du temps perdú”). Enseguida damos con el Teatro Maximo del que sólo quedan unos arcos de la fachada.  Y allí está el Tiber, ¡oh, río divino ¡, a cuya orilla nos sentamos en un restaurante para saborear la “perichena”, traducida al castellano como el aperitivo, que toman los italianos de siete a nueve de la tarde, frente al territorio de la “Isola Tiberina”, deleitándonos con una encantadora puesta de sol, unas croquetas de patata y unos Splitz…

Dimos un nostálgico paseo por el barrio judío con su bella sinagoga, deteniéndonos en las cadenas que daban acceso al guetto, exponente de la ignominia humana que aún conserva en sus paredes los recuerdos de tan desagradable acontecimiento. Seguimos andando hasta el Campo di Fiori para ver y recordar a Giordano Bruno, un personaje histórico que atraía mucho a mi marido por la perseverancia en sus creencias y su trágico final y terminamos en la Piazza Navona. Como ya había anochecido nos encontramos con esa magnífica Fuente de los Ríos iluminada (Ganges, Nilo, Amazonas y Rio de la Plata), con ese blanco resplandeciente que da el mármol de Carrara esculpido por Bernini, que dejó a Roberto en un éxtasis místico del que, apurado, tardó en salir (“La vita é bella”). Mi hija Carmen aprovechó entonces para contarnos la anécdota de por qué la figura que mira hacia una iglesia que está junto enfrente, diseñada por Borromini, enemigo de profesión de Bernini, levanta el brazo para taparse la cara y no contemplarla. Según dice mi ilustrada hija, al no ganar Bernini el concurso para construirla, el maestro escultor y gran arquitecto se mofó con ese gesto de ella (“que no quiero verla”, G. Lorca). El grupo escultórico de la fuente está coronado por uno de los doce obeliscos egipcios que embellecen Roma. Al recordar que fue un hipódromo donde tenían lugar las carreras de cuadrigas (que no cuádrigas) dejé volar la imaginación y vi a mi amiga Maribel que, cual Flavia rediviva, levantaba el látigo gritándoles a los cuatros caballos de su cuadriga y yo, Cornelia, situada en la “espina” para mover los delfines que contaban las vueltas. Nos sentamos a tomar unos refrescos y aprovechar el mágico momento (“Carpe diem”, como decía Horacio). La placeta estaba a rebosar de gente, con pakistaníes que juegan con bolas azules brillantes que se elevan al cielo para intentar vendérselas a los turistas. Ya llegada la noche, como en los claroscuros del pintor, cogimos un taxi y nos retiramos a descansar (“Tempus fugit”)…

Amaneció el segundo día y observé que lo hacía muy temprano  pues claro, estamos más al este. Nada más abrir los ojos vi dos cuadros, a un lado un bodegón y a otro la caída del caballo de Saulo, posteriormente S. Pablo, del pintor que da nombre al hotel. Tras el desayuno en el hotel nos dirigimos a pie hacia la Fontana de Trevi. Fotos, fotos y más fotos. Unos cafés contemplándola al lado de una tienda de souvenir decidieron el camino a seguir de los cuatro impenitentes viajeros. Nos separamos en dos grupos: Pepe y Roberto se fueron a ver el monumento a Vittorio Emanuele, último rey de Cerdeña y primero de Italia, el Coliseo, creyendo los muy ladinos que se encontrarían allí al protagonista de Gladiator II y el pequeño Moisés de Miguel Ángel que según nos dijeron después, les defraudó mucho; mientras tanto, Carmen y yo nos dirigimos al Museo Etrusco, una de mis asignaturas pendientes de viajes anteriores. Podríamos decir que es el museo de la muerte porque la mayor parte de lo expuesto está sacada de tumbas, cementerios y cistas para guardar las cenizas de los difuntos. Salas y salas de la más bella cerámica griega en rojo con figuras en negro y negras con figuras en rojo, delicadamente decoradas con temas mitológicos y homéricos. El más repetido, Eracles (Hércules). Nos detuvimos en el sepulcro de los esposos sonrientes (la famosa sonrisa etrusca) para fotografiarme con ellos. ¿Por qué sonríen? Pues porque pensaban que tras la muerte iban a un gran banquete. El museo contenía verdaderas curiosidades. A mí me encantó sobre todo la Gorgona Medusa con sus cabellos de culebras y su expresión malvada. Abundaban los objetos metálicos de la edad del hierro como las colecciones de espejos de mano. Antes de salir vimos a una señora tumbada en una camilla tras haber sufrido una lipotimia. Ya fuera del recinto y con cuarenta grados a la sombra intentamos parar algún taxi. Misión imposible. De nada sirvieron los teléfonos apuntados, ni los intentos desde dentro por la empleada del museo. Viendo que no lográbamos nada tuve una idea: pedirle al beato Fray Leopoldo de Alpandeire que nos ayudara. ¡Y el milagro se hizo! Menos mal que estaba Carmen para dar fe de lo que digo. De lo contrario nadie me creería. En pocos minutos nos llegó un taxi que nos dejó fresquitas en la placetilla del Fico. Alli, con un refrigerio de lo más necesario en esos momentos para mantener la tensión en sus números correctos, establecí una discusión lingüística sobre si Fico es higo o higuera en italiano. Alguno lo comprueba en el móvil y todos contentos. Yo defendía la tesis del significado de higuera, bajo cuya sombra estábamos sentados, y ellos la de higo. Ambas eran correctas. También me llamaron la atención durante nuestros paseos por la ciudad las tapaderas de las bocas de alcantarillas con las letras tan lorquinas en nuestra Semana Santa de SPQR (Senatus Populus Que Romanus), los adoquinados de las calles y los almohadillados de los edificios. Estos últimos empezaron siendo elementos defensivos contra los proyectiles enemigos y terminaron siendo decorativos a partir del Renacimiento. 

De allí nos dirigimos a un restaurante que Carmen conocía de sus incursiones anteriores para aprender el idioma, la Cocina del Teatro, donde pudimos saborear la auténtica pasta fresca italiana, fetuccini a la carbonara y al tartufo y lasaña. Siguiendo el itinerario previsto salimos andando hacia el Ara Pacis Augustae, altar de sacrificios ordenado construir por el senado romano para celebrar las victorias de Augusto en la Galia y en Hispania, marcando el periodo de la paz de tan regio emperador. Escuchando los actuales tambores de guerra pensamos que “Si vis pacem, para bellum” (si quieres la paz, prepárate para la guerra). Nunca tanto como ahora deberíamos invocar a la diosa Pax. Nos impresionaron sobremanera los relieves laterales a modo de procesión familiar del emperador y las cabezas de bueyes sacrificados en el altar, así como el nuevo edificio construido recientemente en cristal para albergarlo. Siguió el calor asfixiante (“estos días azules y este sol de la infancia”, A. Machado). Algo totalmente nuevo para mí fue la reciente excavación del senado con los restos de edificios anexos. Allí mismo fuimos testigos de la historia imaginando cómo asesinaron a Julio Cesar (“ Et tu, Brute? “). Y siguió el problema del taxi, maldición repetitiva de Roma, ahora aumentado por ser sábado. Así que volví a invocar a mi fraile capuchino, con el mismo resultado, lo que nos permitió llegar al hotel a descansar un poco y prepararnos para entrar al museo Barberini donde se exponían los cuadros de Caravaggio, verdadero motivo de mi ansiado viaje…   

     Pero por el camino aún me quedaba una sorpresa mayúscula. Cuando menos lo esperábamos, como suele suceder en Roma cuando pateas sus calles, nos encontramos de sopetón, en un cruce de dos calles, la Via de las fuentes y la Via del Quirinale, con las Cuatro Fuentes, como aquellos Cuatro Canti (suena a cuatro cantones) de Palermo. Estas, con esculturas masculinas, los ríos Tíber y Arno, que simbolizan a Roma y a Florencia, y femeninas, Diana y Juno, que simbolizan la lealtad y la fortaleza; aquellos, con las esculturas de reyes de España en los chaflanes de las cuatro esquinas, no en vano estábamos en la “chitá dell’aqua”. Continuamos por una empinadísima cuesta que me recordó que la ciudad está construida sobre siete colinas. Para hacer tiempo tomamos unos refrescos en el bar del museo hasta incorporarnos a la larga cola de entrada. La emoción me embargaba. Por fin iba a ver los cuadros que he estado estudiando durante días. Pensaba explicarle todos ellos a mis acompañantes pero los dos gladiadores que llevábamos de escolta desaparecieron como por arte de birlibirloque entre el gentío y nos quedamos solas mi hija Carmen y yo entre tanta belleza. Entonces pensé en lo que hubiesen disfrutado mis amigos pintores, Carmen Griñán y Rafael Artero. Observé que la cara del pintor estaba presente en muchos de sus cuadros, por ejemplo era la de Holofernes, la de Goliat, la de San Juan Bautista, la del joven Baco con la cabeza cubierta de racimos de uva… Las dos primeras con expresión violentamente trágicas ante el degollamiento, tema obsesivo para este Miguel Ángel Merisi, su auténtico nombre, tras ser perseguido por la justicia acusado de un asesinato, cuyo castigo consistía en cortarle la cabeza al reo de muerte. Para mí es uno de los mejores pintores de todos los tiempos. Auténtico barroco el de un pintor que no dibujaba como era la costumbre de la época, sino que pintaba del natural con personajes de la calle y con los fondos oscuros propios del tenebrismo. Sin embargo, no se le valoró hasta finales del siglo XIX y principios del XX. Nos miró fijamente como si quisiera decirnos algo. ¿Que el arte lo ha hecho inmortal?, parecía decir. Me aturde tanta belleza… Como cantaban Romina y Albano… ¡Oh, qué “felichitá”! “Felichitá…felichitá… la la la la… Felichitá”, felichitá”. Lo único que no comprendí fue la negativa de otras iglesias de Roma y otros museos del mundo a prestar sus cuadros a la exposición. Salimos a la tienda del museo para comprar libros (sólo uno en castellano), camisetas y souvenires. Terminamos el día cenando unas pizzas en un típico restaurante italiano de mesitas con manteles de cuadros rojos y blancos que le recordaban a Roberto los de su casa de la infancia. Intentamos comprar uno, pero el dueño se negó. Una hora después y desaparecido tan antipático caballero, el camarero nos regaló no uno sino dos manteles. Roberto de Alpandeire tuvo mucho que ver en ello. Acabó la jornada y nos fuimos, sobre todo yo, tan felices a dormir...

    Llegó el último día y no había probado todavía un buen café capuchino. Aproveché el desayuno para decirle al camarero del hotel que me hiciera uno italiano, no como los que me tomo en el Expresso de Lorca, que parecen franciscanos en vez de capuchinos. Iniciamos la caminata a pie hacia Santa María de la Victoria para contemplar la Santa Teresa de Bernini. Atravesamos la magnífica Plaza de la República, ahora en obras para instalar el metro. Seguimos por la fuente del bíblico Moisés, con sus cuernecillos tradicionales, que no son tales sino la representación de las ráfagas de luz divina. Su expresión es la de la “terribilitá” que tanto utilizó Miguel Ángel. Le preceden leones gigantes con inscripciones en jeroglífico egipcio. Dentro encontramos una maravillosa iglesia barroca. Santa Teresa nos conmueve con esa expresión de placer místico, como Roberto admirando la Fuente de los Ríos, mientras el ángel sonríe y le clava la flecha dorada como la luz que cae del cielo. A los lados, en unos balconcillos, unos hombres se asoman a ver el tránsito…

Hay que aprovechar las últimas horas para echar una ojeada al Panteón de Agripa, único edificio de la antigüedad romana que se conserva intacto. Seguimos hasta la Piazza di Spagna para que Roberto suba las escaleras. Volvemos por la Via Condotti para hacerme la fotografía en la cafetería Greco. Pasamos por la embajada española cuando más apretaba el calor y cogimos un taxi que nos llevó a Santa María la Mayor, una de las cuatro catedrales de la Ciudad por antonomasia, donde ganamos el jubileo y visitamos la tumba del papa Francisco, fallecido hace unos meses, en el momento de la misa que por supuesto, escuchamos en italiano. El Papa estaba enterrado en un humilde sepulcro cerrado por una losa con su nombre, FRANCISCUS. Como en tantos sitios, había una larguísima fila de entrada, pero ¡oh sorpresa¡, una señora vigilante se me acercó para decirme que entrara por la fila paralela totalmente libre de gente y que mis acompañantes me siguieran. Tuve la sensación de que nos estábamos colando ante los ojos de todo el mundo, pero Carmen me tranquilizó al comunicarme que era el camino para mayores, niños y minusválidos. Alguna vez tenía que aprovecharme de la vejez… jajajá… 

    Agotamos los últimos momentos en acercarnos a la iglesia de San Luis de los Franceses, en la cual se encontraban varios cuadros de Caravaggio, pero no nos permitieron entrar porque se iba a celebrar una misa Pontifical Mayor. Efectivamente, a los pocos segundos, apareció una procesión de diáconos, la mayoría negros, vestidos de blanco, con monaguillos esparciendo incienso a su alrededor. El obispo se hacía destacar por la mitra. Nos quedamos con la fachada en la que lucen S. Luis IX, rey de Francia y Carlomagno. Al lado, una librería de nombre Stendhal, como no podía ser de otra manera: El francés que más disfrutó de la belleza artística de Roma y que ha dado su nombre a todo un síntoma…

Por desgracia, se hacía la hora de recoger el equipaje y prepararnos para el vuelo que nos devolvería a nuestra rutina cotidiana. ¿Todo esto me ha pasado en realidad o ha sido un bello sueño? Gracias Carmen, gracias Pepe, gracias Roberto por haber convertido este sueño en realidad. Nunca pensé que a mi edad pudiera conseguirlo. Lo recordaré siempre “antes de que todos esos momentos se pierdan en el tiempo como lágrimas en la lluvia” (Blade Runner).

                                                                                                                              Adio , ROMA, adio

Epílogo 1: Como filóloga y con esa curiosidad infinita que me caracteriza, he investigado sobre el nombre de tan histórica ciudad y de las muchas teorías me quedo con la reciente de Massimo Pittau (“Studi sulla lingua etrusca”) que no la considera ligada al Tíber, como antes se creía, sino a la palabra etrusca “ruma” (pecho o mama). Así Roma vendría de la forma del terreno sobre el que se asienta, las colinas del Palatino y el Aventino, cuyas curvas recuerdan las formas de un pecho femenino (¿Dónde queda entonces la loba amamantando a Rómulo y Remo?)                                                                          Epílogo 2: Los grandes monumentos no aparecen porque ya los visité en dos viajes anteriores.   Chani “locuta, causa finita”.

VIAJE A ARCHENA 2025

 

Tal y como me ocurrió el año pasado, mi cuñada Conchita, mi hermano Felipe y yo hemos ido unos días al Balneario de Archena, como bien dice una conocida frase, “para tomar las aguas”, pero con la diferencia de que ahora la enfermedad degenerativa de Felipe, por desgracia, ha avanzado un poco más.

Yo llegué desde Águilas buscando la ataraxia como los estoicos y ellos desde Murcia no sé si con el mismo objetivo, tal vez lo mejor sea preguntarle a mi hijo Juan qué diantres significa la palabreja pues seguro está explicada tal filosofía en la amplia biblioteca clásica que dispone y dice haber leído. Nos instalamos en el Hotel Las Termas, de cuatro fulgurantes estrellas y lo menos seis o siete meteoritos, tal era su calidad. Las amplias habitaciones daban al rio Segura que, serpenteando por un estrecho lecho rodeado de un arbolado salvaje, eucaliptos, palmeras, chopos, pinos y cañaverales que se amontonaban sin orden ni concierto, se alzaba ubérrimo y majestuoso con su escaso caudal. Algunos de estos árboles han alcanzado tal altura que no dejan ver los santos del cielo, solo quizá de vez en cuando se puede ver algún beato millenial de nuevo cuño. Otros han sufrido con tanta fuerza los azotes de los vientos alisios que yacen con los troncos partidos, quedando tan inclinados que parecen si no cojos, mancos como el insigne Cervantes. Forman una espesura tan verde que es un deleite para los ojos de quien sabe apreciar tanta belleza.

Llegamos al Balneario a la hora de comer. Los platos, en términos generales, fueron buenos pero, si he de ser sincera, sin grandes excesos aunque la mucha amabilidad por parte del personal del comedor suplía cualquier debate acerca de la cantidad de las viandas.

Tras una corta siesta en la que, creo recordar, soñé con los epicúreos y no con los estoicos, nos dirigimos a las piscinas, nos pusimos los bañadores de temporada y nos envolvimos en níveos albornoces de suave pelaje. Todos los clientes, cual palomitas  blancas, nos dirigimos al espacio de las piscinas donde empezó nuestra aventura si se le puede llamar así pues la primera contrariedad fue que las tarjetas para acceder a estos espacios no nos funcionaban. ¡Maldita tecnología! Se trata del mismo mecanismo que se utiliza para coger el metro y digo yo, que en hora punta se lo deben de pasar los viajantes por el forro. Para resolver nuestro problema salieron las controladoras a ayudarnos y pudimos disfrutar de tan benignas aguas. Pero la cosa no acabó ahí. La segunda contrariedad fue que en un despiste mío y de mi cuñada se nos perdió Felipe. No lo veíamos por ningún lado. ¡Qué susto! Corrimos por todos los espacios de las piscinas y no lo encontrábamos. Recurrimos a unos chicos de seguridad fuertotes y bien parecidos y al fin apareció, un poco desorientado. A partir de ese momento no lo soltamos de la mano ni para hacer un pis y comprendimos que no debíamos ir por la tarde porque se acumulaba demasiada gente. Ruido, chorros de agua por doquier, niños jugando, calor del vapor de agua y personas mayores de exagerados volúmenes por no decir que eran unos mastodontes que queda muy feo en este prosaico relato. Tras una sabrosa cena nos retiramos a descansar.

Amaneció el segundo día con buenos ánimos por nuestra parte. Quedamos sorprendidos del amplio buffet libre que saboreamos cual críticos gastronómicos en la terraza del hotel que da al rio. Iniciamos el recorrido Balnea Sensum cuyo nombre es un recuerdo de las primitivas termas que los romanos construyeron en este lugar donde nacen aguas medicinales. Aquí el latín está muy presente en los nombres de los tratamientos. Mi hijo Juan, que lo lee y habla con fluidez, se sentiría como en casa. Para mí fue un disfrute impensable. Recibimos información de una señorita que nos aconsejaba como movernos por estos espacios tan abruptos. Y nosotros como niños de párvulos íbamos abriendo todas las puertas de las saunas que posteriormente rápidamente cerrábamos por el muchísimo calor que desprendían: la sauna seca, la sauna húmeda, el baño turco, la sauna de sal, la sauna de azufre que olía al mismísimo infierno. De ahí fuimos a la piscina de los aromas flotantes o aromaterapia, un auténtico placer para los sentidos.

Tan romántica escena se merecía unas fotos o mejor un video. Al lado, como una caja de cristal llena de agua, la bañera contracorriente, que como su nombre indica, no había dios que avanzara nadando, mientras los demás te veían tras los cristales como voyeurs salidos de Eyes whit Shut. Seguidamente nos dirigimos a las piscinas del Caldarium (caliente) y el Frigidarium (frio), una lo era tanto que te escaldabas y en la otra hacia un frio que pelaba poniéndote los pelos como escarpias. A continuación, fuimos a la piscina que yo bautice con el nombre de Mar Muerto porque tenía tal cantidad de sal que flotábamos y, aunque queríamos hundirnos, no podíamos, parecíamos Jesucristo andando por la superficie del agua… ¡Milagro! De allí al iglú donde tuvimos el tiempo justo para hacernos un corto video porque hacia un frioooo…

Con todo ese ajetreo yo decidí salir al jardín exterior a secarme el pelo mientras Felipe y Conchita se introducían en una piscina de temperatura ambiente. De allí a unos chorros para masajear la espalda seguidos de unos pediluvios (circuito para pies). Cansada de tanta agua, me acomodé en una tumbona para recibir los rayos infrarrojos, que no sé para qué diablos sirven, tendré que preguntarle a mi hija Carmen que es una experta en climas tropicales, sobre todo los asiáticos. l dos, mientras tanto, se acomodaron en unos bancos de piedra caliente a reposar. Pero a nosotros lo que más nos había gustado de todo eran unos limones que nos tirábamos los unos a los otros como si fueran pelotas de tenis lanzadas por el bueno de Alcaraz.

Para la sed había unos dispensadores cónicos con agua y limonada. Terminado este circuito de dos horas nos metimos en unas piscinas enormes dentro de las cuales sobresalían varios jacuzzis (relax de burbujas). Muy divertido era el rio interior de corriente que nos arrastraba.

Tras la comida y la siesta dimos un paseo por la ribera del rio Segura, después una misa que desgraciadamente no fue en latín y una partida de cartas con aperitivo en el casino emulando uno de los cuadros de mi querido Merisi. De las cuatro manos de brisca yo gane tres. Después de cenar nos fuimos a dormir “atacaitos” de tanto bullir, como dicen en mi tierra almeriense.

El siguiente día, y no porque lo necesitáramos, lo dedicamos a la belleza. Yo tenía un tratamiento exfoliante con colágeno y ellos masajes Archena Lodos. Con mi esteticista entablé una interesante conversación. Me dijo que era de Paraguay a lo que le repliqué: capital, Asunción. Tal prodigio de mi memoria hizo que sintiera, si no sorpresa, admiración. Le recordé la labor de los jesuitas con la lengua guaraní gracias a lo cual hoy es muy hablada, al contrario que otras lenguas precolombinas. Le recordé también la bella película La Misión con la maravillosa música de  Morricone. Me estuvo contando su vida de pe a pa. Y yo, como no podía olvidar que fui profesora porque es algo que llevo tan dentro, a veces no me doy cuenta que caigo en el ridículo. Terminamos como muy buenas amigas, aunque sin quedar para tomar copas. Transcurrido el necesario tiempo de oscuridad y reposo, como un muerto con la sabana por la cara, me uní a mis hermanos y para ir a las grandes piscinas. ¿Y a mí qué se me ocurrió? Pues practicar ejercicios de Aquagym en un jacuzzi. Se unieron a nosotros una pareja de Fuente Álamo, una rusa y un cartagenero. Uno, dos, rodillas arriba… Uno, dos, bicicleta… Uno dos, tijera... Fue todo muy divertido y práctico. Fue tal el espíritu de camaradería que impusimos entre los gimnastas que hasta el cartagenero creía que pertenecíamos a un grupo de amigos, jajaja…

Para variar nos fuimos de tiendas para comprar suvenires.

Por la tarde, paseo, misa y casino con aperitivo (con el correspondiente triduo que no es otra cosa que patatas chips, olivas y almendras). En esta ocasión jugamos al dominó. De seis juegos yo gané cinco y recordé el dicho: afortunado en el juego, desafortunado en amores. Pues no es mi caso…

Y llego el ultimo día que dedicamos a hacernos fotos en las piscinas, de las cuales la más bonita fue aquella en la que imitamos a los angelitos de la Madonna Sixtina, de Rafael, que yo vi en Dresde. Allí echamos una larga conversación con Olga Dimitrova, una espía rusa, o eso decía ella o eso creí entender yo con el agua en los oídos, que nos presentó a su marido, teniente coronel de la guardia civil de Águilas, pero ya jubilado y ahora ejerciendo de abogado en Librilla. ¡Vaya mezcolanza, vive dios!

Y al fin tocaba preparar el equipaje para dejar la habitación y entregar las tarjetas. En el mostrador del hall compré un décimo de lotería que dio pie a que un señor que se encontraba a mi lado me dijera que iba a tocar el terminado en ocho. Yo llevaba uno que terminaba en nueve. Al comentarle al señor tal infausta circunstancia, me respondió muy varonil que a mí ya me había tocado la lotería, lo cual me dio pie a establecer un diálogo la mar de original:

n  —No entiendo qué quiere usted decir, caballero…

n  —Que usted tiene más años de los que aparenta y que goza de muy buena salud. Desprende una energía que ilumina la estancia…

¿Es usted psiquiatra? –dije yo sorprendida.

n  —No, soy mentalista y además sé que en estas termas estuvo el gran Julio Cesar tomando las aguas –me contestó impertérrito.

n  —Pues mire usted, yo he visto hace poco en Roma junto a mi hijo Pepe el de la mejora los descubrimientos arqueológicos del lugar en que mataron a Julio Cesar.

n  —Pues en España hay que ver muchos sitios interesantes antes de salir al extranjero –me dijo el muy ladino con toda la aviesa intención que emanaba de su perfume con olor a pachuli.

Como me esperaba Conchita con el coche en marcha, tuve que cortar la conversación con el donjuán. Comimos en Murcia en su casa y después mi hijo Juan el cultureta me recogió para llevarme a Águilas.